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Por Raúl Zibechi
(APe).- La adoración de personajes públicos, a los que se atribuyen enormes méritos, llegándose a convertirlos en “casi dioses”, es un problema que se arrastra desde mucho tiempo atrás en las izquierdas y en los movimientos emancipatorios. Se exaltan virtudes pero nunca defectos. Se inventa una realidad en tonos de blanco o negro excluyendo matices, los grises y todo aquello que pueda opacar al personaje endiosado.
La propia palabra gris es usada como adjetivo. “Una persona gris”, es aburrida, sin méritos, incapaz de atraernos o concitar nuestra atención, menos aún algún tipo de admiración. Sin embargo, la realidad está pintada en múltiples colores y es mucho más rica que el binario blanco-negro. Con ese clivaje, las más de las veces pretendemos calmar nuestras incertidumbres, huyendo de los incómodos matices que tanta inseguridad nos provocan. Porque, admitamos, el ser humano blanco y occidental busca desesperadamente la seguridad.
Muchas personas de izquierda admiten que el culto a la personalidad de Stalin fue algo negativo, per aceptan el culto a Lenin o a Marx, por ejemplo. Creo que en este punto la cultura “emancipatoria” de las izquierdas es heredera del caudillismo y del culto a los reyes tan presentes en la historia de la humanidad, desde las primeras sociedades hasta hoy. Con el agravante de que los cultos actuales se disfrazan de emancipación, pero en el fondo son tan absurdos como la sumisión a los reyes y reinas.
Aún hoy vemos cómo ese culto sigue haciendo su tremendo trabajo de parálisis de las sociedades, ya sea en el apoyo acrítico a Evo Morales o Hugo Chávez, por poner apenas dos ejemplos. Los procesos progresistas de América Latina han estado, todos ellos, ligados a un caudillo, desde Néstor Kirchner hasta Lula, pasando por Correa y los ya mencionados.
En el caso de Chomsky sobresale la gravedad de su estrecho vínculo con el pedófilo millonario Epstein, incluso después de haber sido condenado y de conocerse sus fechorías. Sin embargo, si Epstein no hubiera sido pedófilo, ¿algo hubiera cambiado? ¿Podemos validar que un personaje público de las izquierdas tenga estrechos vínculos con un millonario? No se vale cualquier amistad, con cualquier persona, pasando por encima de las clases, las posiciones políticas y el estatus de las personas. Sin olvidar que Chomsky cometió otros pecados, como trabajar para programas militares.
Una persona como nosotros, los lectores de ésta página, ¿puede relacionarse con cualquier persona, con un Berlusconi, un Bolsonaro o un Putin? No me refiero a gente de abajo que haya apoyado a esos personajes, sino a las relaciones con las elites dominantes, un estilo que se cultiva en los parlamentos de todo el mundo, cuando diputados que están en posiciones políticas opuestas, comen en la misma mesa y se terminan socializando en los mismos espacios.
Lo de Chomsky es sencillamente repugnante. Más grave aún por tratarse de una personalidad pública que debe dar el ejemplo y pedir perdón cuando se equivoca. Lo que pretendo con estas líneas, es ponernos un espejo colectivo, como suelen decir los zapatistas, para preguntarnos: ¿Y nosotros qué?
¿Cuántos Chomsky hay en nuestros cerebros y corazones? Poner toda la maldad en el lingüista es igual a poner todos los méritos en un caudillo, como Pepe Mujica por ejemplo. Siendo uruguayo, sufro cada vez que gente de abajo en algún rincón del planeta, me dice maravillas de un personaje que, en este país, conocemos y no admiramos, por lo menos quien esto escribe y gran parte de sus amigos.
El culto a la personalidad revela, además, nuestro proverbial individualismo, ya que colocamos todos los valores positivos en una persona, pero no en un colectivo. Hacen bien los zapatistas en cubrirse el rostro, en igualarse todos y todas con el pasamontañas y el paliacate. Observemos que toda la cultura capitalista gira en torno a personas, desde Messi hasta Trump, ya sea para endiosar o reprobar. Incluso en el caso del zapatismo, no son iguales las actitudes que tenemos hacia el capitán Marcos o hacia cualquiera de las comandantas, incluyendo a quien esto escribe.
Tal vez la lección que podemos aprender del caso Epstein-Chomsky es que debemos ser más cuidadosos, más moderados a la hora de mitificar personajes. Pero sobre todo, ser más comunitarios, destacar lo colectivo y lo simple, la inocencia de las niñas y niños antes de que el sistema los conduzca hacia la adoración de las celebridades.
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