El martirio de la infancia

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Por Silvana Melo
  (APe).- El más grande, el más alto, el más voluminoso índice de pobreza infantil en once años. 64,9 % de los niños y adolescentes de 0 a 17 años son pobres. Es la franja de edad más castigada por la necesidad y la carencia, son los más frágiles, los más vulnerables. Y los más vulnerados. En una tierra donde la pobreza es niña, donde la infancia es muerta con armas diversas. Con el puño, con los pies, con la bala de la policía, con el hambre sistémico, con las sustancias que son vidrio para pulmones y anestesia para rebeldía, con el abuso intra y extra familiar, con el abandono sanitario, con la intolerancia al llanto del niño que no puede solo.

La nueva estadística del Observatorio de la Deuda Social Argentina (UCA) es tan sombría como las noticias de los últimos treinta días de la infancia.

Seis niños y medio cada diez sobrevivientes en medio de la pobreza. Más de siete de cada diez hacinados en el conurbano.
Un niño de dos años fue asesinado a golpes presumiblemente por su padrastro en Neuquén. El lo cuidaba cuando su madre iba a trabajar. El niño murió por abuso sexual y golpes. El mismo que debía cuidarlo lo llevó al hospital, inconsciente.

No soportó el embate feroz de esta vida. Y murió a los pocos minutos. Nadie vio su martirio antes de su muerte. Nadie la impidió.

Como nadie frenó en La Pampa la muerte de Lucio, de cuatro años, en manos de quienes debían cuidarlo y amarlo. Su madre y su pareja, en este caso.

El niño de Neuquén tiene tres hermanos: uno de cuatro años, otro de cinco y otro de pocos meses. Tal vez su sacrificio abra las puertas de la salvación de los otros. Quién sabe. El estado es un pesado engranaje de herrumbre.

Los vecinos incendiaron la casa del padrastro y prometieron echar del barrio a la madre. Justicias rústicas. Marginales. Cuando las instituciones bostezan con otros rumbos.

Un chico fue fusilado por policías de la Ciudad. Apenas tenía 17 años. La bonaerense entró brutalmente en una fiesta de adolescentes en Escobar. Dejó a varios chicos heridos. La misma policía allanó una cooperativa en Wilde. Había un jardín maternal donde los niños de las trabajadoras pasaban el día. Sus ojos, como una fatal cinemateca, guardarán las imágenes de esos días para siempre.

Un hombre abusó de su hija de doce años y le provocó un embarazo. Fue en Pergamino. La justicia lo sorprendió cuando la llevaba a abortar. Pero era tarde. Y el niño nació, con una madre par, ambos niños en clave de tragedia. El y ella, una maternidad artera, impensada e imposible. Solos los dos ante mundos –el de adentro y el de afuera- hostiles y punitivos y condenatorios.

Sus vidas están marcadas. Con un hierro caliente en el alma.

Un niño murió en Goya, picado por un alacrán. La familia lo llevó al hospital de inmediato. Dijeron que era picadura de hormiga. Y que todo iba a estar bien. Sólo ocho horas después lo trasladaron. El niño se moría, con el veneno del alacrán esparcido por el cuerpo, disfrutando la demora inexplicable del sistema de salud. Le aplicaron el suero. Pero era tarde. Se murió y no debía morirse.

Los alacranes seguirán acechando en Goya. Y los niños seguirán muriendo cuando pudo evitarse. Cuando puede evitarse el martirio, el abuso, el desprecio.

Hasta octubre, 100 madres fueron asesinadas por ser mujeres, dice el Observatorio Lucía Pérez. 196 niños quedaron solos. La orfandad de ya no tenerlas. Y el espanto, en muchos casos, de verlas morir.

El Observatorio de la Deuda Social Argentina acopia los datos desde 2010, el año en que empezó a medir. 49,5% era la pobreza infantil en esos días. En 2011 bajó a 39,7. Y luego comenzó a escalar una senda empinada e imparable: 50,2% en 2016, 58,3 en 2019, 64,6 en 2020 y 64,9 % en 2021.

De la pobreza a la malnutrición hay una vecindad promiscua. De la malnutrición al hambre hay una frontera mínima.

Ocho millones y medio de niños en la pobreza. Varios millones sin comer bien y rico.

Sin comer.

Niños asesinados, muertos, abandonados, abusados, huérfanos, en un puñado de días.

Sin que se los cuide. Sin que se los proteja. Sin que nadie ponga una estrella en el sitio del hambre.

Fotoarte: Armando S. Armenta

Edición: 4431

 

 


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