El sapucay inconcluso de los tareferos

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Por Carlos del Frade

(APE).- “El corazón también es una herida/ para el que tanto sufrimiento carga /el “raído” quizás, la suma amarga, / visible sobre el hombro de la vida. /La siesta en el yerbal se te hace larga/como un viejo lagarto que se oxida /arrastrando la panza encallecida /de ignorancia, que es ciega y aletarga./Y deshojado la impotencia escalas
el árbol que te eleva, pero engaña /al repetido intento de tus alas. /Inútil barbacuá de humos y caña /tu boca, ausente de razón, exhala /el sapucay final de tus /entrañas". Esto escribió el poeta Alfonso Ricciutto en homenaje a los cosecheros de la yerba, los llamados tareferos.

 

Descendientes de los primeros habitantes de la tierra roja, los tareferos recorren la historia de los últimos cien años como una prueba viviente de la continuidad de la explotación más allá de la supuesta evolución de las formas de producción.

Desde los cuentos de Horacio Quiroga a los chamamés de principios del tercer milenio, los tareferos son protagonistas de epopeyas cotidianas vinculadas a la obstinación del ser humano en buscar un futuro mejor a pesar de las humillaciones e impunidades siempre recicladas.

Los tareferos buscan, en su misteriosa insistencia, la tierra sin mal de los abuelos guaraníes. El aguyje, allí donde todos y cada uno podrán ser felices en una sociedad de justicia e igualdad, como narraban los viejos sabios, los kuaray de las malocas, de las casas comunitarias de los guaraníes.

Juan Carlos Terres era tarefero. Tenía 22 años y soñaba con ser feliz. Como todos. En la Argentina de no hace mucho, cualquiera soñaba con ser feliz a partir del trabajo que conseguía sin embromarle la vida a los demás. Pequeño y profundo sueño que alguna vez fue el motor social de las mayorías en estos lugares del cosmos.

Venía en la terraza de un acoplado y en la medianoche de un sábado de marzo, sobre la ruta provincial 25 de Misiones, cayó y no pudo nunca más volver a dibujar su futuro.

El camionero que lo llevaba como quien junta ganado dejó al resto de los peones pasajeros y quiso fugarse. No pudo. Lo detuvieron y hasta hoy estará explicando por qué dejó que Juan Carlos se muriese como una de las tantas iguanas de la tierra roja pisadas por las ruedas de su camión.

Peones cargados como bolsas, vidas de bajo precio. “El corazón también es una herida para el que tanto sufrimiento carga; el “raído” quizás, la suma amarga, visible sobre el hombro de la vida”, dice el poema de Ricciutto.

Juan Carlos es un número más dentro de la ofensiva contra la vida y la salud de los trabajadores del país que, no hace demasiado tiempo, exhibía el derecho laboral como uno de sus documentos de identidad ante cualquier nación de la tierra.

En la Argentina del tercer milenio, según la Superintendencia de Riesgos de Trabajo, se mueren dos trabajadores por día y hay 1.151 accidentes laborales cada veinticuatro horas. Cada sesenta minutos se accidentan 48 trabajadores en las tierras en que hace décadas era un orgullo ser trabajador.

Y en la tierra sin mal de los guaraníes, en los dominios de los yerbatales, se producen 21 accidentes laborales por día, cuyas víctimas aparecen en las cifras y rara vez se les nombra de acuerdo a su historia.

Juan Carlos Terres, de 22 años, salió del anonimato cuando salió de la vida.

Buscaba la tierra sin mal con su bolsa “visible sobre el hombro de la vida”, como dice el poeta.

Era tarefero, como tantos otros miles.

La prueba concreta de un sapucay que todavía no termina de estallar.

Fuente de datos: Diario Territorio Digital - Misiones 21-03-05

 


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