Subió el empleo y también la tasa de indigencia

Las cifras del INDEC y la noble igualdad

Los números hablan del empleo que crece. Un empleo registrado que hace rato dejó de ser la meca salvadora. Al mismo tiempo, la pobreza extrema se dispara. Como los precios. Lejos de la noble igualdad.

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Por Claudia Rafael

(APe).- A la hora de leer resultados, las estadísticas suelen hablar de 1, 2, 3 puntos. Que se traducen en cientos de miles de seres que deambulan a diario por las calles. Que sudan una cotidianidad dura como el asfalto que los rodea. Mientras sube el empleo sube también la tasa de indigencia del 8,9 al 10,4% de la población porteña y del conurbano bonaerense. Allí donde los conglomerados son más populosos y la pobreza extrema se dispara al compás de los precios.

Urbes que se fueron amasando durante décadas a partir de las migraciones y de la búsqueda de un sueño que demasiadas veces no fue, hoy sudan un hambre feroz que se traduce en comedores populares y organizaciones sociales que no dan abasto. Suman 15.681.453 las personas que viven entre CABA y Gran Buenos Aires. Con una tasa de más de 5000 habitantes por kilómetro cuadrado.

El sufrimiento de las niñeces queda al desnudo de la mano de los números duros del Indec. Hasta los 5 años, el 47,5 por ciento de niñas y niños vive en hogares pobres. Entre los 6 y los 11, ese porcentaje trepa al 52,7 y ya, entre los 12 y los 17, se dispara al 53,4 por ciento. Cuando la edad para el corte en el análisis es de 14 años, etapa que en el país concentra a 11 millones, hay 5,6 millones que nacen, viven y crecen en hogares hundidos en la pobreza.

El empleo crece, insiste el Indec y no hay forma de dudarlo. Hoy el análisis no es el que podría haber sido años atrás, décadas atrás. Hubo un tiempo en que soñar un trabajo formal, con ingresos registrados, era la meca salvadora. En los 25 años que van desde los primeros años del primer peronismo hasta 1974 hubo en el país una participación de los trabajadores del 50 y 50. Era el famoso fifty-fifty y se lo disputaba en las luchas populares y en las calles, codo a codo, pancarta y bandera en mano. Los planes genocidas por venir se encargarían de derribar esos míticos logros para convertir a esta patria ensangrentada en un símbolo de la inequidad. Y ya no hubo gobierno posterior –peronista o no peronista- que tomara esa vieja utopía entre los dedos para hacerla carne cotidiana. Hoy, una persona con el sueldo mínimo –registrado- no roza siquiera la mitad de la canasta básica alimentaria. Una familia con dos salarios básicos tampoco lo logra. Es decir, hoy el trabajo en sí mismo no es ya la meca salvadora sino apenas un colchón que permitirá zafar si se agregan al bolsillo otras variantes.

Hace apenas poco más de un mes una niña de 11 años que asistía a la escuela 11, del distrito 5, de una villa en la ciudad más populosa del país moría de una enfermedad evitable. Inútil debatir cuál fue la última causa, la que se suele inscribir en los certificados oficiales de defunción, cuando se pierde de vista que detrás de una neumonía, detrás de un paro cardiorrespiratorio, detrás de tal o cual detonante final, hubo un largo viaje a través de hambrunas, desnutriciones, falta de nutrientes, fríos intensos y agobiantes, aguas contaminadas o hacinamientos recurrentes.

Esa niña formó parte de las estadísticas que hoy conocemos. De los números fríos y cruentos detrás de un escritorio en el que se contabiliza que en CABA y GBA había en los primeros seis meses de 2022 5.808.775 personas pobres y que, de ese total, 1.627.509 eran indigentes.

Esa niña, que llegó al mundo del lado del desamparo. Que nació con el futuro cortito. Como tantas pibas y pibes que, a pesar de todo y a contramano de la historia, siguen entonando en cada fecha patria “ved en trono a la noble igualdad”. Aunque ella, dejen esta vida sin saber exactamente qué les estaban haciendo cantar.


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