Abismales diferencias por sector social para terminar los estudios

La escuela entrampada en las desigualdades

El promedio de quienes egresan de la escuela esconde las diferencias por pertenencia social. En la primaria, supera los 10 puntos. En la secundaria, los 55. Cómo torcer destinos. Cómo romper círculos perversos.

|

Por Claudia Rafael

(Ape).- Un día lejano de 1915, la maestra Matilde Filgueira de Díaz congregó a madres y padres de sus alumnos, en la escuela porteña Cornelia Pizarro –en el barrio de Recoleta- y les planteó que había que poner fin a las divisiones por pertenencia social. Les pedía unificar las ropas en lo que fue un precursor del guardapolvos blanco que –supuestamente- borraría todo atisbo de diferencia de clases. Entre resistencias y rechazos, recién 27 años más tarde esa uniformidad se volvería obligatoria. Detrás de esa propuesta emergía el reflejo de un histórica controversia: cómo transita la escuela, como institución clave dentro de un país, la diversidad de orígenes sociales de las y los alumnos.

Ciento siete años después, y a pesar de la uniformidad pretendida de los delantales, la escuela sigue evidenciándose como un territorio en pugna. De la Encuesta Permanente de Hogares se desprende la incidencia de las diferencias sociales a la hora de alcanzar un título. En Argentina, el 93% de los mayores de 25 años concluyeron sus estudios primarios. Pero a la hora de desgranar ingresos económicos salta a la vista que hay diez puntos de diferencia entre los sectores de mayores y menores ingresos económicos.

Cuando se trata de estudios secundarios, la inequidad adquiere ribetes mucho más profundos. El 58 por ciento de los mayores de 25 terminó ese nivel. Pero en el decil más bajo de ingresos apenas el 32 por ciento obtuvo el título contra el 87 por ciento en el decil más alto. En otras palabras: establecer un promedio no hace más que difuminar una realidad hondamente desigual. Hay un 55 por ciento de diferencia entre unos y otros.

A años luz de una escuela antidestino, como la que promueve la pedagoga Violeta Núñez, se ha producido una homogeneización que terminó por establecer escuelas para ricos y escuelas para pobres. Que calcifican las diferencias de origen y evitan aquella “práctica que juega caso por caso, contra la asignación cierta de un futuro ya previsto”.

Hay un lado del mostrador que está asignado para ese sector de la sociedad que los marioneteros del poder definen como sobrante. Esas porciones sociales de las que se puede prescindir cuando así lo necesita el modelo productivo o bien se les pueden estipular roles específicos para la ocasión.

Robert Castel definía como “inútiles para el mundo” a aquellos cuyo “destino ejemplifica el drama del desafiliado por excelencia, el que, no teniendo ningún `estado`, no goza de ninguna protección”. Es decir, envueltos en “una nebulosa de situaciones signadas por la precariedad y la incertidumbre del mañana, que atestiguan el nuevo crecimiento de la vulnerabilidad de masas”.

El Estado, a través de intentos fallidos o de manotazos de ahogados, opta por enunciar un fortalecimiento de las escuelas de los márgenes. Niñas y niños de una pobreza histórica, heredada de padres y madres pobres, de adultos que fueron arrinconados a precariedades y desempleos sistemáticos, van a escuelas ad hoc.

Una práctica que, en definitiva, debería establecer una pelea “caso por caso” implica multiplicar cuantitativa y cualitativamente los docentes designados en esas escuelas en las que –ya se conoce de antemano- transitan niñas y niños que cargan con dolores y hambres viejas. Treinta chicos en un salón, con una sola maestra, en una escuela de doble turno, no habilita el salto imprescindible. Deberá ser una historia a historia, niña a niña, niño a niño, vida a vida la que se deberá pugnar por redireccionar de aquel destino premeditadamente orquestado desde los tiempos inmemoriales en que se firmó “un pacto de una minoría de iguales que excluyó de la ciudadanía a todos los que eran diferentes. Un pacto de propietarios, blancos, hombres y adultos”, como definía Alessandro Baratta.

Siete de cada diez niños y niñas atraviesan sus vidas por debajo de la línea de pobreza. Una pobreza que arrastran desde el vientre de sus madres, víctimas de las mismas inequidades ellas también; que profundizaron en sus primeros tiempos vitales, con comida escasa en cantidad y escasa en nutrientes y proteínas; y que los encuentra –demasiadas veces- hambrientos de aprendizajes, de ternuras, de cuentos y de caricias.

Hay un círculo perverso que cortar. Que no se detiene con mera extensión horaria. Hace falta redoblar la batalla para encararla uno a uno. Para arrebatarle a la estructura férrea y desigual un pibe tras otro. A Juan, que está en cuarto y, a duras penas, escribió la típica cartita para su maestra y no logró componer la frase en cursiva. A Yanina, que sigue contándose los dedos para multiplicar a pesar de que por segunda vez cursa sexto.

El rol antidestino de la escuela debe batallar contra cada una de esas variables. Pero con docentes entrampados en sus propias frustraciones. Que condimentan y abonan cada mediodía cuando uno solo comparte y atiende el almuerzo de sus 30 alumnas y alumnos. Que engrosan cuando semana tras semana sacan de sus bolsillos de 500 a 700 pesos en fotocopias para repartir entre sus pequeños estudiantes. Frustraciones que se profundizan cuando un niño o una niña de 8 ó 9 años se les planta con insultos que son los mismos insultos de los que antes fueron receptores. Docentes que, en muchos casos, cumplieron con el mandato de encaminar sus vidas para obtener un trabajo estatal seguro. Que podría haber sido el servicio penitenciario o la bonaerense pero terminó siendo un instituto de formación docente. Y que en tantas ocasiones reniegan de la escuela de los márgenes y pelean por un puesto en alguna de las del centro.

Las hay también maestras y maestros quijotes que batallan a diario en esa pugna por rescatar uno a uno a dos, tres o cuatro en los que dejarán otras huellas a las que asirse en sus vidas y con las que podrán soñar un mundo con sabor a utopía. Contra viento y marea. Como gemas perdidas en desiertos desmesurados.

Hace más de un siglo, el pedagogo francés Celestine Freinet escribía que no se puede preparar a los alumnos para que construyan mañana el mundo de sus sueños, si lo hacen educadores que ya no creen en esos sueños; no es posible prepararlos para la vida, cuando no se cree en ella; no se puede mostrar el camino, si quien lo hace está sentado, cansado y desalentado en la encrucijada de los caminos.


Suscribite

Suscribite al boletín semanal de la Agencia.

Sobre la fundación

Fundación Pelota de Trapo nació hace décadas para abrigar de las múltiples intemperies a niñas y niños atravesados por diferentes historias de vulnerabilidad social.

Sobre la agencia

Agencia Pelota de Trapo instala su palabra en una sociedad asimétrica, inequitativa, que dejó atrás a la mayoría de nuestros niños y donde los derechos inalienables de la persona humana solo se cumplen para unos pocos elegidos por la suerte