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Por Martín Smud
(APe).- Hay una motito que cruza en rojo. No es heroísmo ni torpeza, es cálculo: si pierde ese semáforo, pierde el pedido, la propina, el ranking, la noche. El cuerpo aprende rápido cuando el algoritmo aprieta. Cruza igual. Y ahí, en ese instante que dura menos que un latido, se abre la grieta: ¿está soñando que pedalea o pedalea para no despertar?
En “La noche boca arriba” de Cortazar, el protagonista alterna entre la camilla y la selva, entre el hospital y la persecución. Cree que una de esas realidades es el sueño. Se equivoca. Acá pasa algo parecido, solo que el hospital es la excepción y la selva es la ciudad, con sus bicisendas a oscuras, sus esquinas ciegas y su fauna más previsible: autos apurados, veredas rotas, clientes con hambre y prisa moral. El repartidor, en cambio, es un animal nuevo: mitad trabajador, mitad dato.
La semana pasada, la Suprema Corte de Justicia de la Provincia de Buenos Aires dijo lo obvio con lenguaje jurídico: los repartidores de Rappi y PedidosYa no son “socios” ni “emprendedores”, son trabajadores en relación de dependencia. Traducido al castellano de la calle: no manejan el negocio, el negocio los maneja. Un pequeño detalle que a las empresas les gusta tratar como si fuera una metáfora.
Mientras tanto, Cristian mira la pantalla como si fuera un oráculo barato. Tiene 28, una carnicería de día, enfermería algunas mañanas y la noche para pedalear contra el reloj. La franja de oro dura dos horas. Después, la noche se enfría y el celular también. No levanta la cabeza porque cada segundo sin mirar es un pedido que no entra. Y cada pedido que no entra es una pequeña muerte, una más de esas que no salen en las estadísticas.
El capitalismo de plataformas encontró una fórmula elegante: convertir el tiempo en una persecución y al trabajador en su propio capataz. Si llegás tarde, perdiste. Si rechazás, te penalizan. Si te accidentás, te recomiendan ahorrar. Una ética de autoayuda aplicada al asfalto. El resultado es casi literario: gente que entrega pedidos con sangre en la cara y después se va sola al hospital público. El cliente, eso sí, deja cinco estrellas. La estética del sacrificio nunca fue tan eficiente.
Algunos dicen que la gracia del sistema es la libertad: “manejo mis horarios”. Es cierto, en el mismo sentido en que uno es libre de correr o quedarse quieto mientras lo persiguen. La flexibilidad se volvió un espejismo que se evapora cuando baja el ingreso y sube la competencia. Entonces el cuerpo compensa: más horas, más kilómetros, menos descanso. La cabeza queda para después. Si queda.
Los especialistas le ponen nombres finos: subordinación algorítmica, datificación del trabajo. En criollo: alguien decide por vos sin aparecer en la escena. El algoritmo asigna, mide, compara, castiga. No grita, no insulta, no fuma en la oficina. Es más prolijo que cualquier jefe de los viejos. Y bastante más implacable.
En la calle, la teoría se vuelve carne. Belén D’Ambrosio, del sindicato de repartidores, lo dice sin metáforas: hay compañeros que mueren trabajando y sus familias no reciben nada. La empresa, mientras tanto, sigue sin trabajadores, solo tiene “usuarios activos”. Qué alivio semántico. Nadie despide a un dato.
El fallo judicial llega como una luz breve, de esas que encienden y se apagan en la noche. Reconoce lo evidente, pero no paga la cuenta. Las multas son un vuelto para multinacionales. Los derechos, en cambio, siguen siendo una promesa con casco colgando del manubrio.
En otros países, el péndulo va hacia regular, hacia ponerle cuerpo legal a lo que ya es cuerpo cansado. Acá, la discusión se desliza hacia atrás, como si la modernidad consistiera en volver a inventar el trabajo sin derechos y con buena interfaz. Una app prolija para una precariedad bastante clásica.
La motito vuelve a arrancar. Cristian acepta un pedido. La pantalla vibra como si fuera vida. Arranca. La ciudad se abre y se cierra a la vez. En algún punto, como en Cortázar, alguien cree estar soñando. No está claro si sueña con un empleo estable o con despertarse de este. Lo único seguro es que, por ahora, la noche es la que manda. Y está, como siempre, boca arriba.
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