La bala fácil contra el sufrimiento humano

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Por Claudia Rafael

(APe).- Es Chano. Una marca. Un apodo que no necesita la aclaración del nombre completo para identificar de quién se trata. Y si no fuera Chano quien ahora está internado con un balazo en el estómago que implicó extirpar parte del páncreas, el bazo y el riñón izquierdo y la perforación del colon, nadie –o casi nadie- estaría hablando del tema que hoy ocupa la primera plana de los diarios.

Es Chano y a pesar de ser Chano, de vivir en una suerte de barrio cerrado, de no padecer insuficiencias materiales sino de las otras, recibió de lleno en su estómago -dentro de su casa, donde estaban su madre y varios médicos- un plomo que sólo el azar determinó que no fuese, hasta ahora, mortal.

Hoy todos somos expertos en salud mental en los medios ante la historia de un hombre de casi 40 años, atravesado por una crisis psiquiátrica y agobiado por consumos problemáticos, que fue víctima del alegre gatillo de policías bonaerenses. En circunstancias en las que la lógica, el sentido común, la experiencia en salud mental buscarían sedar al paciente con la intervención de las personas adecuadas.

Pero nadie sabe qué hacer con un pibe consumido, con una piba quemada. Y todo concluye en la bifurcación del camino entre el encierro o la calle. Hasta que las rejas o la bala, hasta que el golpe o la cabeza y el cuerpo consumidos toman la decisión.

Es claro que hoy, una madre, un padre, un hermano o hermana, un amor o una amiga o amigo pensarán cien veces a quién llamar ante una crisis psiquiátrica compleja de manejar. ¿A la misma policía que le disparó de lleno y al estómago a “un famoso” como Chano?

Es Chano, de casi 40 años. Y fue dentro de su propia casa que un policía bonaerense le disparó a una distancia escasa que le destrozó órganos vitales. Directo a la muerte, pero esta vez no. Parece la crónica de una historia cualquiera de los márgenes, de esas que nunca o casi nunca se discuten y que -desde el concepto trágico de una sociedad que se fagocita- suelen sintetizarse en el clásico “uno menos”. Pero no lo es. Es Chano, Santiago Moreno Charpentier. No se trata ni de ninguno de los 123 pibes que, durante 2020, formaron parte de las víctimas “por uso letal de la fuerza en territorio bonaerense”, enunciados la semana pasada por la Comisión por la Memoria de la provincia de Buenos Aires (CPM) cuando presentó su informe anual. Ni tampoco se trata de ninguna de las “218 personas fallecidas en 2020 en el marco de internaciones por razones de salud mental” o de cualquiera de los “2 jóvenes fallecidos en 2020 en centros de detención bajo custodia del OPNyA (Organismo Provincial de Niñez y Adolescencia)”. Tampoco se trató de ninguna de las “19 personas fallecidas en 2020 en comisarías bajo custodia de la policía bonaerense” o de las “178 personas fallecidas en 2020 bajo custodia del Servicio Penitenciario”. La CPM registró durante todo 2020 “400 casos de violencia policial que involucran 577 hechos”.

Es Chano. No se trata de Ulises Rial o de Ezequiel Corbalán que –según describió la Correpi- en junio del año pasado “iban en moto, cuando la policía los quiso detener en un control por la cuarentena. Se asustaron y huyeron. Durante el operativo cerrojo que realizaron, un patrullero embistió el costado de la moto. Ulises murió en el acto, Ezequiel agonizó cuatro días”.

Tampoco se trata Lucas Verón, que en julio de 2020 –tal como describíamos entonces en esta agencia- “estaba estrenando sus 18 en el conurbano profundo –en poblados cuyas calles también pisaba Luciano Arruga- y ya era madrugada de viernes cuando uno o dos de los policías que decidieron perseguirlo cuando iba a comprar gaseosas, lo atropellaron, le dispararon, lo asesinaron, intentaron dibujar la causa y se escaparon”.

En noviembre del año pasado, la Correpi presentó su informe anual que recogía un total de 411 víctimas de diferentes fuerzas de seguridad en los entonces 344 días de gestión de Alberto Fernández. Las matemáticas reducen esa cifra a un caso cada 20 horas que, de haber continuado hasta tiempo presente, serían unos 681 hechos en 568 días de gestión albertista.

Las policías siguen hoy, a 37 años de la recuperación de la democracia, a poco más de 90 desde la introducción de la picana eléctrica como herramienta de martirio por parte del hijo del poeta Lugones, actuando con lógicas similares. No importa para la aplicación de esas lógicas si hubo un delito, un consumo problemático o un delirio místico en el medio de una crisis de angustia.

Se conoció en estos días un video, luego levantado de las redes, que muestra a la guardia de infantería chubutense en prácticas de entrenamiento por las calles de Rawson mientras cantan: “piquetero, piquetero, ten cuidado, ten cuidado, en una noche muy oscura a tu villa entraré”. A las claras se desnuda que no se busca proteger la seguridad de la población sino que hay un enemigo claro a destruir con cualquiera de las herramientas a disposición. Por lo pronto, según el cantito policial, en la oscuridad de la noche se irrumpirá en busca de los piqueteros en las barriadas más empobrecidas. Que a la hora de ingresar violentamente podrá ser un piquetero, un trabajador, un consumidor consumido, un pibe con una birra en la esquina o un grupo de murgueros ensayando en el pasillo de la villa.

A partir del crimen de Juan Pablo Kukoc, por la espalda, en las manos del policía Luis Chocobar, se elevó a su matador a la categoría de justiciero capaz de borrar de la superficie de la tierra a toda semilla del mal que ponga en riesgo el bienestar de los buenos vecinos. Chocobar fue condenado a escasos dos años de prisión en suspenso, a pesar de probarse que disparó varias veces y por la espalda a un joven que corría desarmado.

Cuando en 2013, un hombre de 33 años fue a la orilla del arroyo que parte en dos a la ciudad de Olavarría, con un revólver calibre 22 y hundido en una crisis depresiva, la policía bonaerense le impidió suicidarse con un disparo preventivo que le provocó la muerte. Si la historia no estuviese teñida de tragedia, se podría decir que lo ayudó a cumplir con su objetivo. El policía fue absuelto en el juicio.

Chano sigue en terapia intensiva en grave estado.

Es Chano. No se trata ni de Kukoc, un pibe crecido a los tumbos, en los márgenes de la ciudad más rica del país; ni de Tito Ortega, un trabajador desocupado y deprimido. No se trata de un pibe encerrado en un instituto de menores y llevado al suicidio o golpeado hasta la muerte por los guardias. Es Chano y por eso hoy se discute un caso de gatillo fácil donde la víctima sobrevive. No se habla de los infinitos chanos sin renombre ni fama diseminados por villas y asentamientos, por barriadas populares hundidas en la desmemoria y sólo visitadas cuando el Estado irrumpe para reprimir o para matar. Ni se habla de los infinitos chanos con la cabeza estallada por el paco, por la bala perdida, muriendo la vida, jodidos, rejodidos: Que no son, aunque sean, como escribía el maestro.

Es Chano. Pero hay que traer a todos los chanos que no tienen un lugar sobre la mesa para rediseñar horizontes. Para redibujar los cielos que dejen de quebrarles la historia sin más salida que la de la esquina maloliente y el futuro esquivo.

Es hora.

Edición: 4361

 

 


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