Demócratas en el ring (II)

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Por Alfredo Grande

(APe) Durante muchos años, especialmente en mi lejana infancia y mi no tan lejana adolescencia, padecía de una timidez exagerada. Más adulto ya, comprendí que durante décadas sufrí de “humildad patológica”. Sé que los muchos que me conocen poco y los pocos que me conocen mucho no estarán demasiado de acuerdo con estas afirmaciones, especialmente la última. Sin embargo, debo insistir.

Mi absoluta incapacidad de mostrar y demostrar autoridad, apenas se ve compensada en algunas ocasiones, por el respeto a mi ascendiente. Que no es lo mismo, y tampoco es igual. O sea: casi siempre tengo ascendiente, cuyo fundamento es la coherencia, la consistencia y la credibilidad. El trípode de la implicación. Otras veces me sorprendo a mí 

mismo por realizar un análisis anticipatorio que si alguien lo rescata, se olvida de quien lo señaló por primera vez.

Cultura represora, alucinatorio político y social, fascismo de consorcio, retroprogresismo, banalidad del bien, son conceptos que, a mi criterio que, como ya dije sufre de humildad patológica, permiten el pensamiento y facilitan el acto.  Cuando escribí Demócratas en el Ring anticipé que el catch iba a tener su reivindicación final. O al menos, que era una metáfora poderosa para dar cuenta de lo representativo de esta democracia. Porque el tema de fondo no es si es representativa. Sino a quién representa. Porque la representación entendida como encubrimiento, mistificación y disfraz, siempre es necesaria. Hasta el ministro de energía no juró por la Concha (Shell) sino por los evangelios santos, y seguramente también por alguno apócrifo.

Entonces como para mostrar que debería superar mi humildad patológica, el catch de la política tuvo su apoteosis. El zar del espectáculo televisivo y el jefe del estado compitieron duramente, hasta la reconciliación por la espalda que erizó a las redes sociales.

Lamentablemente, lo dicho, dicho está, pero no fue televisado. Una pena. Los Reyes del Sarcasmo ni siquiera se acercaron a las dimensiones de la sátira. No hubo crítica, no hubo cuestionamientos, no hubo nada de nada, más allá de la frivolidad del snapchat. En una obra de teatro que escribí y dirigí  “Divanes de Palo” (un antídoto para disminuir mi humildad patológica) hago la siguiente diferencia: “si un ciego le dice a un vidente –nos vemos mañana- es ironía. Si un vidente le dice a un ciego –nos vemos mañana- es sarcasmo.”

El Zar y el Jede del Estado son videntes. Oyentes. Bien o mal olientes. Pero es una confrontación entre poderosos sarcásticos. El Zar hizo mofa de las mujeres y por eso lo declararon personalidad ilustre de la cultura. Yo agrego: de la cultura represora. El Jefe se burló y burla de trabajadores con su canallesco sketch:”tarifazos”. El Zar se burla del Poder por la sencilla y patética razón que es más Poder que el Poder. Los medios masivos de comunicación y dementización le son adictos. Pudo palanquear a un ignoto pelirrojo creo que colombiano, pero que no vendía café, sino mapas de seguridad. Una especie de GPS para saber dónde te iban a embocar.

Entonces: dos Poderosos se enfrentan es una tragicomedia de enredos, pero nunca una batalla de fondo. La Momia y Karadagián luego de molerse con algunos golpes, se abrazaban con toda la compañía del circo. Y eso hicieron el Zar y el Jefe. Lejos de ser lamentable, es una excelente confesión de partes. Esto no es en serio, tampoco es serio, ni siquiera es solemne. Es otra de las Jodas del Zar ahora imitado, en la segunda bajada de pantalones, por el Jefe. Es cierto que no hay mal que dure cien años. El problema es que a los 99 el conteo empieza nuevamente. Por eso lo que está en el fondo de este pantano es la antinomia absoluta entre democracia y elecciones. Lo electoral termina siendo una forma de impunidad para estafas, negociados, asesinatos, abandonos seriales de personas. Los contratos de Vaca Muerta son una de las tantas pruebas de tantas infamias. La Jefa decretó su secreto y el Jefe  continúa con el secreto. Y lo muerto no es solamente la Vaca. La muerte es de tierras, aguas, aires.

Atila era un artesano. Ahora la gran industria se encarga de pudrir la Tierra mientras se deslumbra por un poco de agua en Marte. Mientras tanto, para sostener mi humildad patológica, yo sigo escribiendo, dando cursos, atendiendo pacientes, dirigiendo obras de teatro y haciendo mis unipersonales. Poco, muy poco. Como me señaló mi hijo mayor, hay un aforismo implicado que lo ha convertido en lema rector: “la diferencia entre poco y nada es mucho”.

Será humildad patológica, pero no puedo dejar de pensar y de sentir que es demasiado poco lo que hago y que es demasiado mucho lo que quiero hacer. A lo mejor, debo pensar en otras formas de ring. Y yo también pasar de mi queja a mi combate.

Edición: 3200

 


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