Las pruebas PISA, la ecuación de una sociedad escindida

Por estos días los medios y el universo adulto se horrorizan ante la evidencia de las pruebas PISA y los resultados educativos cada vez más deteriorados. Pruebas estandarizadas que miden con la misma vara a estudiantes de Singapur, Ruanda o Argentina. Sin embargo, no se están viendo los vínculos rotos ni a los mismos pibes, demasiadas veces ajenos y encerrados en un mundo de soledades.
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 Por Claudia Rafael

(APe).- Cuando un fracaso empresarial derivó algo más de dos décadas atrás en la creación de twitter, se impusieron en el mundo para chicos y grandes los mensajes cortos. 140 caracteres al inicio, algo más después. Hoy, niños, adolescentes y adultos suelen no tolerar textos más extensos que lo que marca la red del pajarito que después pasó a llamarse simplemente equis. Eso es apenas un ejemplo de todo aquello que fue socavando la construcción del pensamiento y, más aún, del pensamiento crítico. Hace demasiado tiempo que son las apuestas financieras, los rumbos marcados por el capital, los que determinan hacia dónde debe caminar el mundo. Y la educación, utilizada como mercancía, es usada como instrumento para minar la capacidad de pensar.

Los resultados de las pruebas PISA -que esta semana escandalizan a mansalva- son, en todo caso, una demostración palmaria del deterioro en cada una de las ramas de la escolaridad. Estos resultados no son equiparables al descubrimiento del fuego en la historia de la humanidad. La evidencia del deterioro social en las diferentes áreas no es necesario rastrearlo en este tipo de pruebas estandarizadas que miden con los mismos instrumentos  a estudiantes de Argentina, de Japón, de Canadá o de Ruanda.

¿Este cuestionamiento a las pruebas PISA implica desestimarlas por considerar que la educación en Argentina es de excelencia? No, en lo más mínimo. Simplemente que, partiendo de la base de un claro deterioro fogoneado sistémicamente por el modelo económico, hay que entender que detrás de estas pruebas que hoy desvelan a unos y otros está la OCDE (Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos), la misma organización que pidió a la Argentina, desde hace años, ajustes fuertes para bajar el déficit fiscal. “Argentina ha dado un valiente giro a su economía, mejorando su atractivo de cara a la inversión nacional e internacional”, decía Gabriela Ramos, entonces directora de la OCDE en 2017, sentada al lado de Nicolás Dujovne, en ese momento ministro de Hacienda de Mauricio Macri.

En modo global, dentro de las pruebas en 91 países Argentina quedó en el puesto 62 en Lectura y 75 tanto en Ciencias como en Matemáticas. Entre los primeros lugares, Singapur, por caso, un país cuya principal causa de muerte entre los 10 y los 29 años es el suicidio como resultado directo de las presiones académicas. Fracasar, como se define a las dificultades en el estudio, no está permitido. En Argentina es la misma la causa de muerte en ese grupo etario, sólo que por razones decididamente diferentes.

La crisis socioeconómica en nuestro país se pronunció con la misma celeridad que la decadencia en la educación. No se puede explicar el deterioro educativo como un fenómeno ajeno y aislado del de las condiciones de vida de la población. En un país en el que se castiga con la criminalidad del hambre (en todas las acepciones más profundas de esa palabra, no sólo la ausencia del plato de comida) a millones de niñas, niños y adolescentes, el desmantelamiento feroz de la escuela pública durante la topadora dictatorial y profundizada durante el menemismo no es un dato menor.

Hace largo rato que la escuela dejó de enamorar. No se puede pretender que por sí sola logre torcer un destino marcado por los contextos vitales pero sí es claro que hay un espíritu de lucha que ha sido picoteado por los avatares de la desdicha y la opresión cotidiana. Una desdicha y una opresión compartida por estudiantes y docentes. Unos y otros zambullidos cotidianamente en un mundo real, de carne y hueso, en el que las deudas, el miedo, la falta de comida, la salud mental, las redes sociales y su influjo, las dificultades para pensar, para resistir, para soñar.

Hay una sociedad rota pero demasiados pibes también lo están. Con un universo adulto que no los mira ni los ve. Que no los puede asir. Que no los entiende ni puede hacerlo. Pibes que están imbuidos de una profunda soledad que los ubica a kilómetros luz de padres, educadores y adultos en general. Donde demasiadas veces interviene también el desprecio por el otro. No te respeto, no te escucho, no me comprendés.

Hoy los medios y gran parte del mundo adulto muestran su preocupación creciente por lo que un organismo internacional desnuda con un estudio estandarizado. Pero lo que se está buscando demostrar con ese tipo de pruebas es la capacidad o no de responder correctamente a preguntas sobre recorridos curriculares.

Pero a pesar todas esas experiencias compartidas la escuela sigue jugando al como si. A un juego que –como ya decía Arturo Jauretche en otro contexto histórico hace ya 70 años- abría un paréntesis diario. Entonces –continuaba- “aprender no era conocer más y mejor, sino seleccionar los conocimientos, distinguiendo entre los que pertenecían a ´la cultura´ que ella suministraba y los que venían de un mundo primario que quedaba más allá de la puerta”.

Hay un mundo compartido que podría acunar el nacimiento de un pensamiento nuevo. Para intentar torcer el camino de dolor que un modelo cruel y desigual viene impulsando. En el que aceptar, cabeza gacha, un destino impuesto por los privilegiados del mundo deje de ser una alternativa.

Pero para eso hay que entenderse habitantes de la misma humanidad. No como un universo de abstracción sino como pobladores de este tiempo y de esta geografía que imperiosamente necesitan ser modificados.

No pueden ser las pruebas PISA las que determinan fracasos y éxitos. Es real que no se lee de corrido, que no se entiende lo que está escrito más allá de que se reconozcan las letras y las palabras incluidas en un texto, que los números de una operación matemática resultan una odisea que la mayor parte de las veces no puede ser atravesada. Pero ése es apenas el diagnóstico.

El problema real, de fondo, es que hay un corte. Un mundo escindido en el que los vínculos rotos no pueden ser sanados porque se vive y se sobrevive en universos paralelos. En tantas ocasiones irreales. Y no se sabe, no se entiende, no se ve cuáles caminos –demasiadas veces pantalla mediante- pisan los pibes sus pasos cotidianos.


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