Los pueblos en movimiento son la luz al final del túnel

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Por Raúl Zibechi

(APe).- “Estamos en resistencia”, sentencia el Consejo Regional Indígena del Cauca (CRIC), en Colombia. La organización que agrupa a diez pueblos indígenas, 127 autoridades tradicionales y a la Guardia Indígena que protege los resguardos (territorios indígenas reconocidos), denuncia que las fuerzas armadas han intensificado la guerra con las disidencias de la guerrilla, como una estrategia para “vulnerar nuestros espacios para contagiar a nuestra población”.

La Guardia Indígena efectúa el control territorial, cerrando el paso a las personas y vehículos no autorizados por los cabildos (autoridad territorial indígena), pero el ejército se despliega para “generar el caos con el recrudecimiento de la guerra”, como forma de debilitar al movimiento, infiltrar el virus en las comunidad y debilitar las autodefensas indígenas.

El CRIC llamó a los pueblos a iniciar una “Minga Hacia Adentro”, invirtiendo las tradicionales mingas que han sido movilizaciones para visibilizar una situación determinada, “caminar la palabra” como indica la tradición del movimiento. Una minga hacia adentro coloca en primer plano la medicina tradicional y la armonización de las personas en el territorio.

El comunicador y periodista misak, Didier Chirimuscay, que reside en Silvia, resguardo de Guambia, a 60 kilómetros de kilómetros de Popayán, explica por teléfono cómo viven la “Minga Hacia Adentro” en su pueblo: “Las emisoras indígenas se han vuelto estratégicas y claves de este proceso, ya que siguen las instrucciones de las autoridades territoriales”.

“Los misak de Silvia somos hijos de las dos lagunas, la Piendamó que es macho y la Ñimbe que es hembra, y junto a los páramos nos hemos congregado para revitalizar los sahumerios, recoger las plantas ceremoniales y hacer los fogones en las comunidades”. La ritualidad misak permite enfrentar la pandemia al combinar los cuidados con sus plantas medicinales y armonizar a las personas con la tierra y el territorio.

Didier relata que muchos jóvenes acuden a los sitios sagrados durante las noches, se acompañan con médicos tradicionales y conversan en torno de fogones. “Hicimos una visita de agradecimiento a la laguna hembra para contrarrestar las desarmonías en base a nuestra cosmovisión”, concluye Didier.

Las noticias más conmovedoras son las que muestran la solidaridad entre los pueblos, de pobre a pobre. Leonardo Tello dirige la Radio Ucamara, en Nauta (Amazonia del Perú), allí donde los ríos Marañón y Ucayali se confluyen formando el Amazonas. Las comunidades kukama, que hablan lengua tupí-guaraní y han sido declaradas por a UNESCO en peligro de extinción, hicieron llegar a Nauta, capital de la provincia Loreto, 160 racimos de plátano, 150 kilos de pescado, además de frutas y verduras producidas en sus chacras.

“Son comunidades declaradas por el Estado peruano como comunidades en extrema pobreza”, asegura Tello. Se pregunta si los centros comerciales de la ciudad, las grandes empresas de la región y los municipios y gobiernos “abrirán sus arcas” como lo hicieron los más pobres, practicando una generosa solidaridad.

En Chile la revuelta iniciada en octubre pasado está lejos de haber finalizado. Ni el estado de sitio, ni la masiva militarización del país, ni los temores al virus, han llevado a la población a arriar las banderas de libertad y dignidad.

Radio Villa Olímpica nos muestra cómo el estallido de octubre continúa por otros canales, ya no en las masivas movilizaciones sino en la el fortalecimiento de una amplia red de distribución de alimentos por fuera del mercado. El nombre completo es “Red de Abastecimiento Cooperativo y Comunitario La Kanasta”. Se definen como “organizaciones autónomas, asamblearias y comunitarias que tienen por objetivo gestionar en común el abastecimiento básico del hogar”.

Dicen que van mucho más allá de “parar la olla”, combinando el apoyo mutuo con la resistencia popular. Además existe desde hace cuatro años la “Red de Abastecimiento Feminista La Uslera”, que si entendí bien la explicación por wasap, es el nombre del clásico palote de amasar con el que las mujeres también se defienden de los violentos.

