Entre la basura

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Por Sandra Russo

(APE).- Estela Rosales tiene 37 años, y desde los 12 hace lo mismo, trabaja en el basural. Cada día, a las 8 de la mañana, Estela llega hasta el basural municipal ubicado detrás de Campo Papa, al oeste de Godoy Cruz, en Mendoza, para clasificar residuos y después vender lo que se pueda. Pero a diferencia de cuando tenía 12 años, hoy a Estela Rosales la acompañan sus 6 hijos.

 

Allí, en el basural, donde muchos de los que van a buscar desperdicios para sobrevivir se quedan a dormir y hacen de esas montañas malolientes su casa, el lunes de la semana pasada, en la madrugada, murió un bebé. Tenía apenas un año y ocho meses. Estaba allí junto a su mamá y su hermanito de ocho meses. Su familia era de las que optaban por quedarse, seguramente por no tener adónde ir.

El ingreso de los chicos al basural, que en total ocupa 20 hectáreas, está prohibido, pero nadie controla el acceso y es una verdad de facto que la gente se las rebusca allí. En el centro de Salud del barrio Sarmiento, que cubre esa zona, son frecuentes las consultas por chicos que padecen intoxicaciones o gastroenteritis. Y se sabe: es el basural.

La muerte del bebé es investigada por la Unidad Fiscal 4, pero mucho no hay para investigar. El niño formaba parte de la legión de cien familias que esquivan las enfermedades y la muerte cada día ahí, entre lo podrido.

Estela Rosales va allí desde hace 25 años. “Juntamos cartón, vidrios o fierro”, relata. Es su única entrada de dinero. A sus hijos les tiene prohibido comer de la basura, y muchas veces vuelven a su casa, pero no siempre. “Cuando cargamos los camiones y se nos hace tarde para llegar a la chacarita, nos quedamos a cuidar. Si no te roban todo”, explica con la naturalidad de quien está a cargo de sí mismo y los suyos, y no cuenta con nadie más.

Algunas madres intentan llevar un ritmo de vida más parecido a los demás. Intentan tomar el basural como un trabajo, y dejan a los hijos en una guardería. Pero no hay guardería para todos. Ni todos tienen las mentes lo suficientemente despejadas como para organizar esas vidas desorganizadas desde siempre. Ante la opción de dejar a los chicos solos o en la calle, muchas otras madres prefieren llevarlos con ellas, como Rosa, o como la mamá del bebé que murió el lunes.

Más allá del debate anecdótico que consiste en preguntar quién controla que los chicos entren o cómo tomar más medidas de seguridad para restringir el ingreso, lo cierto es que no habría nadie durmiendo en un basural si pudiera estar durmiendo en una casa, en un hogar. Y probablemente de haber dormido en una casa, en un hogar, ese bebito estaría con vida, y esta vida de menos es una más de las que hay que sumarle a la guadaña de la pobreza.

Fuente de datos: Diario Los Andes On line - Mendoza 18-01-06

 


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