Osadía de ser carpincho

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Por Silvana Melo
    (APe).- Los lagos de los humedales, impresionantes reservorios de agua dulce, son las lagunas artificiales de los privilegiados. No más las esponjas que retienen las aguas, no más la matriz de la biodiversidad en medio de territorios asolados por el hacinamiento, las pandemias y la injusticia. La conquista de los humedales para el capitalismo inmobiliario impulsó el destierro de los carpinchos, que hoy regresan a Nordelta como en el julio pandémico de 2020 intentaban reingresar al country Abril en Hudson. Cuando a un par les costó la vida, caídos tras los balazos de la represión vecinal.

Hoy los carpinchos vuelven a estar en boca y meme de todos, víctimas del humor berreta y del análisis superficial de una tragedia ambiental que al estado apenas lo circunvala.

Acorralados por la supresión de su hábitat natural, buscan desesperadamente sus lagunas –convertidas en las lagunas privadas de los countries-, se alimentan, se reproducen y vuelven multiplicados a su antigua zona de confort. Que dejó de serlo, invadida por muros, automóviles de alta gama y seres humanos invasivos que piden que la mano fuerte del estado los quite, les cree un ámbito natural prepotente y que la libertad sea para alterar los ritmos naturales y no para la armonización de una vida cada vez más sometida a las finanzas. A los 45 pisos en costanera sur y a los agronegocios transgénicos y envenenados.

Carpinchos y gansos se convirtieron, en días de pandemia, en víctimas del capitalismo más burdo. Expulsados de un country que primero les había arrebatado el hábitat y donde después fastidiaban el día a día del privilegio, sufrieron el mismo destierro que los campesinos en manos de la agroindustria. El barrio cerrado Abril, en Hudson, se apropió de los humedales, como Nordelta y tantos otros en territorios del conurbano que se alejan de la ciudad para sostener una calidad de vida sustraída al resto de los mortales. Los humedales venían con carpinchos y gansos incluidos. Un ecosistema perfecto, una biodiversidad imprescindible. Pero molestaban la construcción del paraíso que recorta a la naturaleza a su placer. Y fueron desahuciados al afuera, donde se quedaron esperando la hora del regreso. Como quien sostiene una huelga en la puerta de la fábrica cerrada. Algún día abrirá. Algún día volverán.

En esos días mataron a uno de un disparo. E hirieron a otro. El mosaico represivo que ciertos sectores poblacionales sostienen en el marco del amparo a su preminencia, admite y propicia el uso de un arma para terminar con animales que buscan regresar a su hábitat natural. Pero que se vuelven molestos en una artificialidad nociva que destruye la naturaleza y perjudica gravemente a decenas de miles de personas.

Hoy vuelven a Nordelta y la humanidad se espanta por una supuesta agresividad que no es más que la reacción ante el destierro. Ante la exclusión.

Los barrios privados suelen construirse sobre reservas naturales y humedales, que son imprescindibles para prevenir las inundaciones. El bosque ribereño es dueño de una diversidad vegetal y animal, de explosiones de vida diezmadas por la voracidad inmobiliaria que alza residencias con lagos particulares y pozos de agua potable propios que quitan el agua a las poblaciones lindantes. Cuando los ríos intentan canalizar el excedente hídrico de una lluvia copiosa, no encuentran a los humedales sino a los muros de los countries. Entonces se desvían hacia poblaciones que nunca antes habían sido inundables.

Es la tragedia inacabable de la desigualdad.

Cuando el estado desguazado y la marginalidad de millones instauraron a una clase afortunada en brutal contraste, la obesidad incontenible de las villas y el crecimiento de los bordes lujosamente urbanizados fueron la foto desmesurada de la asimetría.
Ni los trabajadores ni los desplazados ni los frágiles ni los carpinchos estuvieron incluidos en aquellas mudanzas. En las que, realmente, se buscaba protegerse de todos ellos.

Los lagos de los humedales, impresionantes reservorios de agua dulce, son las lagunas artificiales de los privilegiados. No más las esponjas que retienen las aguas, no más la matriz de la biodiversidad en medio de territorios asolados por el hacinamiento, las pandemias y la injusticia.

Los carpinchos de Hudson tuvieron una distinción impensable: llegaron a los grandes medios. Paraditos detrás de los alambrados con púas, esperando una hendija de este destino, los llamaron piqueteros con desprecio. Y les dispararon con la conciencia de impunidad de quien tiene un arma encima para andar por la vida. A los de Nordelta los acusan de hincar el diente en los motociclistas, de lastimar a finas mascotas y de herir el patrimonio obsceno de ciertas gentes. El metro cuadrado en Nordelta cuesta 400 dólares. Una propiedad cualquiera son 400 metros cuadrados. Es decir, 400 mil dólares. No vale la libertad de un carpincho…

En tiempos inciertos, cuando las pandemias acechan y atacan impiadosamente, habrá que ponerles una ficha a los carpinchos. Con el coraje de los descartados, siguen parados ahí. Regresan para recuperar su tierra.

Algún día se abrirán las puertas que cierran los poderosos en las narices de los otros. Algún día muchos más serán carpinchos.

Edición: 4375

 


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