
Por Laura Taffetani
(APe).- El 16 de octubre pasado la fotógrafa del The Washington Post, Heidi Levine, fue atacada brutalmente por cerca de 50 jóvenes colonos israelíes cuando estaba cubriendo la recolección de aceitunas de otoño en Cisjordania.
La periodista debió ser internada con heridas múltiples y cuando los medios de comunicación la entrevistaron las primeras palabras que brotaron de su boca fue una reflexión que nadie esperaba: "Tengo un mensaje para sus padres: no entiendo cómo alguien puede criar a semejantes monstruos, de verdad, honestamente".
Lo que sorprendió a quienes la reporteaban fue que Levine no dirigió su dedo acusador hacia los jóvenes atacantes sino a sus padres, a sus familias lo que significa de algún modo interpelarnos a nosotras y nosotros mismos como habitantes de esta vida, en un mundo que cada vez nos parece más ajeno.
Es que hoy, no cabe ya duda de que Palestina nos devuelve una imagen aterradora en el espejo de una dimensión que cuesta asumir, una imagen que demuestra que la condición humana puede llegar a descender a infiernos tan profundos que jamás hubiéramos imaginado.
Y si bien Palestina es un territorio ocupado que lleva más de siete décadas de sufrimiento, la ofensiva brutal desatada por el ente sionista en forma posterior a los sucesos del 7 de octubre de 2023, nos ha quitado toda posibilidad de describir esta realidad en formato humano con un genocidio que sucede en tiempo real y sin embargo, todo lo socialmente construido se muestra impotente para frenarlo.
Para quienes llevamos varias juventudes acumuladas y crecimos observando horrorizados las fotografías de los campos de concentración nazis y los cadáveres de judíos inermes amontonados en pilas como si fueran sacos de arena, el hecho de que, posteriormente, un gran sector de ellos haya redoblado la apuesta sojuzgando ellos mismos a otros pueblos, superando con creces la crueldad vivida por sus antepasados, desafía cualquier lógica y deja la conciencia paralizada.
Por eso la pregunta de Levine es inevitable, porque la crueldad es una llaga en el corazón humano cuya cicatriz permanecerá indeleble en el cuerpo de quien la padece sino es acogida por la cultura poniendo el alma herida a resguardo de la promesa de no resignarse nunca a erradicarla.
Es cierto que estos hechos no pueden ser aislados de un mundo que se ha tornado inhabitable para la mayoría de los pueblos. Un mundo que se encuentra en una carrera desenfrenada de acumulación de riqueza para unos pocos a costa de una depredación sin tregua de sus territorios, pero a veces, es necesario detenerse en una muestra, auscultar el grito que sale de sus entrañas y escuchar los sonidos más profundos de la agonía.
El desafío sigue siendo como la chispa se convierte en llamarada y comprender que no podemos dar tregua alguna a la desolación del mundo que proponen los mercaderes.
Pero nada sucederá que no comience y a veces puede comenzar por tomar partido, como decía el poeta español Gabriel Celaya, tomar partido hasta mancharse y quizás así, podamos convertirnos en vigías nocturnos de la esperanza.
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