La deshumanización de estos tiempos

La fiebre viene de Melos

La deshumanización cura el dolor de cabeza cortándola. Considera que la fiebre bajó y bajó el problema cuando el cuerpo muestra el hielo de la muerte. Esta historia habla de este tiempo. Y de dónde están llegando las pestes.

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Por Alfredo Grande

(APe).- Melos es una pequeña isla volcánica griega.  La peste viene de Melos es una obra del gran dramaturgo Osvaldo Dragún. En estos tiempos, donde las causas son enigmáticas y los efectos letales, recordé a esa obra, a Dragún y al título.

La historia me llegó de forma indirecta. Yo cursaba pediatría en el Hospital Álvarez, luego de ser expulsado del “olimpo de la medicina” que supuestamente era el Hospital de Clínicas. Yo era algo así como un Prometeo con guardapolvo blanco y estetoscopio. Que lo usaba más como fetiche, como marca de fábrica.

La historia la contó un médico clínico de esos que se llamaban médicos de cabecera. Solía visitar a sus pacientes en las casas. Nunca entendió que era una prepaga y creo recordar que alguna vez me dijo que eran simples aseguradoras de riesgo y le gustaba llamarlas ARS, o sea, aseguradoras de riesgos en salud.

Posteriormente la creación de las ART le dio plena razón. La historia era la de un niño con mucha fiebre. La familia llamó a un médico recomendado por la dueña del country donde trabajaba la madre del niño. Cuando llegó, no demostró más empatía que Drácula antes de atacar a su víctima ocasional.

Lo revisó al niño aunque, en realidad, lo miró de lejos y nunca lo tocó. Frunció el ceño, hizo cabeceos negativos de esos que estimulan tanto el ánimo y con voz aguardentosa, quizá resabios de algunos excesos, sentenció: “hay que bajar la fiebre”.

Madre y padre se miraron. “¿Pero que tiene?”.

“¡Fiebre!”, sentenció el facultativo. Y con todo de reproche poco disimulado: “¿les parece poco?”.

Madre y padre volvieron a mirarse. Estaban tan abrumados por el malestar del hijo, tan asustados, tan desorientados, que apenas atinaron a ensayar una disculpa balbuceante. “Y entonces que hacemos?”  preguntó la madre devastada por el espanto.

“¡Hay que bajar la fiebre!”, y agregó en un tono más bajo, audible pero poco.  “Cueste lo que cueste”.

Ni la madre ni el padre conocían la frase en los cursos de medicina de que para un dolor de cabeza se podían hacer muchas cosas, menos cortarla. A pesar de la medicación indicada, la fiebre no bajaba. El padre llamó al médico impenetrable y la voz ronca lo sorprendió.

“Doctor, la fiebre no baja”. Hubo una pausa molesta. Mejor dicho, una pausa que era para molestar.

“¡No están haciendo lo que les dije! ¡Serán culpables si empieza a convulsionar!”. Un golpe seco indicó que el facultativo había cortado.

El próximo llamado, desesperado, fue de la madre. “¡Doctor, el nene no responde! No habla. ¡Está frío!”. El médico apenas murmuró. “¡En el día paso! ¡Parece que la fiebre bajó!”

Cuando el medico llegó, constató el fallecimiento. Se le notaron muchas cosas, menos un matiz de consternación.  “Tenía razón. La fiebre finalmente bajó”

El padre se contuvo. Tomó el cuerpito del nene. Lo arropó. Se lo dio a la madre. “Espérame en el comedor de la Escuela. Ahí esperan los cumpas”.

La madre, sin saber lo que estaba haciendo, tomó el cuerpo y salió de la casa. Apenas escuchó un golpe. El padre salió sin gesto alguno. Nadie más salió de esa habitación.

La madre preguntó: “Y el doctor dónde está?”

El padre la tomó de la mano, la abrazó, la ayudó a sostener ese cuerpo ya liberado de la fiebre que nunca se supo de dónde vino.

En la historia se dijo alguna vez que esa fiebre vino de Melos. El médico que contó esta historia no recordaba bien qué contestó el padre. Pero en un esfuerzo de la memoria, parece que le dijo a la madre. “No te preocupes. Tenía fiebre. Y tuvo una convulsión”.

La historia se pierde en el relato. Décadas después me sirvió para pensar en injusticia por mano ajena (o sea la impunidad) la justicia por mano propia (que cuando es colectiva es lo más justo que hay) y la venganza (que por algo se la mencionó como el placer de los dioses. Y agregaría que cuando las mujeres y los hombres tienen hambre y sed de justicia, no tienen nada que envidiarles a los dioses.

La convulsión del médico al que solo le interesaba bajar la fiebre no es demasiado creíble. Que haya médicos así, tampoco. Después de todo, el que a fiebre mata, a fiebre muere.

Y como dice un médico psiquiatra y psicoanalista amigo, sólo saben los que luchan. Y agrego, parafraseando a Lenin: todas las luchas, incluso las legales.


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