El pibe que no quería...

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Dedicado a Luciano, Vanesa y Mónica

Por Alfredo Grande

(APe).- Pensar es pensar en clave de analizadores. Hay un pensar que podemos definir como “descriptivo pasatista”. Habitualmente está acompañado de expresiones como: “que espanto; esto es escandaloso; no se puede creer”. Es una forma de surf racionalizado. Nunca buceo. Sólo superficie sin profundidad. Seguimos sosteniendo que el escándalo es la cara visible de la hipocresía. O sea: mirar para el otro lado, cuando todos saben hacia donde hay que mirar. El estrabismo político, compañero de la demencia fingida. La desaparición forzada de Luciano Arruga fue en plena democracia. Y la plenitud del Estado de Derecho que tiene como misión no delegable la garantía del ejercicio pleno de los derechos humanos.

Pero en clave de analizador, algo así como mirar desde el otro lado del espejo, y si resistimos la tentación de mirar para el otro lado, es harto evidente que el mayor violador de los derechos humanos es aquel que supuestamente debe garantizarlos: el Estado. No sólo está de los dos lados del mostrador. Es el mostrador porque tiene la potestad de mostrar de qué lado del espejo conviene estar según lo que llaman, con grandilocuencia digna de mejor causa, “razón de estado”.

Cuando el Estado dice que en Formosa no hay violación sistemática de los derechos humanos, se pone del otro lado del espejo. En un ejercicio pleno de la Hipocresía de Estado, oculta que hay violación no sistemática de los derechos humanos. Si fuera sistemática, el parecido con la dictadura genocida seria inquietante. El secretario de derechos humanos nos hace mirar hacia “lo sistemático”. Para distraernos sobre la violación de los derechos humanos. Obviamente realizada por el Estado.

Como hemos dicho: cuidar no es solamente un barbijo y dos metros. Cuidar también es no bajar los precios de la carne vendiendo grasa y bofe.

 

Las Marchas Nacionales contra el Gatillo Fácil tienen una consigna que nos impide mirar para otro lado: “El Estado es Responsable”. He pensado que además de responsable, es culpable y copartícipe necesario. Como consigna es larga, pero como idea pienso que permite profundizar la cuestión. La responsabilidad, siempre limitada, es apenas la capacidad de dar respuestas. Cosa que el Estado tampoco hace. Pero la gran pregunta para el Estado en tiempos de la democracia restitutiva, es porque sigue mirando para otro lado cuando proclama que el Estado somos todos. Ni siquiera el Frente de Todos es de todos. Nada es de todos. Pero todo siempre es de algunos.

Aunque no sea la solución, pensar en clave de analizadores es la mejor forma de plantear el problema para quitarle el monopolio del mostrador al Estado. Lo diré, en otros términos. El nazismo no es Hitler. Incluso el nazismo oculto en el mostrador permitió el ascenso del Fuhrer. El macrismo no es solo Macri. Ni la dictadura genocida es Videla, Massera y Agosti. Estoy razonablemente seguro que algún lector pensará que estoy diciendo algo obvio. Lo que no estaría mal, porque lo obvio no es tan obvio.

Pero pensar en clave de analizador nos lleva en la flecha del tiempo de la dictadura genocida a la desaparición forzada de Luciano Arruga. El pibe que fue torturado y asesinado porque no quería ser chorro. Para sostener la teoría represora de “los pibes chorros” habría que colocar en el mismo plano, arriba del mostrador, a “los canas asesinos”. El coro de miserables no dice y menos aclara: algunos pibes. Y menos aclara que tampoco son, sino que apenas necesitan estrategias de supervivencia. Chorros no por ser, sino por no tener. Pero cuando se trata de la policía, que es el verdadero ejército de ocupación, siempre aclaran, y en realidad oscurecen, diciendo: “hay policías malos”.

Pues bien, o, mejor dicho, pues mal. No se trata que sean malos, muchos malos, pocos buenos. Pensar en clave de analizador nos lleva a la institución policial. O sea: las lógicas que organizan a las policías. Las policías no combaten el delito. Lo monopolizan. Lo organizan. Lo rentabilizan. Lo perpetúan. Un pibe tuvo el inmenso coraje y dignidad de enfrentarlo. En solitario contra la maquinaria carnívora. A esa maquinaria no podemos enfrentarla solamente condenando personas. Porque son efectos necesarios de la institución. No son excepciones a la regla. Son la regla. La que reina del otro lado del mostrador.

De la página web de “La Retaguardia” del 3 de febrero extraemos: “Pablo Pimentel fue el primer referente de derechos humanos en hacerle un lugar al reclamo de la familia de Luciano. Y comienza con ese dato, el recuerdo de la llegada de Vanesa a la APDH La Matanza, poco más de 40 días después de la desaparición de su hermano.(...) Pimentel aún guarda esperanza en algunos funcionarios, en convencerlos, generar conciencia e invitarlos a revisar sus decisiones. Vanesa no, y esa discordancia condiciona el método. Vanesa lo plantea en palabras que tienen la densidad política de un manifiesto: “No creo en los funcionarios estatales, he perdido toda esperanza. (...) Las familias nos vamos a cansar de hablar de una forma respetable, pacífica, humilde, y vamos a empezar con otras acciones que van a estar bien. Y va a estar bien prender fuego una comisaría, va a estar bien prender fuego un patrullero, va a estar bien escrachar a jueces, fiscales, funcionarios, diputados y presidentes. ¡Va a estar bien!”. No se mueve una mosca en el estudio. El silencio es tal que se escucha el sonido de una lágrima estrellarse en el suelo”.

Pasamos de una descripción rotulada como desaparición forzada de persona, a un pensamiento en clave de analizador. Un luchador como mi hermano menor Pablo Pimentel sostiene lo que denomino esperanza militante. Espera activa en la lucha cotidiana. Vanesa está segura de que los funcionarios son apenas los sicarios de un Estado Exterminador. Pero en ambos, y en toda la militancia que acompaña y acompañará, que sostiene y seguirá sosteniendo, porque Luciano Arruga no somos todos. Pero somos muchos, muchas, muches. Por eso la lucha de Luciano y la lucha de los que siempre recordaremos a Luciano, es una lucha contra el horror y es una lucha por el amor. Amor a la vida. Enamorarse de la vida digna. De la única vida que merece ser vivida. Prender fuego a la forma indigna de la vida.

Mi ofrenda es un soneto “Amor constante más allá de la muerte” escrito en 1648 por el genio de Francisco de Quevedo.

“Cerrar podrá mis ojos la postrera /sombra que me llevare el blanco día, /y podrá desatar esta alma mía /hora a su afán ansioso lisonjera; /mas no de esa parte en la ribera, /dejará la memoria en donde ardía; /nadar sabe mi llama el agua fría /y perder el respeto a ley severa. /Alma a quien todo un dios prisión ha sido, /venas que humor a tanto fuego han dado, /médulas que han gloriosamente ardido; /su cuerpo dejará, no su cuidado; /serán ceniza, mas tendrán sentido; /polvo serán, mas polvo enamorado” .

 

 

Edición: 4159

Foto: María Eugenia Cerutti

 


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