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Por Silvana Melo
(APe).- Casualmente, la mayor contundencia ante la falacia discursiva de la caterva gobernante surge de sus propios números. De un INDEC falible, casi falaz, cuya credibilidad se va derrumbando mes por mes. Dicen que le arrancaron quince millones a la pobreza, mientras que la pobreza asoma tímidamente de los números oficiales y dice mentira, mirá. Y deja en claro que la mitad de los niños y los adolescentes siguen siendo pobres como siempre, como desde que los tiempos del festín capitalista decidieron quiénes poblarían los platos del banquete y quiénes comerían. Y que los viejos descendieron varios escalones hacia ese infierno al que los condenan premeditadamente por ser una carga sin futuro, sin valor productivo, apenas un cuerpo pasado. Razones por las que se les retacean pensiones y jubilaciones, se les cobran los medicamentos el doble que hace tres años, se les detona la obra social, se los deja sin hospitales, se los reduce a una virtual indigencia senil.
A pesar de que los números del INDEC son relativos y su pobreza no responde al cuadro social que se puede observar a simple vista, no está de más pensar que más de 4 millones de niños y niñas no logran llegar a cubrir las necesidades básicas que establece una medición antigua y amañada. El número aumentó un 3,2 por ciento respecto de fines de 2025. Más allá de la fiabilidad de los números, el aumento es escalofriante. Un 10,8 por ciento más de chicos indigentes en apenas seis meses. Es decir, que no alcanzan ni siquiera a comer.

Lo más grave no es la pobreza monetaria en sí misma, donde se cae y se egresa según el ingreso en una u otra medición. El problema básico, que se va estructuralizando en un modelo que rompe, quiebra y sistematiza el derrumbe social inexorable, es el empobrecimiento. Millones de personas que son empobrecidas sistemáticamente no han caído todavía en la pobreza pero el deterioro de su calidad de vida pesa sombríamente en la cotidianidad, resiente la capacidad de alegría y aleja las pretensiones de felicidad.
El mismo INDEC muestra, tímidamente, que en seis meses el ingreso per cápita familiar aumentó 11,5 por ciento. La Canasta Básica Total (CBT), el umbral para no caer en el abismo de la pobreza, subió 19,6 por ciento. La Canasta Básica Alimentaria (CBA), la línea terrible de la indigencia, se disparó un 21,4 por ciento. Esos números pintan con claridad la decepción de los ingresos familiares ante la posibilidad de llegar a cubrir las necesidades. Pero el empobrecimiento marca otros índices, que son podas con una tijera afilada y cruel. Los cortes al placer, a la salida, a la vacación, al cine. El deterioro fatal de la educación. La caída de las obras sociales y las prepagas y la salud pública en situación de estallido constante. El adelgazamiento del empleo formal, el crecimiento de la informalidad celebrada insólitamente desde quienes gobiernan, el aumento extraordinario de los servicios básicos, el alejamiento del acceso a internet, cable, datos móviles, fútbol por tv. Todo aquello que, acaso sin caer en la pobreza monetaria que marca el INDEC, somete a las personas a una vida tan elemental como triste en un país en el que tener trabajo aseguraba vida buena. Un país no tan lejano en los tiempos de la historia.

En este país, el de hoy, la pobreza de los mayores de 65 años (jubilados) se disparó 5,1 puntos en seis meses. Casi 900.000 viejos pobres más en la mitad de un año. El segmento etario más castigado en estos meses y no es un dato que pueda sorprender: el 70 por ciento cobra una jubilación mínima, es decir, 430.000 pesos más un bono de 70.000 congelado desde hace dos años y medio. 500.000 en total.
La Defensoría del Pueblo de CABA expone la Canasta Básica Total para un hogar de adultos mayores: 1.714.568 pesos en junio. En ese mismo mes la mínima fue de 403.318 pesos, más el bono de 70.000. 473.318 pesos. Con cuatro mínimas llegaban apenas a la canasta básica. Que no incluye alquiler, por nombrar una ausencia, de tantas.
“La economía está teniendo muchos cambios estructurales. Por eso los indicadores están arrojando cualquier cosa”, dijo el presidente en su letal verborragia. Pero estos indicadores, que para él dan cualquier cosa, son niños, son viejos, son personas con sangre, huesos, dolor, hambre, destino. Infierno, incertidumbres, desierto.
Con una vida más corta o más extensa. Dispuestos a defenderla de los buitres del estado que vienen a eviscerarles la esperanza.
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