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Por Carlos del Frade
(APe).- “…Ha transcurrido aproximadamente una semana y acabo esta confesión bajo la influencia de la última dosis de las sales originales. A menos que suceda un milagro, ésta será, pues, la última vez que Henry Jekyll pueda expresar sus pensamientos y ver su propio rostro (¡tan tristemente alterado!) reflejado en el espejo. No quiero demorarme más en terminar este escrito que si hasta el momento ha logrado escapar a la destrucción ha sido por una combinación de cautela y de suerte.
“Si la agonía de la transformación me atacara en el momento de escribirlo, Hyde lo haría pedazos; pero si logro que pase algún tiempo desde el momento en que le dé fin hasta que se opere el cambio, su increíble egoísmo y su capacidad para circunscribirse al momento presente probablemente salvarán este documento de su inquina simiesca.
“El destino fatal que se cierne sobre nosotros le ha cambiado y abatido hasta cierto punto. Dentro de media hora, cuando adopte de nuevo y para siempre esa odiada personalidad, sé que permaneceré sentado, tembloroso y llorando en mi sillón, o que continuaré recorriendo de arriba abajo esta habitación (mi último refugio terrenal) escuchando todo sonido amenazador en un rapto de tensión y de miedo.
“¿Morirá Hyde en el patíbulo? ¿Hallará el valor suficiente para librarse de sí mismo en el último momento? Sólo Dios lo sabe. A mí no me importa. Ésta es, en verdad, la hora de mi muerte, y lo que de ahora en adelante ocurra ya no me concierne a mí sino a otro. Así, pues, al depositar esta pluma sobre la mesa y sellar esta confesión, pongo fin a la vida de ese desventurado que fue Henry Jekill”, escribió Robert Stevenson para el final de “El extaño caso del Dr. Jekill y Mr. Hyde”.
La obra se conoció el 5 de enero de 1886 y trata del abogado Gabriel Utterson que investiga la extraña relación entre su viejo amigo, el doctor Henry Jekyll y el misántropo Edward Hyde. Para las historias oficiales se trata la representación de un trastorno psiquiátrico por el que una misma persona tiene dos o más identidades con características únicas.
Jekill buscaba una bebida para separar la parte más oscura de cualquier persona y al tomarla crea a Hyde, supuesto símbolo de todo lo perverso. El éxito de la novela fue apabullante desde el principio.
La modernidad de fines del siglo diecinueve traía la ilusión de la ciencia como factor de transformación para el bien de la humanidad. La heladera en el altar, diría Ernesto Sábato en más de una oportunidad en sus ensayos. Sin embargo, aquella fantasía del positivismo degeneró en una sociedad de mayorías explotadas y minorías de privilegio que generaron, en otras cuestiones, la cultura de la imagen y la doble moral. Cualquier parecido con la actualidad no es mera coincidencia.
Sería muy difícil determinar quién es Jekill y quién es el señor Hyde.
En estas pampas, Divito, un gran dibujante argentino, creó “El otro yo del doctor Merengue”, tiras de dos a cuatro cuadritos que aparecían en los otrora diarios de gran circulación en todo el país. Emergía del hombre recatado, caballeresco y prolijo, una imagen brutal e irracional, denunciando la hipocresía de su continente y también marcando el machismo que además se exhibía en los cuerpos de las mujeres que intentaba reflejar el autor. De hecho terminó pasando a la historia por “las chicas de Divito”. Pero el doctor Merengue era efectivamente la caricatura del drama de Jekill y Hyde.
La doble identidad del doctor Jekill es la síntesis de la alienación que produce el capitalismo o el tecnofascismo de la crepuscular actualidad en esta cápsula cósmica.
Una especie de civilización o barbarie aunque sería más preciso decir que se trata de civilización y barbarie.
El final será una decisión individual, solitaria.
Pero Jekill no está solo.
El avance del sistema multiplicó la doble moral, la doble economía, el doble discurso y el triunfo de la hipocresía y la impostura. No alcanza con una decisión individual para terminar con la falsedad del mundo.
Es probable que Jekill y su otro yo, el señor Hyde, lo supieran.
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