La venganza express

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Por Carlos del Frade

(APE).- Un día antes de la Noche Buena. Se diría, según las películas del norte que se vive el espíritu de Navidad. El lugar es un costado del río marrón llamado, desde tiempos lejanos, Paraná. Dicen que ahora la ciudad ha cambiado para mejor. En Rosario hay más shoppings, más fuegos artificiales, más consumo, más desocupación y más silencio contra voces críticas.

 

La revista “Gente” y el diario “La Nación” se han ocupado del boom rosarino.

Faltan pocas horas para la llegada de alguien que hace tiempo se definía como el Niño Dios pero que ahora fue secuestrado por un señor de barba blanca postiza y de santidad trucha.

El barrio está en el prólogo de la zona sur, cuando el cielo se ensancha a falta de grandes edificios y los bulevares y avenidas son modestos a fuerza de sentir el paso de los carros y recordar las bicicletas de los obreros metalúrgicos.

Faltan pocas horas para la Navidad de 2004.

Una mujer lleva su cartera. Algo lleva en su cartera.

Pablo, de diecisiete años, sabe que la mujer lleva algo ahí adentro. Y hace rato que se quedó afuera de los pesebres artificiales y de las ofertas para consumir lo que no puede de todas las horas de todos los días aunque nunca haya noches buenas.

En la esquina de Italia y Gálvez, donde la sombra de los paraísos se hace sentir, el pibe le arrebata la cartera.

Un grupo de vecinos lo ven.

Y salen disparados en su captura.

Justicia por mano propia en la ciudad del boom, los shoppings, la desocupación y los fuegos artificiales.

Pablo no estaba solo. Alguien más iba con él.

Pero ya no está. Es más rápido que Pablo.

A él lo alcanzan en una de las esquinas del Hospital de Niños.

Lo rodean y comienza la paliza.

No interesa tanto la recuperación de la cartera como la cantidad de golpes que cada uno le puede propinar al muchacho.

Uno de esos vecinos, el más decidido de todos, elige convertirse en la condena rápida y contundente que tantas veces se exige desde los grandes medios de comunicación que silencian pensamientos contra corriente y amplifican castigos eternos, efectivos y rápidos contra los miles de Pablos. Ese vecino es ese certero castigo rápido. El será que evitará que “entre por una puerta y salga por la otra”.

Exhibe su arma, su instrumento de venganza y dispara.

¿Y la mujer de la cartera?. ¿Y la cartera?.

Ya no importa. La bala es la síntesis de la venganza que exigen los altares consagrados de los grandes medios de comunicación. Y ese vecino se sabe, en ese momento, en su momento, que es capaz de convertirse en un elocuente profeta del orden.

Faltan pocas horas para la Navidad de 2004.

Un suboficial de la sección caballería de la policía rosarina ve “toda esa secuencia” desde una de las esquinas del Hospital. “Toda” la secuencia es igual a ver visto el linchamiento completo.

-Entonces intervino y arrestó al muchacho que estaba muy golpeado y herido en una mano- comentaron compañeros del suboficial.

El profeta de la venganza express que predica el orden promocionado por los grandes medios de comunicación se perdió en el barrio de los árboles frondosos.

Tampoco se supo si la señora recuperó la cartera.

Sí se sabe que a Pablo le encontraron antecedentes.

En la ciudad del boom económico los barrios ya no son lo que eran.

Antes los vecinos que se indignaban por un arrebato, corrían al muchacho, devolvían lo escruchado y hablaban con el turrito de ocasión. Si no había más remedio pedían ayuda a la policía y que se hiciera cargo. No era bien visto eso de “reventar” a cualquiera cuando la pelea eran tan desigual. Pero la ciudad ya no es la misma.

El estado ausente en la vida de las mayorías terminó por demoler la vieja aspiración de la justicia como algo cotidiano y en su reemplazo apareció la justicia por mano propia. Los caníbales se comen entre si, mientras el gran banquete está siempre en otro lado, muy lejos de los últimos barrios de sombras generosas.

Fuente de datos: Diario La Capital - Rosario 23-12-04

 


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