La bestia en el hombre

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Por Alberto Morlachetti

(APE).- Aquella primera y lejana mirada con la que Europa descubrió a América, la que creyó encontrar deformidades de lo humano y lo natural en todo lo que no se le asemejara ni le resultara asimilable, no se posaba sobre nosotros. Resulta ser que al cabo de quinientos años, en nuestro afán por desasemejarnos de nosotros mismos -en nuestra alocada huida del monstruo del origen- creímos los argentinos que habitábamos América que no éramos de su esencia.

 

Nuestra dirigencia del siglo XIX basó sus campañas de exterminio en la concepción fundacional de la conquista: “A los europeos les tocará hacer florecer una nueva civilización en las tierras conquistadas (...) y hará falta un buen lapso de tiempo para que el europeo consiga despertar en ellos un poco de dignidad” escribía Hegel.

Marcel Proust había observado que "hay convicciones que crean evidencias". Nuestra mayor certeza -como argentinos- lo dirá Alberdi sin pudor en su autobiografía: “Nosotros, los que nos llamamos americanos, no somos otra cosa que europeos nacidos en América. Nuestro cráneo, nuestra sangre, son de molde europeo”. Para agregar “No conozco persona distinguida en nuestras sociedades, de apellido pehuenche o araucano”. La escuela llevaba el legado de una generación a otra. La historia se congelaba en un axioma, porque según Alberdi: “La libertad es una máquina que, como el vapor, requiere para su manejo de maquinistas ingleses de origen. Sin la cooperación de esa raza es imposible aclimatar la libertad y el progreso material en ninguna parte”.

Eduardo Mallea manifestaba -tiempo después- que somos “europeos desterrados en América”. Silvina Bullrich, nacida en 1915, decía de su infancia: “Nosotras apenas sabíamos que vivíamos en Argentina (…) no ser francesas, no vivir en París nos parecía un castigo inmerecido“. Teníamos el sentimiento de que nacer en América Latina, llevaba una culpa que desconocíamos, de que nacer o vivir en ella significaba estar gravado por un segundo pecado original. Así nos educábamos: niños perplejos ante una piel morena.

Los pueblos originarios “cuya lengua y costumbres” no entendíamos los consideramos una degradación, tan extranjeros, que negábamos que pertenecían “a nuestra misma especie”. Pero merced a una extraña alquimia nos hemos convertido en una escandalosa contraprofecía.

Tallado en el ADN, los argentinos llevan un mensaje de sus antepasados. Los pueblos dejaron escrito en nuestros cuerpos -de manera indeleble- que el 56% de los argentinos actuales lleva en sus venas -parcial o totalmente- sangre indígena. Así lo determinó un estudio realizado por el Servicio de Huellas Digitales Genéticas de la Universidad de Buenos Aires, a partir del análisis de casos en 11 provincias, tomando muestras de ADN al azar de un total de 12 mil personas.

La investigación dirigida por Daniel Corach, profesor en la cátedra de Genética y Biología Molecular de la Facultad de Farmacia y Bioquímica de la UBA e investigador del Conicet manifiesta que "Lo que queda al descubierto es que no somos tan europeos como creemos ser" y lo que había aportado la población originaria en la formación de la actual Argentina -con el estudio terminado- “parece que fue mucho”.

La observación de Kant en 1775: “El pueblo de los americanos no es susceptible de ninguna forma de civilización. No tiene ningún estímulo, pues carece de afectos y de pasiones. Los americanos no sienten amor, y por eso no son fecundos. Casi no hablan, no se hacen caricias, no se preocupan de nada y son perezosos (...) incapaces de gobernarse, están condenados a la extinción”, no sólo fue un menosprecio a nuestra compleja condición humana sino que carece de sustento. Son historias de amor y de odio que tienen “el silencio de cualquier lado”. Resistencias y amores inscriptos en el olvido, no menos apasionados, no menos fecundos.

Quizás los argentinos ya no creamos tanto en los hombres-bestias del desierto que inventó Roca, pero como dice Todorov hemos descubierto a la bestia en el hombre, ese misterioso elemento del alma que no parece reconocer ninguna jurisdicción humana pero que, a pesar de la inocencia del individuo que habita, sueña sueños horribles y murmura los pensamientos más prohibidos.

Fuente de datos: Diario Clarín 16-01-05


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