Las niñas de Los Soraires, canción contra las fumigaciones

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Por Mariángeles Guerrero (*)

Ilustración: Sebastián Damen
  (APe).- Las familias campesinas que habitan las provincias del norte argentino enfrentan las aspersiones de agrotóxicos que avanzan contra la salud del ambiente y de las personas. A principios de este año, un video de tres niñas cantando se hizo viral: “Nosotros no podemos caminar/ los sojeros sí pueden fumigar / no podemos ya ni respirar”, entonan junto al cartel que indica la entrada al paraje Los Soraires, en el departamento Río Hondo, Santiago del Estero; en el límite con Tucumán. “Que todos sepan que hay un pueblo que lucha”, rapean las hermanas Paula y Juliana Ortuño y su prima Josefina Guerra.

Hace 60 años que su familia vive en el campo donde son fumigadas. Detrás del alambrado del patio, el cultivo extensivo de soja implica un peligro permanente para la vida. “En esta tierra hermosa que nos dio la vida, buscamos tener paz, amor, techo y comida. Buscamos creer en los sueños y en la esperanza, pero al parecer gritar fuerte ya no alcanza”, dice la letra de la canción. “Se imponen las finanzas a nuestro buen vivir, así no hay paz social que pueda resistir”, denuncia.

La canción, titulada “Los Soraires”, es una copla rapera que se compuso con la trama misma de la lucha campesina e indígena contra el negocio que arrasa el monte. La idea inicial fue del sacerdote Sergio Raffaelli, que integra la Mesa Sacerdotal de Tierras y está a cargo de la Parroquia Nuestra Señora de La Merced, en el departamento Jiménez.

Raffaelli se comunicó con las madres de las niñas de Los Soraires y les propuso hacer una canción para visibilizar la situación que estaban viviendo: en plena pandemia, parecía no ser esencial la salud de las familias fumigadas. De las nenas surgió el estribillo: “Nosotras no podemos caminar, los sojeros sí pueden fumigar”. Ese verso expresa la contradicción de una política sanitaria que, en la ruralidad, envía a las familias a su casas donde respiran a diario el glifosato. Es decir: un Estado que sigue permitiendo el envenenamiento de quienes habitan los territorios campesinos.

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Paula Ortuño tiene 12 años y va a la Escuela y Liceo Vocacional de la Universidad Nacional de Tucumán. Su prima, Josefina Guerra, tiene 8 y asiste a la Escuela Primaria 724 de la localidad de Bobadal. El trío de cantantes se completa con Juliana Ortuño, de 2 años. En conversación con Tierra Viva, Paula relata que es nieta de Mercedes Contreras, que a diario respira los agroquímicos en su patio.

“Vivir con la situación de las fumigaciones nos genera angustia porque nos empieza a arder la garganta, a picar la cara, los ojos”, cuenta la niña. “Mi abuelo tuvo Covid-19 y estoy preocupada por ellos. Tienen que parar de fumigar porque fumigan muy cerca, no respetan. Ese veneno puede hacer mal”, dice Paula. “Hicimos ese rap para que se den cuenta de que hay niños cerca y paren de fumigar”, destaca.

Con el estribillo resuelto, otro sacerdote, Rubén Lassaga, compondría el resto de la letra con base de rap junto al joven Gonzalo Neiff, de 14 años. “El padre Rubén me comentó qué pasaba en Los Soraires, por qué la gente se quejaba tanto. Si uno se pone en el lugar del otro, a cualquiera le puede enojar esa situación”, contextualiza Gonzalo, en diálogo con Tierra Viva.

En ese momento, el joven músico santiagueño estaba incursionando en el rap, el freestyle y la improvisación. El sacerdote lo convocó para terminar de pulir la pieza musical sobre la situación en Los Soraires: “Él ya tenía la letra y me pidió que le pongamos un estilo más rapero. Me dijo que le saque lo que le tenga que sacar, pero me encantaba y solo cambié algunos detalles para que quede más prolijito”, cuenta Gonzalo. “Creo que no hay mejor forma de protestar que haciendo arte, que haciendo música. Es una linda forma de alzar la voz”, subraya.

La versión final, que se puede ver en Youtube, fue su primera experiencia de grabación. “Yo siempre me movía más por el lado de rapear y eso era entrar en un mundo nuevo. Me pareció copado porque la idea estaba y transmitía esa energía linda de que con tu canto ayudás a la gente”, relata.

Para las niñas de Los Soraires también fue ingresar en un mundo nuevo. El pasado 8 de marzo, con compromiso militante, volvieron a la canción contra la violencia de género: “Con mis primas hicimos una adaptación de una canción de Vivir Quintana para recordar que esa no es una fecha para celebrar, sino un día de lucha para conmemorar a las mujeres que murieron por los femicidios”, explica la joven cantante.

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Cien comunidades campesinas se distribuyen en 5000 kilómetros cuadrados, en el departamento Jiménez. Es una zona de monte boscoso, donde nacieron coplas y chacareras. Es un territorio arrasado por la frontera agropecuaria donde, no obstante, germina la lucha. “Las comunidades han quedado como islas en medio del mar de soja”, denuncia Sergio Raffaelli, párroco católico que brinda misa en la zona desde 2004.

