Duros corazones

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(APe).- Hasta hace tres meses, más de ochenta familias vivían en un predio perteneciente a la empresa Caronte S.R.L., en la calle Silvano Bores 380, de San Miguel de Tucumán. El Gobierno Provincial les prometió comprar el terreno para que pudieran continuar viviendo allí. Pero parece que las promesas hechas a los pobres, atraviesan la Argentina en trenes privatizados cuyo destino no es otro que el ocaso.

 

Hombres, mujeres y niños sólo se quedaron con maderas y chapas, con las que habían construido sus casillas, en la vereda. Con un gran despliegue formado por “200 policías de la Región Capital del Cuerpo de Caballería y de Infantería”, la Fiscalía VII ordenó el desalojo, la tarde del 9 de septiembre. Ahora, la calle tiene el rictus de una mujer deshabitada.

La crónica recorta una escena. Una niña desoye el pedido de ayuda de su madre. María se niega a empujar el carro “cargado con colchones y ollas” y camina junto a su madre, como queriendo detener su infancia en el silencio y en la delicia de los caprichos. Hasta que la mujer debe recordarle que ya no tienen refugio, que están de nuevo en la calle, que la infancia terminó, que aquí, las esquinas sin sueño son mendigos.

Cada familia encuentra siempre un muerto injusto en su memoria, un desalojo, un hambre insostenible, un infinito de penas. Y los que son echados al dolor de la intemperie comprueban, además, que las calles -escribe Lavergne- son surcos dejados por otras tristezas.

Cuentan que Rosa Luna “sentó sus 52 años en la puerta de la precaria casilla que su hija embarazada desarmaba lentamente”. Allí vivían sus diez hijos y sus veintidós nietos. Solloza mientras intenta imaginarle al destino una frazada para los que ama, llora porque su regazo no alcanza para todos. ¿Dónde está la patria? ¿Cuánto tendrán que andar sus hijos abandonados hasta encontrarla? Cuántas familias deberán caminar un éxodo que apunta a una primavera que emigra a los extremos del viento y borra fechas lastimeras.

A pesar del maltrato no hubo incidentes. Al final de tantos sueños perdidos, todavía se refugian en aquella sensación que todavía los alcanza: imaginar la felicidad. Quizás hayan callado para entregar sus plegarias a las estrellas resignadas, donde conviven el amor y duros corazones.

Por las calles de ese Tucumán que desfallece de miseria, andan miradas que ante la derrota se aferran -en la oscuridad- a un instante puro de su vida y lo convierten en una trinchera de piedra. Se trata de personas que sobreviven soñando aromas de pan antiguo, risas de viejos amigos que se mezclan con los ladridos de los perros y caricias bellísimas en medio de la desesperación.

Quizás un día allí o en cualquier otro punto de la tiniebla que nos atraviesa, el grito de los pobres se hunda como puñal de piedra en el centro de esta tierra que no existe.

Fuente de datos: Diario La Gaceta - Tucumán 10-09-04

 


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