En el país del sí me acuerdo

En el país del sí me acuerdo, nos enteramos de que un lejano pueblo había doblegado a un imperio criminal. Que Villa Miseria también es América y que tenemos tantos hermanos que a veces no los podemos contar. Y que un solo chiquilín que vendía rosas en el boliche de Bachín, anticipó la masacre planificada del hambre.

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Por Alfredo Grande

(APe).- El título de este texto es un recuerdo y en cierto modo, también un homenaje a una de las más importantes cantautoras. María Elena Walsh, con sus canciones y cuentos, acompañó a varias generaciones de niños y niñas.  En su país del no me acuerdo al tercer pasito se perdía y además daba mucho miedo. Luego fue terror y los que se perdían no volvían más.

Pero hay otro país. Hubo otro país. Y quizá haya otro país. Desde el coraje y la voluntad de las maestras originarias sin escuela. Y de tantas otras y otros que, aun con poca esperanza, enfrentan su cotidiana desesperación.

En el país del sí me acuerdo la revolución era un sueño eterno, pero también era una lucha permanente. La revolución condensaba los anhelos de cambio subversivo. O sea: que la tortilla se vuelva. Hay un cambio progresivo que termina siendo cambio reaccionario y, en el mejor de las casos, gatopardismo democrático.

En el país del sí me acuerdo, el Che no era una remera. Era la condensación de una lucha y de un proyecto de vida. La juventud era la caldera donde lo revolucionario aglutinaba a peronistas, socialistas, comunistas, radicales. Lamentablemente, cada uno tiene la revolución que se merece. La serpiente del sectarismo ya había depositado sus huevos.

En el país del sí me acuerdo, los grupos de estudio, los libros que nos enseñaban qué era exactamente el modo occidental y cristiano, las películas que cuestionaban el perverso orden del capitalismo económico y social, convocaban a cientos y miles de militantes.

En el país del sí me acuerdo aprendimos cómo leer al pato Donald,  el materialismo histórico, nos enteramos de quiénes eran los condenados de la tierra  y por qué las venas de América latina estaban tan abiertas.

En el país del sí me acuerdo muchos dieron la vida y la muerte por la patria socialista. Y en el mismo país del sí me acuerdo, esa lucha por la libertad fundante fue setenta veces siete y más también, traicionada.

En el país del sí me acuerdo aprendimos a escuchar la voz de los que no tiene voz y que el cristianismo de la liberación era lo opuesto de la cristiandad de la cruz y la espada.

En el país del sí me acuerdo, hubo tanto pensamiento crítico que nadie aclaraba que era crítico. Era pensamiento. Y nos ocupábamos más de las verdaderas noticias, porque las falsas eran aplastadas por las luchas de las masas.

En el país del sí me acuerdo, nos enteramos de que un lejano pueblo había doblegado a un imperio criminal, que Villa Miseria también es América y que tenemos muchos hermanos que a veces no los podemos contar.

En el país del sí me acuerdo un solo chiquilín que vendía rosas en el boliche de Bachín, anticipó la masacre planificada que denominamos hambre.

En el país del sí me acuerdo un Movimiento Nacional de los Chicos del Pueblo nos enseñó que cada niño y cada niña es un sujeto político. Y por lo tanto portador de un núcleo de verdad histórica.

En el país del sí me acuerdo, filósofos, poetas, abogados, docentes, trabajadores, enseñaron que  la unión hace la fuerza,  y que la unidad la perfora.

En el país del sí me acuerdo, un militante quedó parapléjico por una bala en la masacre de Ezeiza. Y el país del sí me acuerdo entró en su noche de niebla terror y muerte.

El país del sí me acuerdo me sigue acompañando. Y he tratado siempre de seguir dando pasos para no perderme.

Por eso escribo en esta Agencia de Noticias.  Que es parte también del país del sí me acuerdo.


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