La brecha interior

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Por Oscar Taffetani

(APE).- El desarrollo del sistema ferroviario argentino estuvo siempre sujeto al interés de quien era principal proveedor, usuario comercial y beneficiario del ferrocarril: el capital británico. Su evolución en el tiempo puede leerse en un solo dato, simple y elocuente: los kilómetros de vías férreas. Para 1857, apenas contaba con diez kilómetros de riel tendido. Pero para 1877 ya llegaba a 2.262. Y veinte años después, los kilómetros cubiertos eran 14.997.

 

Para el centenario de la Independencia, en 1916, el sistema ferroviario argentino tenía 36.077 kilómetros de vías férreas y era el más importante de América del Sur.

Claro que los ferrocarriles argentinos del Sur, del Norte y del Pacífico, con sus respectivos ramales, tenían como cabecera y estación terminal inamovible el puerto de Buenos Aires.

Desde Buenos Aires debían embarcarse los ganados y las mieses del granero del mundo hacia Europa, para ir saldando así la deuda contraída con el Progreso.

En la otra punta del riel, no había opciones: Mendoza y San Juan debían producir vino. Tucumán y Jujuy, azúcar. La pampa gringa bonaerense y liroraleña, cereales y carne vacuna. La Patagonia, ovejas...

Si una provincia o región argentina, fuera de la planificación británica, quería exportar sus productos, debía afrontar los costos mayores de no contar con el ferrocarril, las cámaras frigoríficas, los silos y elevadores, o los muelles aptos para la carga de vapores.

Así de “liberal” era el orden instaurado en 1880.

Los socios nativos del capital británico -incluyendo sus abogados patrocinantes, como Juan Bautista Alberdi- disfrutaban de un buen pasar, gracias a la renta de la tierra (que en muchos casos, poseían sin haber pisado) o a la intermediación en alguna de las fases del proceso exportador (venta y acopio de granos, compra y venta de ganado).

“Portafolios de cuero de vaca -dice uno de los Fernández Moreno- y adentro de los portafolios... ¡expedientes de vacas!”.

En los valles cordilleranos del Chubut -por recoger sólo un caso, entre muchos- se producía un trigo de muy buena calidad. El mejor del mundo, a juzgar por los premios obtenidos en la Exposición de Ottawa (1930).

Pero era un trigo libre, sembrado, cosechado y molido por los colonos galeses del valle del Chubut (“Trevelin”, en galés, quiere decir “Pueblo del Molino”). Por eso fue combatido por el capital monopolista, hasta hacerlo sucumbir.

Así de “liberal” era -sin dejar de reconocer su eficacia- aquel orden instaurado, con el auspicio británico, en la pujante Argentina de 1880.

Espejitos del siglo XXI

Hay una importante discusión instalada a nivel mundial por las grandes corporaciones que manejan el negocio informático. La discusión tiene vertientes económicas, políticas, culturales y hasta filosóficas.

A ella, los países periféricos y las economías emergentes (utilicemos los eufemismos en boga) asisten como espectadores, si bien conservan, sea de modo real o potencial, ese poder llamado decisión de compra.

Bill Gates, por ejemplo, presidente de Microsoft, ha criticado con dureza el concepto Digital Gap (“brecha digital”) que manejan las Naciones Unidas, relacionado con el acceso de una población a la tecnología informática.

En la conferencia de 2001 en Seattle (cuyos discursos no alcanzaron a escucharse por la protesta anti-global que arreciaba en las calles), Gates hizo notar que el 95% del gasto en Salud del planeta se realiza en los países desarrollados, y que esa es una “brecha” mucho más importante y decisiva que la del consumo de electrodomésticos o bienes suntuarios.

“¿Por qué no hablan de la brecha automovilística?”, ironizó.

La respuesta, desde el otro lado, buscó apoyarse en un conocido e inteligente argumento de Gandhi: “Somos muy pobres, señor, como para darnos el lujo de no invertir en Educación...”

Haciendo pata ancha

Aquel debate, por supuesto, no está saldado, y en la última conferencia de la ONU sobre la Sociedad de la Información, celebrada en Túnez, mostró sus nuevas aristas.

Una de ellas es la del programa de inversión educativa titulado One Laptop Per Child (“Una computadora portátil por chico”), lanzado con el auspicio del Instituto Tecnológico de Massachussets (MIT) y apoyado por la corporación Google.

Se trata de fabricar laptops en China, a un costo de 100 dólares por unidad, para abastecer a aquellos países que quieran achicar su brecha digital.

Los primeros anotados para aprovechar la “bicoca” fueron Brasil, Nigeria, Egipto, la India, China y Tailandia, que comprometieron la adquisición de 500 mil laptops cada uno. La Argentina, representada por su ministro de Educación Daniel Filmus, hizo más: encargó un millón de laptops al MIT, para que sean entregadas antes de 2010.

