La reclusión de la infancia

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Por Claudia Rafael

(APe).- La cuarentena abonó la desigualdad, en un combo explosivo y peligroso, para acrecentar sus secuelas. Y en las infancias, hay impactos hoy minimizados. Cuáles serán las construcciones sociales que vendrán después de un extenso período de encierro en el que se privilegia lo individual. En el que lo colectivo como estrategia para el juego, para la resolución de problemas, para la elaboración de los aprendizajes quedó arrinconado estrictamente al vínculo vehiculizado por un teléfono o una pantalla de computadora. Ya no es la ronda, la mancha, el picadito o el abrazo lo que permite la socialización sino otro abanico de estrategias a las que apelar desde las cuatro paredes (más o menos amplias) de la propia casa. Una ventana es un cuadrilátero desde el que observar el mundo y no hay romantización allí: todo se limita, en todo caso, al trozo de mundo que se puede percibir desde la propia ventana que las historias de inequidades ancestrales legaron a cada suerte.

Ya la calle o la plaza no son un territorio para niñas y niños. Son universos despoblados. Vaciados de juego. Las risas fueron exiliadas de los lugares de encuentro. Y se replegaron las complicidades nacidas en un potrero. Todo debe ser privilegiado al oscuro cosmos de la soledad. Más que nunca se juega en soledad. Más que nunca se nace en soledad. Y si el nacimiento es –siempre- un acontecimiento individual, todos aquellos bebés que irrumpieron en este mundo pandémico y recluido, lo hacen en condiciones de mayor soledad aún. Una soledad multiplicada todavía más cuando un nacimiento se protagoniza en territorios de precariedades. Y aquel famoso símbolo de que se nace con un pan bajo el brazo se derrumba en estos tiempos tan extraños. Hasta el mismo presidente reconoció que la pobreza se disparará en un 50 por ciento. No hay cómo ya negar que la pobreza y la indigencia son realidades endémicas con décadas de sostenida construcción a las que no se miró siquiera de reojo en tiempos no cuarentenales.

Las ciudades ofrecen hoy fotografías de un mundo sin infancia. Sólo los adultos pueblan las calles. No se escuchan las voces de niñas y niños que corretean, juegan a asustar en una esquina o se ríen desmedidamente como sólo se ríe durante la infancia. Los únicos chicos y chicas que pueblan los territorios callejeros ya los poblaban antes de la cuarentena. Porque son los chicos y chicas en la calle y no “en situación de calle” (eufemismo falso que remite a la infancia sin techo ni paredes).

Y son los más jóvenes los que más inmediatamente sufrieron el impacto del control del cuidado al contagio delegado a las fuerzas policiales. Que vieron multiplicado su poder de dominio cuando el mismo estado delegó en su fuerza “el cuidado” del cumplimiento de la norma de prevención sanitaria. “Como hay una policía programada para un sector en particular, es evidente que salió a asegurar estas medidas poniendo la mirada donde siempre estuvo: en los pibes. Debió salir la Procuración a hacer indicaciones y recordar que hay una resolución especial para ellos. Se mostró, además, la incapacidad absoluta del sistema de promoción y protección de niñez para afrontar el tema. No hay refugios ni lugares para los chicos sin cuidados parentales”, analiza Laura Taffetani, abogada del niño y una de las referentes de Pelota de Trapo.

Si el argumento es que hay que quedarse dentro del hogar porque es el mecanismo más certero para hacerle frente al virus se está dejando esta suerte de única vacuna disponible, en el territorio de armados familiares en demasiados casos ya perimidos. Hace más de diez años, Alfredo Grande escribía en esta agencia que “el abuso sexual, el incesto, la violencia en la familia, casi siempre del varón contra la mujer, todas las formas de hipocresía, de pequeñas y grandes estafas, hace tiempo que impiden conciliar ´familia y bienestar´”. Y desde entonces o más tiempo atrás viene sosteniendo que merecemos, socialmente, “un debate sobre cómo sostener familiaridad que es un dispositivo de cuidados, de ternura, de placer, de confianza, de armonía, donde, como canta Serrat, ´nos sentimos en buenas manos´”.

Es en relación a esos contextos en que Laura Taffetani reflexiona que “las situaciones de violencia se acrecentaron y la justicia, que tiene las condiciones para poder actuar, no funcionó. En los casos de femicidios, no hay nada armado para pensar en los hijos de las mujeres asesinadas”. Y en muchas de esas historias teñidas de tragedia y dolor los niños y niñas terminan siendo entregados a las familias de los victimarios, cómplices en muchos casos de esas muertes.

Hay mucho de lo que derivará de la cuarentena que poco o nada tiene que ver con el virus en sí. Que tendrá que ver con las implicancias de la falta de espacio. Del hacinamiento en los barrios populares. De los efectos de estar las 24 horas del día con adultos que no siempre resultan amigables. A los que niños y niñas -ahora sí “en situación de” encierro- pondrán a prueba una y mil veces con reclamos y berrinches extemporáneos. Son ellas y ellos, después de todo, los únicos que no tienen permiso para ver el sol, para sentir el viento pegando en la piel, para saltar en un charco de agua en la vereda de la cuadra. Y ni siquiera, pueden acompañar a sus madres al súper, porque nunca faltan los gendarmes sociales que señalarán con el dedo, aún si no hubiera ningún otro adulto en casa con quien quedarse.

Quizás el mayor efecto colateral de la pandemia devendrá de una sociabilidad humana que hoy exige del encierro para la supervivencia. Un encierro que mina las bases de una socialización que, en la infancia, forja identidad. Se es niña o niño junto a un par que espeja y con quien se construye semejanza y sueño colectivo.

La pandemia funciona hoy como un tsunami capaz de arrasar con los aprendizajes que devienen del lento caminar junto a quienes abrazan, con piel y pensamiento, una utopía germinal que nos guíe a los adultos y a las infancias. Alberto Morlachetti escribió alguna vez que “todo tiempo tiene su utopía. Unas sustituyen a las otras. Lo que parece imposible en una época es natural en otras”.

Quién sabe cómo habrá que amasar en el nuevo tiempo la utopía que vendrá.

Edición: 3986


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