El futuro que nunca empieza

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Por Claudia Rafael

(APe).- El 10 por ciento más empobrecido de la población concentraba hasta fines de junio el 1,3 por ciento del total de ingresos y, en las antípodas, el 10 por ciento más enriquecido concentraba el 30,9 por ciento. Así se desprende del informe que, bajo el título de “Distribución del ingreso”, hizo público el Indec. O sea: el mismo gobierno. No cuenta todavía, el instituto de las estadísticas, qué ocurrió después. El mismo Indec que cuatro días antes de las PASO reconocía oficialmente que existían cinco millones de niñas y niños pobres y un millón de indigentes.

No se detallan en este nuevo informe ni las secuelas de la corrida bancaria pos primarias, ni la disparada del dolor país que se siente en las tripas cuando el plato no existe sobre la mesa cotidiana. No desnuda cómo el kilo de pan trepó al compás del dólar o la leche que se ubicó en una góndola inalcanzable para los comunes mortales que fatigan las calles cotidianamente por más que estiren infructuosamente las puntas de los dedos. No se habla aún, porque el informe culmina a fines de junio, de la relación estrecha entre la cuota de padecimiento de las mayorías y la insensibilidad más honda de los responsables medulares de la inequidad. Ni del fin de semana que marcó la diferencia entre aquel viernes 9 de agosto en que los poderosos llenaron sus bolsillos de millones de dólares porque eran concientes y propulsores de una moneda yanqui que nunca paró de aumentar.

No se habla en los informes ni lo hacen los detentores de los hilos del poder de los invisibilizados. Los que, como ella, que tienen un barbijo que le cubre la boca y la nariz. Y que tiene, sentados, a su derecha, a su pareja y al niño. Y a la izquierda, sobre una cuchita, a un gato negro y blanco, que mira a un lado y otro. Es de tardecita en la avenida Callao, en el corazón de la gran ciudad. A escasa media cuadra del hotal Bauen, donde los trabajadores vienen peleándole a la dignidad desde hace más de una década y media. Ellos tres, que forman parte de alguna de tantas estadísticas que no los nombran, siguen sentaditos sobre la entrada de una oficina ya vacía. Con sus pocos petates y ese gato que forma parte de la familia indisolublemente.

Dice el informe del Indec que el 60 por ciento de los empleados percibe un salario promedio por debajo de los 19.980 pesos. Y que la desmejora en la distribución del ingreso tiene directa relación con la inflación del “55,8 por ciento” del último año. Pero que, como contrapartida hubo una producción record de 19 millones de toneladas del sector agroganadero.

Sobre la avenida Santa Fe, entre los comercios de las grandes marcas de ropa, esos que la revista Forbes ubica entre los de mayor facturación en la industria de la moda, estaba sentadita una mujer de mediana edad. Tenía un almohadón en el que se apoyaban ella y un prolijo cartel en letra imprenta que hablaba de un desalojo reciente, de la urgencia de una mano que se le tendiera y que le permitiera ponerse en pie. Allí donde hombres y mujeres paseaban con bolsos de marca mirándola con pena o viendo simplemente la ropa de la vidriera que aparecía por detrás.

Desnuda el informe que el desempleo se disparó del “9,1 por ciento del segundo trimestre del 2018 al 10,6 por ciento de abril-junio de este año”, producto de un incremento de la cantidad de gente que busca trabajo por encima de los empleos que se crearon.

No habla el informe de quienes ya ni fuerza para buscar trabajo tienen. De los que -como ese hombre que anoche encontró la puerta abierta del banco y se tiró a dormir sobre una frazada veterana de fríos- perdieron toda esperanza. Los que sólo tienen un presente que ya ni rabias sustenta. Los que no pueden siquiera encontrar refugio en un pasado en picada ni perspectiva de abrigo en un futuro que –lo sienten hondo- no les pertenece.

De ver país por dentro, escribía Tejada rostros y voces, nombres y apellidos me acosan preguntando por el futuro que jamás empieza. A ese país por dentro pertenece el hombre del banco. Que estaba radiantemente iluminado por luces led que le enfocaban cada parte de su cuerpo ajado. Como si existiera un sol hipócrita capaz de iluminar la vida donde se juega al macabro juego de las finanzas. Mientras los niños –decía el poeta mendocino- crecen casi inermes entre tanta mentira organizada, entre décadas de hambre y de desprecio y discursos y salmos.

Habrá que darle cuerda al amanecer y alguna vez tener la fuerza para gritar como ella estación claridad… vamos llegando.

Edición: 3953

 


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