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Por Claudia Rafael
(APe).- La vida, demasiadas veces, tarda tan solo segundos en deshilacharse. Instantes apenas de los que no se vuelve. Momentos a los que se llega tras el cúmulo amasado de angustias existenciales abonadas por infiernos íntimos combinados con un trayecto cotidiano intolerable. Y si la tendencia en el análisis va a ser la mirada maniquea de que todo parte de una psicopatología individual preexistente o bien que absolutamente todo se enmarca en un contexto social desolador, será la sociedad como tal la que se suicide. La clave quizás esté en empezar a mirar los modos de vivir y a examinar las herramientas para cobijar la pesadumbre del doliente.
Hace apenas unos días, un ícono musical para gran parte de los jóvenes, como Lali, se plantó en el escenario de la cancha de River y antes de cantar una canción icónica en la temática dijo que Argentina tiene la mayor tasa de suicidios entre 15 y 34 años. Y se preguntó qué estamos haciendo como sociedad. Es muy doloroso que nuestro país esté en el ranking del mal. Luego cantó aquello de en esta puta ciudad todo se incendia y se va, matan a pobres corazones, que estrenó un joven Fito Páez tras el crimen de su tía y su abuela exactamente 40 años atrás.
Hace tan solo unas horas un joven de poco más de 20 años, suboficial en la Base de Morón, fue encontrado sin vida en lo que los investigadores sospechan se trató de un suicidio. Como también se sospecha de la muerte, hace apenas una semana, de un soldado voluntario de 19 años en el Regimiento de Infantería de Montaña 22 en San Juan. En una larga lista que parece no encontrar final. Ni en la sociedad civil ni entre esa amplia porción de jóvenes que ven en las fuerzas de seguridad un salvavidas en un modelo de producción expulsivo.
Eso que Lali llamó el ranking del mal fue coronado por estas horas con números que reveló Unicef: hubo, entre los jóvenes de 20 a 29 años, un aumento del 14% de los suicidios entre 2014 y 2024. Varones jóvenes que no logran sostener sobre los hombros el peso de una mochila vital que les resulta demoledora.
Es imprescindible ligar esa estadística a las cifras que desnudó el Ministerio Público Tutelar (MPT) de la capital argentina acerca de las internaciones de adolescentes con riesgo suicida en hospitales públicos y privados.

En 2023 hubo 596 internaciones; en 2024, fueron 594 pero en 2025 se produjo un salto a 686. Ese año, la ideación suicida abarcó al 49,4 % de esas internaciones; los intentos representaron el 38,9 % y las autolesiones, el 11,7 %. Cuando el MPT desgaja los porcentajes por género, el 72,4 % de las internaciones correspondió a mujeres y apenas un poco más de la mitad, a adolescentes entre los 13 y los 15 años.
El grueso de las internaciones por ideación suicida corresponde a mujeres mientras que la mayoría de los resultados fatales pertenece a varones. ¿Cuál es la particularidad de cada género para un resultado u otro? ¿Qué exigencias y qué acorralamientos fogonean mayores angustias en uno u otro género?
Suenan las luces de alarma al diseccionar las edades. Entre quienes tienen menos de 13 años se produjo también un crecimiento que inquieta: en 2024, el 5,9 % de las internaciones por riesgo suicida abarcaba a niñas y niños de menos de 13 años. Y en 2025 hubo un salto que llevó esa tasa a 7,2 %. Con un elemento de peso: el mismo informe del MPT señala que uno de cada dos niñas, niños o adolescentes tuvo dos o más internaciones por riesgo suicida.
Pero no sólo se trata de poner bajo la lupa el análisis por edades o por género. Es imprescindible sondear en los territorios, en estadísticas imposibles, porque la problemática se torna más compleja en los sectores socioeconómicamente más golpeados. Ya sea porque las dificultades para la vida cotidiana son más agudas por déficits varios sino porque es mucho más complicado el acceso a la atención de la salud mental.
Y si ya de por sí los servicios de salud están estallados, analizar el número de profesionales de la psiquiatría a lo largo y ancho del país brinda algunas respuestas. Los psiquiatras infanto-juveniles representan en el territorio argentino alrededor del 11 % del total de psiquiatras. Pero la disparidad y la desigualdad se profundiza cuando se revela que CABA (Ciudad Autónoma de Buenos Aires) tiene una tasa de 6,5 psiquiatras infanto juveniles cada 100.000 habitantes. Por fuera de ese territorio todo el resto del país (excepto Mendoza, que cuenta con 1,6 cada 100.000) no llega a un solo especialista en psiquiatría infanto juvenil en esa proporción poblacional.
Siempre se repitió casi como muletilla que dios atiende en Buenos Aires pero es una realidad imposible de soslayar que el territorio actualmente gobernado por Macri el Primo representa el 6,73 % del total de la población argentina. Números que no hacen otra cosa que confirmar la histórica muletilla.

Hay una creciente fragilización de las estructuras institucionales de atención de la salud que se profundizan aún más en la hermanita pobre del sistema que es la salud mental. Pero esa fragilización es más honda aún porque la sociedad en sí misma está avasallada por un modelo que le exige más consumo, mayor competencia y le pone del otro lado del espejo modelos exitistas imposibles de alcanzar.
Con la incongruencia de que en tiempos de angustia colectiva los presupuestos destinados a las estructuras de salud mental van siendo minados año tras año. Contra el 10 % establecido por la ley, en 2024 se destinó el 1,82 % del presupuesto; en 2025, un 1,68 % y este año, 1,42%.
Apenas unos cuantos años atrás el tema de la salud mental y particularmente la problemática de los suicidios no formaba parte de las conversaciones familiares y sociales y menos aún eran tema de agenda en los medios periodísticos. Constituían un tabú en el diálogo y en el abordaje social.
Hoy es un tema recurrente y la creciente dificultad para acceder a los servicios de salud, abonada por el incremento de las soledades y del encierro en el mundo de las redes sociales va llevando a una parte de la población a buscar respuestas en el universo digital. Y a recurrir a la inteligencia artificial para hallar respuestas terapéuticas ante el crecimiento de las angustias o las ansiedades. Si bien poco más del 92 % (según un estudio del Observatorio de Psicología Social Aplicada) preferiría terapias con profesionales de carne y hueso, las demoras para los turnos, las dificultades económicas para acudir al sector privado o el encierro social creciente terminan conduciendo a un diálogo con chatbots.
Claramente un mayor presupuesto para la salud mental, una mejor distribución de las estructuras de atención y de los profesionales del área redundarían en una mejora en la calidad de vida. Pero es imprescindible ir a las raíces más profundas. Aquellas que fueron moldeando una sociedad rota cuyas esquirlas impactan de lleno en los vínculos, en las redes (no aquellas tecnológicas sino en las de carne y hueso), en los modos de vivir y de producir.
Una sociedad que acepta mansamente que sus generaciones más jóvenes no encuentren una salida vital y se hundan en la oscuridad es una sociedad que camina a paso sostenido hacia la autodestrucción.
También se pueden leer los recientes informes de APe sobre la temática:
El peso de la vida: en diez años se duplicaron los suicidios
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