Niños migrantes

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Por Claudia Rafael

Si existe la libertad entonces no puede existir el destino, por lo tanto, nosotros mismos somos nuestro propio destino. Imre Kertesz, niño sobreviviente de Buchenwald en Sin destino.

(APe).- Dos niñas ecuatorianas de 3 y 5 años caen por los cuatro metros del muro que divide los mundos. La escena -del 30 de marzo en Nuevo México- muestra la figura de un hombre que las va soltando hasta que las dos llegan a esa tierra arenosa que aparece a los ojos de los sures, como la tierra prometida. Son apenas dos, entre tantas, a las que sus familias envían para que puedan tener un destino escrito con otras letras que les deparen futuro. Los videos del instante horrorizan por un rato al mundo entero. Apenas un rato de espanto hasta abrir las sensaciones a otras escenografías igual de dolorosas. El mismo espanto de hace escasos seis años cuando la fotografía de un niño sirio en las costas griegas escandalizó al mundo entero en una cosecha “de espectadores” sin duelo.

Más de 5000 inmigrantes centroamericanos son detenidos cada día por Oficina de Aduanas y Protección Fronteriza de Estados Unidos. 

Medio millar son niñas y niños solos que tratan de llegar “al cielo”, en un juego de rayuela macabro que les escribe un cruento destino. “La Migra”, como se conoce a esa oficina, los lleva a centros de detención en donde se los ve hacinados, cubiertos con mantas de aluminio, rodeados de nylon en una vidriera obscena.

Migrantes nacidos en los patios traseros del mundo, que intentan una generala servida de ases que los conduzca a esa parte del planeta donde se cocinan las oportunidades.

Son las historias mismas de la humanidad en la que los hacedores del poder se sorprenden por las avalanchas de migrantes indocumentados que intentan atravesar los confines de los imperios. Son los hijos de un planeta azotado por los poderosos que vienen dibujando la suerte de millones, a un lado y a otro de las fronteras.

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En el tren, lo que más escaseaba era el agua. La comida parecía suficiente para varios días, pero no teníamos nada para beber, y eso era muy desagradable. Los otros viajeros nos decían que se trataba de la primera sed, que pasaría pronto, incluso, que la olvidaríamos. Hasta que volviera a aparecer. Es posible aguantar seis o siete días sin agua, afirmaban los expertos, los que teniendo en cuenta el tiempo caluroso, siempre que se esté sano, que no se sude mucho y que no se coma carne ni especias. Por el momento, así nos animaban, todavía nos quedaba tiempo: todo dependía de cuánto durase el viaje, añadían. Así escribía Imre Kertesz, niño sobreviviente de un campo de concentración nazi en su libro Sin destino. No es casual la cita. Hace ocho años, en esta misma agencia y con la firma de Cristina Baccin se publicaba que “si estuviéramos en los tiempos en que los nazis deportaban por tren a poblaciones enteras a campos de exterminio, hoy se vería un interminable tren con 7.200 vagones de carga de ganado, transportando –en vez de judíos- más de dos millones de latinos, mayoría mexicanos (89%) y guatemaltecos, salvadoreños, hondureños, cubanos, brasileños, entre otros (Office of Immigration Statistics, 2008).”

Hoy las cifras oficiales hablan de casi 10.000 menores de 18 años capturados en las fronteras. Niñas y niños salvadoreños, ecuatorianos, mexicanos, guatemaltecos que, según las leyes, deberán ser retenidos en “celdas administrativas” conocidas como “hieleras” por un máximo de 72 horas. Aunque los hay en esos encierros por más de 500 días.

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Son las niñas y niños nacidos del otro lado de los confines. Más allá de los muros construidos por los estados. El que separa Estados Unidos de Mexico (hay 3.142 kilómetros de frontera) se inició durante el gobierno de Bill Clinton y fue abonado y acrecentado durante cada uno de los gobiernos que le siguieron. No importa el signo político. Niñas y niños arrancados de los murallones que dividen y arrojados a hieleras donde sobreviven a fuerza de angustias y miedos.

Son las niñas y niños nacidos al otro lado de otras fronteras. Hacinados en las geografías del encierro desde donde ven el mundo a través de las vidrieras en un espectáculo tridimensional que les es ajeno.

Es la fotografía más atroz del imperio en todo su despliegue y poderío. La puesta en escena misma de la inequidad diseñada a imagen y semejanza de los dueños de la vida y de la muerte.

Y alguna vez, algún día, nosotros mismos seremos nuestro propio destino, en el que las fronteras –adentro y afuera- serán trozos de nada a hacer mil pedazos y esas niñas y niños irrumpirán definitivamente en un espacio que es presente y que será futuro y que tendrá por nombre la esperanza.

Edición: 4294


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