La vida que el agua se lleva

Chiara tenía diez años. Junto a su mamá, se la llevó el agua furiosa del arroyo Las Viejas, cerquita de Paraná. Ellos habían alzado la casita en la orilla. Allá donde no expulsa el agronegocio ni la voracidad inmobiliaria. Pero donde de vez en cuando el arroyo se vuelve río y se lo lleva todo. No quedó más que el cimiento de la casita. Y el papá con tres de los chicos. Para reconstruir una vida rota.
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Por Silvana Melo

(APe).- Levantaron las casitas ahí no más, cerca de la orilla del arroyo Las Viejas, en los andurriales de Paraná. Saben que no es suelo seguro, pero es donde se puede. Donde a la pobreza le dejan lugar. Donde la ciudad se acaba, languidece, no extiende servicios, especula a ciegas y ordena lo que se puede y lo que no, deja afuera a miles que no tienen cómo llegar a una casa dentro del sistema, incluidos en el esquema del privilegio. Entonces se alzan las casitas ya temiendo que vengan el temporal y la crecida pero elevando las oraciones para que no vengan.

Casi una década hacía que no llovía así. Desde 2017 calculan los que lo vieron. En la madrugada del jueves se desató un temporal terrible que se llevó todo. Y que levantó a Las Viejas de su rutina de arroyito a una arrogancia de río encabritado. La casita de Patricia donde vivían seis, ella, su marido y sus cuatro niños, se desarmó como hecha de cartones. Se rompió en mil pedazos mientras ellos dormían en una noche cerrada, sin luna ni luces, y el agua enfurecida no pudo con los tres niños que sostuvo su padre pero sí con Patricia y con Chiara, de diez años, a las que el arroyo se llevó como ofrenda a tanto desmonte, a tanto veneno a la Pacha, a tanto desprecio a quien un día –o una noche- se rebela y embiste contra la cercanía.

Apenas los cimientos quedaron. “Empezó a caer de a poco el techo de la casa, la pared, intentamos sacar a los chicos por la ventana, pero el agua era mucha”, trae nuevamente las imágenes terribles Miguel Barrios. “Se hizo un pozo y todo se hundió”. Patricia “estuvo hasta el último momento intentando salvar a los chicos”, dice. Hasta que la fuerza la abandonó cuando el arroyo que se puso río se llevó a Chiara y a la camita donde dormía esa noche en la que tal vez apenas despertó. Patricia, de 32 años, alargaba los brazos para alcanzarla. Para traerse a su hijita a la tierra otra vez, a esa tierra tan incierta, tan endeble, tan inestable bajo los pies de los pobres, siempre. Porque el único terreno más o menos seguro de sus vidas es estar juntas, estar abrazadas en las manos de la tierra y que el río pase como un loco pero todos ellos otra vez en pie y a rehacer la casita desde los cimientos, que el pie siempre queda y siempre se reconstruye desde el abajo, desde el pie como andaba cantando alguien del otro lado del río.

Pero esta vez no.

Esta vez la precariedad de la vida les costó la muerte. En esas zonas donde no expulsa el agronegocio ni hay voracidad inmobiliaria, allí sí se les permite vivir. Al menos intentar desplegar una vida de escasa dignidad, amenazada por una naturaleza alterada por los otros, sin agua potable ni servicios sanitarios.

Apenas el cimiento quedó. Y un padre con tres niños. Rotos. Incompletos. Intentando buscar otra orilla para ocupar. Lejos de los negocios. En los márgenes. A la vera de los vientos y de los ríos.


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