Previendo la ola de críticas que su propuesta desataría (todavía está fresco el recuerdo del interrumpido Plan Kammerath, en los años de Menem, así como del interrumpido Plan Varsavsky, en tiempos de De la Rúa), Filmus invitó a Nicholas Negroponte, director del Media Lab del MIT, a explicar a los argentinos las ventajas del programa.

Un lector argentino desavisado se preguntará qué haremos con las laptops en lugares donde no contamos con la mínima infraestructura escolar (aula, bancos, techo, etcétera).

A esa pregunta responde Negroponte, aclarando que “cada máquina tiene el tamaño de un libro, una pantalla color giratoria y antireflejo y que están diseñadas teniendo en cuenta el trato que puede darle un niño, por lo que se puede golpear, caer, llevar bajo la lluvia y el modelo final va a tener un cierre como las botas de esquí..."

Otro se preguntará qué haremos -como ha ocurrido en programas anteriores- si la escuela no tiene electricidad.

“En cuanto al consumo eléctrico que tendrán las máquinas, y teniendo en cuenta que en Argentina aún hay zonas que no cuentan con servicio eléctrico -leemos en un diario- Negroponte explicó que mientras una portátil normal consume 30 watts, éstas funcionarán con 1 watt. Por tal razón, los sectores del país que no cuenten con este servicio recibirán sistemas de generación de energía casera, mediante manivelas, poleas o pedales, para poder recargar los dos juegos de baterías con los que contarán los equipos...”

¿Y las escuelas y hogares que no tienen conexión a Internet?, se nos ocurre.

“Negroponte señaló -se lee en el diario- que donde tampoco haya servicio telefónico cada laptop será un punto de acceso a la red mediante el sistema Wi-Fi... "

“Somos el único país de habla hispana que ingresó al programa Una laptop por chico, declaró orgulloso el ministro Filmus, en un reportaje.

Bill Gates sangra por la herida

Al presentar hace semanas en Washington un modelo de computadora ultramóvil con pantalla táctil de 7 pulgadas, que Microsoft lanzará al mercado a un precio de 600 dólares, Bill Gates aprovechó para lanzar algunos dardos al proyecto One Laptop Per Child.

“Lo último que yo querría para una computadora personal de uso compartido -dijo- es que no tenga un disco rígido en donde pueda almacenar mi propia información”.

También criticó el modelo a manivela del MIT: “Mejor conseguite una conexión de banda ancha, con alguien al otro lado, que pueda ayudarte como usuario; y una computadora decente, donde puedas leer verdaderamente un texto y no estés ahí sentado, dándole a la manivela mientras intentas teclear", dijo Gates.

Bill y Melinda Gates, como se sabe, presiden la más importante fundación de apoyo a proyectos de salud y educación que hay en el mundo. Esa fundación dispone de un fondo de 17 mil millones de dólares, para volcar tanto hacia el interior como hacia el exterior de los Estados Unidos.

Pero no pueden desligarse -como ocurre con la mayoría de las fundaciones de este tipo- los intereses económicos de la corporación Microsoft de lo que son sus movimientos políticos y aún sus actos humanitarios.

Nada es inocente en las declaraciones de Bill Gates. Ni en las de Nicholas Negroponte. Ellos venden distintos productos, a un mundo que tal vez quiere ocultar entre espejitos de colores el fiero rostro del hambre y la desigualdad.

Epílogo argentino

En agosto de 1964, desde la sede central de la empresa Trans Radio (San Martín y Corrientes, Buenos Aires) por gestión de Pedro Noyzeux y con la asistencia del profesor Horacio Regini, se registró el primer enlace radial entre computadoras de que se tenga registro, en el mundo.

El medio fue la red telegráfica de la empresa Western Union. Se utilizaron computadoras IBM 7094. Una terminal estaba en Buenos Aires; la otra, en el Instituto Tecnológico de Massachussets, bajo la conducción del profesor Logcher.

No debería llamarnos la atención que en esta experiencia claramente anticipatoria de la Red y del Ciberespacio, haya participado un científico argentino.

Tampoco debería llamarnos la atención que estos nombres y estos datos estén ausentes de los “contenidos” que a diario editan las instituciones educativas argentinas.

Es parte de nuestro olvido del ser (Heidegger dixit). Parte de nuestra circunstancia. También ocurrió antes, en aquellos tiempos que los más viejos recuerdan como “la época de los ingleses”.

Así que, ya sabemos lo que pasará con ese millón de laptops.

Las tendrán los chicos de los distritos escolares más favorecidos (por proximidad a los centros urbanos, a las redes y antenas Wi-Fi, a las conexiones telefónicas y de banda ancha).

Las tendrán los docentes más aggiornados, los que sepan y puedan utilizar esa herramienta de docencia y de aprendizaje.

El resto -para decirlo con elegancia y tristeza- seguramente tendrá otras prioridades.

Probablemente, un ministro de Educación se ufane, al cumplirse el Bicentenario, de haber logrado acortar la brecha digital entre la Argentina y el mundo desarrollado.

De lo que no hablará, estamos seguros, es de la brecha interior.


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