El martirio de Luciano

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Por Claudia Rafael

(APe).- A trece años de aquel día, Luciano Arruga sigue siendo ícono. Su nombre, como bandera de lo irreparable, simboliza la radiografía de una historia que sigue cincelando las impunidades y continúa forjando un rompecabezas de ausencias.

Trece años desde aquella madrugada en que la fuerza policial más numerosa y emblemática del país lo devoró definitivamente. Trece años desde que se inició una búsqueda a tientas. Insuflada de dolor, de desgarros.

Trece años desde aquel instante en que un patrullero de Lomas del Mirador lo cargó brutalmente en la esquina de Perú y Pringles de la barriada profunda de La Matanza. Desde que lo iniciaron en un derrotero de horror, tortura, sangre y violencia que arrancó en el mismo destacamento al que, con sistematicidad, arrastraban a Luciano como parte de su búsqueda de cooptación.

Tenía escasos 16 en aquellos días. Y la perversidad no permitirá que en el hueco vacío entre el 28 de febrero y el 1 de marzo (Luciano había nacido en año bisiesto) cumpla los 29 años. Ya habría tenido tiempo de conocer el Monumental, como soñaba; de tocar el agua salada del mar, descalzarse y caminar sobre la arena; quizás habría viajado al Sur y sentido el frío quemante de la nieve entre sus dedos. Tal vez –quien sabe- habría terminado el secundario.

“Un policía le ofrece robar, le ofrece armas, vehículo y garantías si caía detenido. Le aclaró que siendo menor de edad iba a salir, pero que se quedara tranquilo porque responderían por él. Le dijeron también que conocían la situación de mi mamá con dos hijos más y que si se prendía, él podía llevar dinero a la casa. La operatoria era tener una persona mayor dentro del barrio, encargada de intermediar entre la cana y los pibes”, describió Vanesa Orieta a esta agencia otro 31 de enero. El de 2011. El “no” rotundo de Luciano fue el sello de su pasaporte a la muerte que se terminó de confirmar 5 años, 8 meses y 17 días después de su desaparición cuando se ratificó (a partir de la terquedad familiar y sus presentaciones judiciales) que sus restos estaban enterrados como NN en el cementerio de la Chacarita.

Estos trece años de impunidad (sólo un policía fue condenado en 2015 a diez años de prisión por las torturas a Luciano varios meses antes de su secuestro) constituyen la pintura perfecta del comportamiento judicial, policial y político ante la práctica sostenida contra determinado estereotipo de jóvenes en las barriadas más vulneradas. Un sistema que se autoprotege: jamás se investigó y sancionó seriamente a las fiscales, al juez de garantías, al poder político y a la Bonaerense.

“Desde 1983 hasta 2021 las personas asesinadas por el aparato represivo del estado son 8.172”, indican las estadísticas que en diciembre pasado enunció la Correpi. De las que 8 de cada 10 eran jóvenes o muy jóvenes.
Luciano Arruga constituye un ícono. Por edad, por pertenencia social, por el martirio al que fue sometido, por la crueldad y la saña institucional contra su cuerpo casi niño. Por ser la imagen solitaria, sacrificial, sufriente de quien desde el mismo barro se atreve a decir que no y se transforma en el cristo moderno al que decidieron masacrar y sacrificar como lección ejemplar.

Trece años que sacaron del anonimato a un pibe morocho, pobre, de los márgenes y lo elevaron a la categoría de símbolo de los descalzos.

Edición: 4058


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