El hombre, el colchón, el perro y el frío

El hombre, el colchón, el perro y el frío, son los convidados de piedra de una forma miserable y atroz de la democracia que no supimos revolucionar. Pero no son de piedra. Son de carne, huesos, y capaces de sentir dolor, angustia, bronca, tristeza, impotencia, dolores.

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Por Alfredo Grande

(APe).- Cuando era niño y me preguntaban: ¿Qué vas a ser cuando seas grande?,  yo contestaba: “yo ya soy Grande”. Ocurrente. Yo ahora soy grande, quizá demasiado.  Al menos en edad. Pero es un ejercicio pensar que queda de los deseos de ese niño que fui, en las acciones de este adulto que soy. La adultez permite que los deseos se hagan realidad o por el contrario, es un siniestro laboratorio donde comprobamos una y mil veces lo que ya cantó el poeta:  no hay tristeza mayor que añorar lo que nunca jamás sucedió.

Caminando por la calle Garay en lo que denomino Los Altos de Constitución, porque nada de lo tilingo me es ajeno, tengo que esquivar al hombre que duerme en un colchón con un perro acurrucado y el frío que los taladra. Culpa pequeño burguesa que me dispara un reflejo motor de buscar un billete de cien. Pero el reflejo se inhibió por una duda no cartesiana sobre si estaba dormido o desmayado. Seguí caminando y otro reflejo se disparó. Tengo un maldito síntoma:  es un pensamiento no puedo parar. Necesitaría un evangélico que me diga:  pare de pensar. No sé si mal, bien o peor. Pero mucho. A pesar de una ley de la dialéctica, no siempre la cantidad da un salto en la calidad.

Lo que pensé es si ese hombre en el colchón soñará con el niño que fue.  Y en ese caso qué cosas le dice ese niño que estaba lleno de sueños y deseos. ¿Le reprochará haber terminado en situación de calle?. No en la calle sino en situación, lo que evidencia que el único tilingo no soy yo. No creo que ningún niño o niña haya deseado o soñado un colchón en la calle con un perro acurrucado taladrado por el frío. Ese niño de los deseos, soñado mientras el único calor lo da el cuerpo de un perro acurrucado, quizá sienta tristeza.  Quizá bronca, como cuando mira los avisos de familias sonrientes que comen la pasta de los domingos. Pasta o sea fideos, que la otra pasta base, la que quema neuronas, es el menú semanal de las y los condenados y castigados no de la tierra, sino del capitalismo.

El hombre, el colchón, el perro y el frío, son los convidados de piedra de una forma miserable y atroz de la democracia que no supimos revolucionar. Pero no son de piedra. Son de carne, huesos, y capaces de sentir dolor, angustia, bronca, tristeza, impotencia, dolores que como escribió Antonio Porchia “ya no nos acordamos de donde vienen”. Hubiera querido pensar que ese niño, sujeto de deseo, vuelve en los sueños para decirle al hombre del colchón que nada le reprocha. Que, aunque la frustración es infinita, trata de entender que la vida no sólo no es justa, sino que habitualmente es cruel y es muy cruel. Y ese niño frustrado y rabioso, mira al hombre en el colchón, al perro acurrucado y siente también el frío.

El 14 de junio de 2007 escribí Frío de Amor. (Publicado en el libro Crónicas de Trapo). Dieciséis años después otro frío de amor me conmueve.  El hombre, el colchón, el perro y el frio y un niño sujeto del deseo frustrado que lo mira. No llora porque ya lloró demasiado. Incluso sonríe, y en esa sonrisa hay un abrazo desde la lejana niñez al adulto que una sombra muy pronto será.

Y ya me cuesta seguir pensando…


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