El hambre en los tartagales

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Por Claudia Rafael 

(APe).- “Cuando hace 26 años me bajé del colectivo en el que llegaba desde Córdoba miré a mi alrededor y me dije `cuánto hay por hacer`. 26 años más tarde, sigo diciendo `…todo lo que hay que hacer`. Entonces pienso en Ramón Carrillo que planteaba que no bastan hospitales limpios y grandes si no tenemos políticas preventivas”. Gladys Paredes es médica y gerente sanitaria del Hospital Juan Domingo Perón, de Tartagal. “La realidad de Tartagal es la realidad de las fronteras. Es lo no se ve desde la 9 de Julio”, dice convencida mientras confiesa a APe que “también es por eso que no quiero ir a Buenos Aires. Porque desde ahí no puedo ver esta realidad nuestra en la que uno entiende tan bien que la salud es apenas una partecita de la torta. Más que nunca uno comprende con estos escenarios que es real esa definición de salud que plantea que es el equilibrio constante entre el hombre y el medioambiente”.

La mujer –que reivindica su origen cordobés y pueblerino- se indigna y reclama: “esto no va a cambiar hasta que de una vez por todas se implementen políticas serias, duras y reales”.

El llanto de un niño parece tan lejano y ajeno a 1736 kilómetros de la gran capital. No se lo escucha ni se lo ve a los ojos cuando su geografía se encoge y la tierra ha de hacerse de suavidades de cuna al recibir tu cuerpo de niño dormido (*).
Allí, en la vieja Ñancahuasu, como llamaban los pueblos del origen a Tartagal, la vida tiene otros ritmos que los grandes medios de prensa resaltan sólo a veces en estertores de memoria. La conquista del Chaco y las osadías cruentas del ejército en la tierra de wichis y chiriguanos les cambiaron los días y las identidades. Los dejaron truncos hasta de nombre. Ya no fueron los habitantes de Ñancahuasu sino los que vivían en ese suelo de tártago multiplicado, hierba con flores pequeñas y frutos marrones y grises de la que emanaba el tan detestado aceite de ricino, medicina usada ya en Egipto de 4000 años atrás.
Como una diosa seductora atrajo a los migrantes que soñaban con la utopía de un horizonte luminoso cuando los yacimientos petrolíferos nacieron a la vida desde el profundo útero de la tierra salteña. Los elevó al paraíso de las quimeras. Bañados en ese oro negro que fluía como la sangre y les aseguraba el techo y la comida. Pero como diosa decisora de destinos también devoró. Y abrió sus entrañas para el paso de las olas privatizadoras del menemato, los despidos, las rebeldías en la calle, la muerte a mansalva, la pobreza, la desazón como destino.
Ya ni tártago tienen. Ese necesario equilibrio entre el hombre y el medioambiente que usó Gladys Paredes para definir a la salud, cuando fue violentado quebró incluso la supervivencia terca de esa hierba que los diccionarios definen como perenne. En verdad, se fue quebrando todo cuando los desmontes avanzaron para ceder bosques y tierras a la reina soja.
Entre 1998 y 2002 fueron deforestadas casi 200.000 hectáreas. Entre 2002 y 2006, más de 400.000. La misma cifra que se autorizó talar sólo en 2007.
Desde aquellos perimidos y contradictorios manuales escolares que ubican a Salta entre las zonas de clima y geografía tropical ya poco queda. El camino se volvió cada vez más predominante hacia los procesos de desertificación y las cíclicas inundaciones que desgarran la vida y abonan la muerte temprana.
“Esta es una historia de hace décadas con múltiples factores de incidencia. Esa realidad convive con nosotros. Los niños tienen una perfecta nutrición hasta los seis meses, en que se alimentan con la leche materna. Luego pierden peso y se hunden en la desnutrición. Pero además, son hijos de madres adolescentes, que generalmente no terminaron el primario; hijas de mamá y abuela alimentadas en comedores que ya ni saben cómo preparar sus alimentos. Cuando tienen documentos, reciben ayuda social y trabajamos con ellas para que aprendan que el hígado, el seso o el corazón tienen propiedades vitamínicas y proteicas. Pero cuando no tienen ni documentos, no tienen cómo comprar ni siquiera eso. Nada alcanza. Ellos vivían de la naturaleza pero ya no existe en la tierra todo eso que era su alimento cotidiano. Esta tierra ya no es la misma. Ahora se parece más a un desierto”, cuenta la médica.
Ni el chaguar para las fibras de sus tejidos encuentran ya en esa tierra domada por la producción que enriquece otros bolsillos ajenos y ausentes para ellos.
Tantas décadas pasaron desde que aquel mismo Carrillo que reivindicaba Gladys Paredes -desde el lugar de ministro de Salud Pública del primer peronismo- decía que "frente a las enfermedades que genera la miseria, frente a la tristeza, la angustia y el infortunio social de los pueblos, los microbios, como causas de enfermedad, son unas pobres causas”. Y también que “los problemas de la medicina como rama del Estado, no pueden resolverse si la política sanitaria no está respaldada por una política social. Solo sirven las conquistas científicas sobre la salud si éstas son accesibles al pueblo”.
Ya hace demasiado que esta república sepulturera de sueños mira desde algún sillón en las alturas cómo desaparecen la utopía y la vida en los arrabales. Cómo a esa Salta turística y bella doce niños se le escurrieron entre los dedos, savia imprescindible del futuro hecho trizas, símbolo del desprecio por esa parte de la humanidad que es considerada excedente e innecesaria para la supervivencia de los que mueven -como marioneteros de la perversidad- los hilos de los destinos. Y ni siquiera Aya Marcay Quilla podrá traerlos de regreso al abrazo.

(*) De un poema de Gabriela Mistral

Edición: 1994


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