“Aquí todas las comunidades, desde octubre o noviembre hasta abril, son fumigadas. Es una realidad que vivimos a diario”, describe y agrega: “Cuando empecé a visitar las comunidades en todas se planteaba esto como una preocupación muy grande. Las fumigaciones impactan en los animales, en la flora, en los sembradíos de las familias que se queman enseguida, en los reservorios de agua. Es un círculo vicioso de contaminación que produce enfermedades y muertes”.

—¿Cómo surge la idea de componer una canción?

—Eso surgió el año pasado, a los pocos días del inicio del aislamiento. En Santiago del Estero, una de las medidas era que no se podía salir a la calle, a caminar o a correr. Mientras que se había puesto a los sojeros en la categoría de actividad esencial porque ellos, supuestamente, producían alimentos para el pueblo. Entonces, llamé a la mamá de una de las nenas, porque yo sabía que les gustaba la música, y le digo: “¿No te animás a decirle a las chicas que armen algo?”. Santiago es una cultura históricamente silenciada, su modo de expresarse es el arte. Los mitos, las leyendas, la literatura, las letras de las chacareras, expresan la relación del ser humano con el medio que lo rodea. Las chicas buscaron ese modo de expresar la lucha de la comunidad.

El monte para el campesino y el originario es donde come sus alimentos, donde cuida a sus animales, el que lo protege del viento, es el que absorbe el agua cuando llueve, es la farmacia de donde se sacan los remedios caseros. “Arrasar el monte no es solo una cuestión comercial sino también arrasar una cultura y un modo de vida”, subraya Rafaelli. La defensa del monte es también la defensa de la identidad cultural y de la memoria santiagueña.

La copla rapera que puso música al reclamo de Los Soraires combina estilo criollo y urbano en un hacer creativo intergeneracional. “Me gustó cómo quedó la versión final, además me informé bastante sobre el tema y te da esa sensación de molestia por lo que la gente vive. Pensás que como ese caso pueden haber muchos más en la provincia, en el país o en el mundo”, dice Gonzalo.

“Con esta canción estamos hablando por la gente que también protesta, que también pone su parte y que está harta de que la fumiguen. Buscamos que más personas se enteren de lo que pasa y que sientan la empatía de ponerse en el lugar de esa familia. También darles un mensaje de que no están solos, que hay gente que los apoya”, finaliza el joven compositor.

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El pasado 17 de abril, el Día de las Luchas Campesinas, se hizo una feria para las familias productoras. Una radio abierta invitaba a las comunidades a tomar la palabra y contar lo que producían, con el objetivo de agregar contenido político a la feria, que se pueda escuchar: “No queremos este modelo productivo porque no nos beneficia, beneficia a los de afuera, nos enferma y nos mata. Sí queremos apostar al modelo productivo de la gente de acá, de producir sano, sin agrotóxicos, alimentando al pueblo”, repone Sergio.

Para el párroco, expresiones culturales como las canciones o las ferias contribuyen a visibilizar el modelo productivo que se reivindica: “El del originario, el del campesino que sabe que el monte es su vida. Hay una cuestión de cosmovisión del mundo. Para el agronegocio la tierra es un material que hay que explotar lo más posible, mientras que en la cosmovisión de los pueblos originarios y campesinos somos parte de esa tierra, no hay por qué maltratarla”.

Rubén Lassaga es el párroco de Nueva Esperanza, en el departamento Pellegrini, y es quien estuvo a cargo de estructurar la letra de la copla rapera de Los Soraires, con los aportes de las niñas y del joven Gonzalo Neiff. “El arte es una forma de resistir. Los campesinos no son escuchados: la música es una forma de recrear la lucha y la esperanza y de expresar lo que está pasando”, explicita Lassaga.

En la historia de este rap es evidente la articulación de las familias con las parroquias locales. Tanto Raffaelli como Lassaga sostienen su prédica cristiana acompañando la lucha de las familias campesinas: “Sabemos que a veces no es una opción institucional de la Iglesia como cuerpo decir ‘este modelo no, vamos a cuidar este otro’”, reconoce Raffelli.

“En nuestra zona muchos sojeros son tucumanos, que se confiesan católicos, de misa dominical, de esa religiosidad hueca que en el fondo no tiene nada. A veces hemos tenido algún llamado de atención de algún obispo tucumano como diciendo: “‘¿Qué pasa con este hombre que se queja, que en Santiago hay unos curas que no lo dejan trabajar?’”, agrega sobre lo que implica acompañar la lucha campesina e indígena.

Lassaga, comprometido con la misma causa, sostiene que la canción de las niñas de Los Soraires es parte de “la lucha por lo que queda de monte”, porque el impacto en la salud y en los desastres naturales es parte de la cotidianeidad. “Acá llueven dos gotas y nos inundamos, los vientos son terribles porque no hay monte”, grafica. Por eso, para Lassaga es esperanzador que “las generaciones jóvenes se vayan involucrando en esto y puedan recrear la vida en el monte santiagueño”. “Es una lucha muy desigual, el poder de las multinacionales es muy grande”, advierte.

Publicado  en Agencia Tierra Viva

Edición: 4347

 


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