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Por Alfredo Grande
(APe).- Si el hambre es un crimen, afirmación fundadora del Movimiento Chicos el Pueblo, en este momento puedo afirmar que sigue siendo un crimen pero que, además, debe ser considerado de lesa humanidad.
El hambre tiene efectos permanentes que luego son deplorados. Deplorados y encubiertos para el sambenito de la seguridad. ¿Cuál es la edad para que los niños y niñas tengan hambre? Los despidos salvajes, para que la maldita macro se mantenga, es hambre y siempre hambre, especialmente para los niños y niñas.
Hoy la dieta con carne de burro esconde la acción de los burros carnívoros que nos desgobiernan. La pregunta de quién realmente gobierna no es banal. Seguro que no gobiernan los niños ni las niñas. Gobierna algo tan anónimo, tan artificial como el Mercado. Creo que estamos ante un Des Gobierno Artificial, ya que el Mercado nada sabe de votos ni de deseos. Y menos sabe de hambres.
Los crímenes de lesa humanidad se mantienen porque son la constante de ajuste. Quizá la desaparición forzada de personas haya cambiado en su modalidad, pero cada niño, cada niña con hambre es una desaparición de persona. Porque la persona desaparece cuando el hambre es el convidado de piedra en su vida. O sea: no hay vida con hambre. Ese es el plan. Que millones de seres no tengan vida. Ninguna vida. Y que eso no se considera un crimen. Apenas -como supo decir Cavallo, otro burro salvaje- “el costo social del ajuste”.
En la cínica expresión “costo social” está incluido el hambre. Pero no cualquier hambre. Está excluido el apetito, el hambre por atraso en la ingesta. El hambre del costo social es el hambre crónica, permanente. El hambre de años, que no admite convertibilidad alguna. Porque lo único que convierte el hambre es comida, mucha y buena.
Pero apenas los comedores populares brindan esa opción. Los des gobiernos no lo incluyen. Alimentar niños y niñas es un costo, cuando debería ser la inversión más digna. Lo que hay que recuperar es la dignidad perdida. En su sentido de recuperar el respeto. El hambre planificada es una absoluta falta de respeto, entre otras cosas. Recordamos al gaucho Martín Fierro, que decía: “Muchas cosas pierde el hombre/ que a veces las vuelve a hallar/ pero les debo enseñar/ y es bueno que lo recuerden/ si la vergüenza se pierde/ jamás se vuelve a encontrar”. Desconocer el efecto permanente del hambre es una vergüenza, entre otras cosas. Por eso si toda vida es cultural, toda muerte es cultural. De una cultura represora que logra que el asesinato del hambre no sea delito.
La única opción de sobrevivir es la conversión de humanidad a mercancía. La alquimia siniestra que logra que el consumo sea la única garantía de vida. Se derrumba el consumo, se derrumba la vida.
Por eso estamos no en una crisis, sino en una catástrofe. Y en sostener esa diferencia fundante nos va la vida. En forma resumida diré: la crisis es de los ricos, la catástrofe es de los pobres.
Parece que la tortilla no se da vuelta. Al menos fácilmente.
Foto: Santiago Oroz
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