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“Resurrección de la Alegría. Desde el amor todo regresa como los pájaros y el alba, resurrección, digo su nombre y lleno el aire de campanas. Porque el que nace a la ternura vence la muerte cotidiana, abre las puertas de la vida y lleva un niño en la mirada.” Armando Tejada Gómez
Por Darío Cid
(APe).- La 50° Feria Internacional del Libro de Buenos Aires abrió sus puertas y los pabellones se llenan de editoriales, presentaciones de escritores consagrados, debates políticos y culturales. En el primer día, el público abucheó al ministro de Educación y también a autores que pensaban distinto unos de otros. La palabra se celebra, pero también se fragmenta: cada tribu se encierra en su postura, se cancela al otro, se niega la escucha. Como una nueva torre de Babel, donde todos hablan, pero nadie se entiende. La feria expone, además de libros, la fractura de una sociedad que no logra construir un proyecto común de país.
El 46% de los alumnos de 3° grado no alcanza niveles mínimos de lectura.
El 63,7% de los alumnos de 3° grado está por debajo de la comprensión lectora básica.
Miles de niños y niñas terminan la primaria sin saber leer ni escribir.
Jóvenes que egresan de la secundaria no logran comprender lo que leen.
En el otro país, que no es el de las maravillas de Lewis Carroll, como una realidad paralela, las palabras están mutiladas antes de nacer. La pobreza arranca de raíz la imaginación, el pensamiento abstracto, la capacidad de nombrar el mundo. El analfabetismo y el hambre no son accidentes: son planificados, sostenidos como política de Estado. Son la maquinaria silenciosa que condena a generaciones enteras a vivir sin voz.
La hipocresía es evidente. Se escandalizan por discursos y opiniones políticas, pero no por los altísimos niveles de analfabetismo que mutilan la infancia. Sin palabras no hay pensamiento complejo, no hay abstracción, no hay imaginación. Sin palabras, la infancia queda aislada en un silencio que no eligió.
La Feria del Libro se levanta como un decorado brillante, una escenografía de palabras que no transforman la realidad ni iluminan a los pueblos. Un escenario de discusiones estériles, de abucheos y cancelaciones, donde cada tribu defiende su dogma y nadie se atreve a escuchar al otro. Allí la palabra se convierte en espectáculo, pero no en herramienta de emancipación.
Mientras tanto, el analfabetismo y el hambre se multiplican en los barrios del conurbano, en las provincias olvidadas, en las escuelas vacías. El mapa del hambre, el analfabetismo y la pobreza coinciden y se extiende por un país que se desangra en niños.
Los libros no se queman hoy en Argentina: se apagan en la indiferencia. Y ese apagón, como el de la dictadura, mutila el futuro.
Agamben recuerda que, contrariamente a una antigua tradición, no es el hombre el “animal que posee el lenguaje”, sino el que está privado de él y que por ello debe recibirlo del exterior, de la cultura.
Pero de esa tradición cultural no les hemos dejado a los pequeños ni un color, ni una sílaba, ni sus infinitas devociones. Jamás podrán ejercer el derecho que ingenuamente les otorgó la Convención de las Naciones Unidas. Los pocos propietarios se han repartido, como ladrones, las espigas de las palabras, y los niños ya no pueden ser recogidos de su miseria.
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Fundación Pelota de Trapo nació hace décadas para abrigar de las múltiples intemperies a niñas y niños atravesados por diferentes historias de vulnerabilidad social.
Agencia Pelota de Trapo instala su palabra en una sociedad asimétrica, inequitativa, que dejó atrás a la mayoría de nuestros niños y donde los derechos inalienables de la persona humana solo se cumplen para unos pocos elegidos por la suerte