Ambas redes son “organizaciones madre, semilleras que han servido de alero e inspiración a otras iniciativas”. En general, se trata de redes nacidas antes de la revuelta de octubre de 2019, pero que se multiplicaron al calor de movimiento. La Kanasta está integrada por diez organizaciones territoriales, sociales y cooperativas de trabajo. Hacen una compra mensual que fraccionan y “embolsan” para las familias que han hecho pedidos.

Todo funciona en base al trabajo solidario, la confianza y cooperación para manejar finanzas, almacenar productos y realizar los repartos. La red feminista La Uslera se propone además “politizar lo doméstico, la economía de la chaucha y hacer magia con lo que tenemos”, como explica Jessica en el programa de Radio Villa Olímpica. Ellas combinan el acceso a la comida “a través de circuitos que permitan generar también redes de afecto”, que el modo de potenciar y sostener el movimiento social.

En el sur, la Coordinadora de Tomas y Campamentos de Temuco enseña la resistencia de unas dos mil familias que, cansadas de esperar respuestas a la demanda de viviendas, ocuparon terrenos en la periferia de la ciudad. Son 49 tomas convertidas en campamentos, donde ya se están levantando viviendas. De ellas, 32 están agrupadas en la Coordinadora que ahora lucha por agua, ya que con la pandemia es la principal preocupación.

Malva Antúnez es una de las coordinadoras de los campamentos. Del otro lado del teléfono su voz suena serena y enérgica: “Hace dos meses decidimos las tomas porque no había diálogo con las autoridades. Con la cuarentena empezamos a priorizar el acceso al agua. Cero respuesta oficial. Gracias a la solidaridad conseguimos instalar tanques comunitarios de 500 litros”.

En Temuco el principal problema de los acampados es el frío, el hambre y la falta de agua. Si el campamento es tradición entre los pobres de Chile, las ollas comunes son parte de la identidad popular, cuando el Estado no les da nada, salvo represión. “Hay muchos hermanos mapuche en el campamento y la organización es muy sólida, por eso no pudieron desalojarnos. Los políticos no contaban con nuestra fuerza organizada, nos creen ignorantes, pero aquí la gente sabe y tiene poder”, explica Malva.

En los campamentos conviven haitianos, peruanos, chilenos, colombianos y mapuche, abundan los artesanos y los artistas, profesionales y micro empresarios. La pobreza en Chile, como en toda América Latina, es diversa y multifacética, lo que explica en parte su potencia y el rechazo a lo que Malva denomina “las ayudas paliativas que sólo nos desgastan”.

Finalmente, en la Villa 21 de Buenos Aires, en el barrio Barracas, el padre Carlos Olivero del Hogar de Cristo analiza las relaciones con el Estado. Las parroquias trabajan junto a los movimientos territoriales: Barrios de Pie, Darío Santillán, La Dignidad, CTEP (Confederación de Trabajadores de la Economía Popular) y el Movimiento Evita, entre otros.

“El gobierno no entiende la situación de los barrios populares”. No se queja ni está molesto, sencillamente constata una realidad. Los llamados “curas villeros” arman protocolos para los barrios populares, porque las autoridades “tienen plan para la población en general, no para los pobres”. El “quedate en casa” no funciona en estos barrios, donde se amontonan diez personas en viviendas precarias.

Por eso triunfó el lema “quedate en el barrio”, que responde a la lógica comunitaria de los pobres, que no tienen calefacción o aire acondicionado, ni internet ni una computadora por persona. Por eso apelan a los movimientos y a los curas villeros.

“Los del gobierno no entienden los barrios, pero saben que nosotros sí. Por eso nos escuchan y conseguimos recursos”. Respecto a la policía, reconoce que las relaciones son ambivalentes: en algunos barrios son brutales pero en otros aceptan lo que dicen las organizaciones populares porque ellos ni siquiera saben ubicar el barrio en un mapa.

Mucho más allá de los gobiernos y del egoísmo de las clases medias y altas, los sectores populares profundizan su organización, estrechan lazos porque intuyen, y saben por experiencia de vida, que sólo el pobre puede ayudar al pobre, sin humillarlo, sin poner en cuestión su dignidad.

Edición: 3984


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