El presidente está desnudo

El desnudo cree que todos y todas también lo están. Los ropajes de los combatientes no son para pasarelas sofisticadas.  Son ropas de trabajo y hoy el trabajo es combate. El Presidente seguirá desnudo. Pronto no importará. Lo único que importa es no perder nuestros verdaderos ropajes.

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Por Alfredo Grande

(APe).- Era la gala en el teatro Colón. Aun no privatizado, albergó en un desfile paquete y patético a una caterva de pavotes y pavotas. Toda galanura, toda espumita, pero no de cerveza.

El niño miraba sin observar esa gala, a la que fue convocado sin balotaje posible, por el padre que siempre se interesaba por todo aquello a lo que nunca podría acceder.

El niño estaba entre la categoría “niños pobres que tienen hambre” y “niños ricos que tienen tristeza”. Tenía tristeza, pero no era rico, era pobre pero no tenía hambre. En otros términos: niño de clase media media con tendencia al derrumbe. Había resignado el postre y la gaseosa, y eso lo colocaba en una situación de aguda crítica más parecida al reproche.

El desfile de chetos y chetas no colaboraba en mejorar su ánimo. Sabía por comentarios extraoficiales, es decir, por llamados de su madre que había decidido que, si otro mundo es posible, para intentar llegar a ese mundo era necesario divorciarse. La tenencia del hijo fue más peleada que una sucesión en barrio norte, y a partir de ese momento la voz del estadio fue el padre y la madre apenas una agencia de noticias clandestina.

Dicho lo cual, en un afán de no decaer del todo, el niño intentó interesarse en lo que veía. Quizá sin saberlo, recurría al método de muchas parejas al borde un ataque de nervios: no quería, pero quería querer.

Miró a la imagen y dijo: “el presidente está desnudo”. El padre lo miró sorprendido, pero poco. “Yo lo veo vestido, y muy elegante”.

El niño lo miró con un desdén misericordioso: “No entendés nada”. El padre intentó curarse en salud, y obviamente no lo logró. “Tu madre dice lo mismo”.

Un esbozo de sonrisa se asomó en los labios del niño. Insistió: “el presidente está desnudo”. Fue lo último que dijo antes de levantarse enojado, aunque disimulando exitosamente su furia.

El padre se quedó solo. En realidad, se quedó porque solo estaba hace tiempo. Su área de confort de votante victorioso estaba seriamente dañada. La frase le seguía taladrando el cerebro, lo que no era difícil ya que hace tiempo era un cerebro poroso.

Acostumbrado al pensamiento reflejo, no tenía rodaje propio. Sin embargo, algún grupo de neuronas seguían funcionando, no demasiado, pero si lo suficiente para intentar buscar, gracias a la magia digital de Wikipedia, algo que le permitiera entender lo que su hijo habia dicho tan asertivamente.

El monarca decidió estrenarla en un día de fiesta y desfile. Llegado el día, los estafadores hicieron como que lo ayudaban a ponerse la inexistente prenda y el rey salió a desfilar, sin admitir que no podía verla. Pensó que lo considerarían estúpido o inepto para reinar. Toda la gente del pueblo alabó enfáticamente el traje, temerosa de que sus vecinos se dieran cuenta de que no podían verlo. Finalmente, un niño dijo: «¡Pero si va desnudo!»

La fiesta y el desfile eran la velada en el Colón. Cuando te vestís de palabras es posible que estés desnudo. De pronto el padre, digo esto porque “padre” era todavía su identidad principal, tuvo quizá su última conexión neuronal. “En 40 de democracia, ¿cuantos presidentes habrán estado desnudos?”. La llegada del último presidente desnudo, no fue magia. Ya no tenía dudas: muchos desnudas y desnudos hicieron todo lo posible para lograr la desnudez total.

Se acercó lenta y silenciosamente a la habitación de su hijo. Hasta intentó darle un beso, pero temió despertarlo. No podía pensar que no hay mejor forma de despertarse que con un beso. Con las ultimas neuronas en retiro efectivo recordó una perimida serie “La ciudad Desnuda”. Ahora los desnudos somos nosotros también. Desnudos de convicciones, de alegrías, de coraje, de ideologías. Este padre desconocía los ropajes combatientes de las militancias. El desnudo cree que todos y todas también lo están. Los ropajes de los combatientes no son para pasarelas sofisticadas.  Son ropas de trabajo y hoy el trabajo es combate.

El Presidente seguirá desnudo. Pronto no importará. Lo único que importa es no perder nuestros verdaderos ropajes.

Nunca más.

Pintura: Mendigos en el parque, Iberê Bassanti Camargo.


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