Guillotina

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Por Manuel Vicent (*)

(APe).- Un pensamiento puro podría ser el que emite el cerebro cuando la guillotina o el hacha del verdugo acaba de cortar el cuello de la víctima y su cabeza rueda dentro de un cesto. Se supone que el impulso de la sangre mueve todavía la red nerviosa de las neuronas durante un par de segundos, tiempo suficiente para que el cerebro libere de forma automática la descarga de un pensamiento puro, sin adherencias de los sentidos que se deriven del resto del cuerpo.

Tal vez a este mecanismo cerebral se refería Descartes cuando consagró el principio filosófico para resolver la duda metódica sobre la existencia: pienso, luego existo. Dentro de la cabeza del Bautista, que le fue ofrecida a Herodes en una bandeja de plata, probablemente bailaría Salomé todavía la danza de los siete velos; el conjunto de juicios que formularon en el interior de la canasta ensangrentada los cerebros de Luis XVI y María Antonieta, de Danton y Robespierre, y de 16.800 decapitados más, resultaría ser la cosecha esencial de la Revolución Francesa; el cerebro del propio doctor Guillot, el inventor de la guillotina, condenado a probar su propio invento, sin duda quedó deslumbrado por la ironía; el fantasma de Ana Bolena aún se pasea con la cabeza bajo el brazo por los sótanos de la Torre de Londres para gusto de los turistas y Tomás Moro con la cabeza separada del tronco encontró dentro del cesto la Utopía, el tratado por el que pasó a la historia. A estos decapitados insignes le acompaña una saga innumerable de criminales y bandidos infames, de gente subalterna sin atributos, la mayoría inocente, que ha caído bajo el hacha del verdugo o la cuchilla del doctor Guillot. Sus pensamientos dentro del cesto constituyen el último relámpago de la filosofía: el terror ante la nada, el destino inexorable, la culpa en la nuca a merced del cuchillo, el odio o el perdón y al final una luz blanca sin sentido que deslumbra y se apaga de repente. Pero ese último pensamiento no sería posible sin el impulso postrero del corazón. La razón necesita alimentarse con latidos de sangre. No se puede pensar sin sentimientos. De hecho, si la cabeza del decapitado fuera también capaz de llorar dentro del cesto, habría que replantearse la duda metódica: ¿Qué sería más profundo, su pensamiento o sus lágrimas?

(*) Manuel Vicent, escritor español. Nota publicada en El País.

Edición: 2658


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