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Por Alfredo Grande
(APe).- Este es el segundo artículo de una pretendida saga sobre lo que llamo Humanidad Artificial. Y pretendo enmarcarlo en la denominada Guerra Cognitiva. Lo cognitivo da cuenta que los enemigos de la Humanidad No Artificial jerarquizan el uso de armas de destrucción masiva, drones, misiles, bombas. Pero también y simultáneamente, imponen nuevos sentidos. Por lo tanto la guerra es también, en el campo semántico.
La polaridad dictadura/democracia ha sido un triunfo de la guerra cognitiva que el enemigo de la Humanidad No Artificial ha declarado hace siglos. La máquina nazi también se especializó en eso y George Orwell diseca ese mecanismo en su imprescindible “1984”.

Como ya señalé, la democracia es una cosa y el sufragio es otra. Suponer que hay democracia porque se vota es ingenuo y suicida. En todo caso, es una Democracia Artificial. Los productos de la Humanidad Artificial devienen todos artificiales. Es algo así como la doctrina del árbol podrido. Todo lo que genera ese árbol podrido estará.
En la Democracia Artificial no es posible diferenciar consumo de consumismo. Alguna vez definí consumismo como “consumir consumo”. Su ejército de ocupación (del consumismo) es la publicidad. Otro opio de los pueblos. Recuerdo cuando en la Cuba Revolucionaria se conseguía meprobamato pero no Equanil, que era la marca comercial que se vendía en la Argentina. Las “primeras marcas” son las que pueden colocar sus productos en los principales lugares de las góndolas. La marca sustituye lo fundante por lo convencional encubridor. Lo peor: el convencional encubridor pasa a ser lo fundante. Es más importante la marca que el producto específico. La marca Teflon permitió que el veneno se esparciera por el mundo. Caso dramatizado en la película Dark Water.
Lo no artificial del antiadherente es cancerígeno. Me permito llamar a nuestra democracia como Democracia Teflon.

Siempre dije que Milei es un efecto y no una causa. En todo caso, un efecto siempre se convierte en una nueva causalidad. Pero lo revolucionario es entender la causa, no deplorar ni martillar sobre los efectos. La mal llamada oposición se limita a deplorar los efectos, pero omite su participación necesaria en las causas.
El capitalismo es la fábrica de la Humanidad Artificial. Hoy está de moda ser antimperialista y al mismo tiempo capitalista. El fundamento básico del capitalismo, o sea la propiedad privada, es absolutamente artificial. Al decir de los Anarquistas No Artificiales, la propiedad privada es un robo. Incluso un robo documentado por sus perpetradores.
Asumir que la realidad no es real, sino artificial, es difícil pero necesario. Freud, con su genial lucidez, denominó Masas Artificiales a lo que luego León Rozitchner llamó “individualidades múltiples”. Tomar multiplicidades por masas es otro error garrafal. Para decirlo de otra forma: las masas son protagonistas, las multiplicidades son espectadoras.
Necesitamos una alquimia para que las multiplicidades (las Masas Artificiales) sean Masas No Artificiales. Aunque esto implique “la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser” Es evidente que estamos cuesta abajo. Aunque Gardel cada día cante mejor, nosotros estamos cada día y cada noche peor.
Hemos sido participes de muchos, demasiados, alucinatorios políticos sociales. Y lo alucinatorio (no lo ilusorio que es otra cosa) es fábrica de Humanidad Artificial.
La cultura represora y todas sus fábricas de Humanidad Artificial debe ser subvertida.
La Humanidad no Artificial lo ha hecho muchas veces. Lo haremos una vez más.
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