Del chineo al feminicidio

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Por Alfredo Grande

"Y si un día no vuelvo, hagan mierda todo"

Ursula Bahillo. Asesinada por la maldita policía

(APe).- De lo que siempre se trató fue de las crónicas de muchas muertes anunciadas. La monserga oficial acuño que “si se puede prevenir no es un accidente”. Entonces si no es un accidente, si además de no ser un accidente, es permanente, constante, con evidencias cada vez más crueles y siniestras, entonces es una masacre. O un genocidio por goteo. Palabras demasiado livianas para referirse al exterminio de vidas, culturas, deseos, esperanzas, vínculos, amores, alegrías.

Creo haber escrito, aunque ahora mi memoria se ha convertido en un bien escaso, que el fascismo consiste en resolver el conflicto con la eliminación de una de las partes del conflicto. La solución final que siempre vuelve a su punto de partida. Solución final que no finaliza, sino que, sostenida en el tiempo, sigue atacando y asesinando con las diferentes máscaras de la cultura represora. En uno de los textos de Sigmund Freud que la cultura de sus traductores bautizó como “sociales”, señala que el grado de desarrollo de una cultura se mide por la forma en que trata a los más vulnerables. Y agrego: por la forma en que cada cultura activa y amplía los protocolos de vulneración.

El discurso justificatorio de la cultura represora siempre es, con pocas variantes, el “por algo será; algo habrá hecho”. Un aforismo implicado señala: “la culpabilidad del victimario se diluye en la culpa de la víctima”. La culpabilización permanente de las víctimas es una política pública del estado represor. Con indudables efectos. Entre ellos, la parálisis y la proliferación de las abstracciones inconducentes.

Hace décadas para hablar de las mujeres se decía “el sexo débil”. La cultura represora siempre tiene razón, aunque es una razón represora. Además de repudiar esa idea, creo que merece ser analizada. ¿Cuál es la debilidad del sexo débil? Pienso que nada menos que confiar en la protección del “sexo fuerte”. La relación entre el estado de bienestar y las masas vulneradas, donde pueden cuestionarse muchas políticas públicas, pero no interpelar al estado como tal. En el peor de los casos, se puede cuestionar a sus ocasionales gerenciadores, que algunos llaman funcionarios. Y la fuerza del sexo fuerte está sostenida desde la debilidad del sexo débil. Los empobrecidos financian a los enriquecidos. Los impuestos al consumo son permanentes¸ mientras que el meneadito del aporte solidario de los grandes afortunados es por única vez. A mi criterio, la debilidad del “sexo débil” es haber idealizado, de diferentes maneras, al “sexo fuerte”.

El patriarca proveedor de bienes y servicios que formatea a la favorita como proveedora de hijas, hijos y placeres. El constructo represor que algunos llaman la sagrada familia. Delirio vincular sostenido desde un delirio universal que es la vocación exterminadora de todas las religiones monoteístas.

No es casual que, en un dólar en extinción planetaria, esté escrito: “in god we trust”. (en dios nosotros creemos). A dios rogando, y con el dólar dando. Y el “we trust” (nosotros creemos) ha viralizado en casi todas las lógicas de funcionamiento. “We trust” en el capitalismo, la democracia, los curas, los presidentes y las presidentas, los lindos, limpios y buenos, los influencer, los editoriales de la prensa canalla, los declaraciones de honestidad de los corruptos y ladrones. En el padre Grassi, en la democracia como lo mejor de lo peor, en que cuidar son dos metros y un barbijo.

Creemos que la propiedad privada es sagrada, que no es bueno que el hombre esté solo y de paso, la mujer tampoco. Creemos que las leyes generan cambios en la misma generación que se promulgan, en que no somos un país racista y en que sí somos el granero para otros mundos.

También creemos que la polaridad fundante es democracia o dictadura y no creemos que el estado represor florece en democracia.
Ante algunos episodios inesperados, una reacción habitual es: “¡no lo puedo creer!”. O sea: no queremos creer en aquello que no deseamos pensar. Y una de las cosas que no deseamos pensar es que lo que podemos denominar la vieja normalidad, estaba saturada de multiplicidad de crímenes contra la humanidad. Y que muchos y muches benefactores apenas son activos miembros de mafias planetarias.
No queremos creer, por el riesgo de que nos rotulen como conspiparanoicos, que hay un plan de exterminio de todo lo débil, lo debilitado, lo vulnerable. Exterminio sistemático y planificado de etnias, naciones, pueblos, recursos naturales y también personas. La cultura represora divide para reinar. ¿En qué consiste esa división? En haber pulverizado los “meta relatos” y hacer un permanente análisis de la realidad desde el caso por caso; de anécdota en anécdota, de estadística en estadística. ¿Cuántos infectados hoy? ¿Cuántos muertos hoy? Se registra la cantidad para encubrir la calidad. O sea: el sentido, la cualidad, de los asesinatos planificados rotulados como muerte súbita.

Sin embargo, no hay en primeras planas las estadísticas del chineo en Argentina. Como en la Edad Media y a plena luz del día, varones criollos, adinerados, comerciantes o terratenientes, con poder económico o político, someten a niñas menores de edad de las comunidades indígenas del norte del país a un ritual de iniciación sexual que parece increíble que aún exista: se las llevan de los pelos, las alcoholizan, abusan sexualmente de ellas (muchas veces en manada), y luego las devuelven a sus comunidades como si nada hubiese sucedido. Una forma de racismo contra los pueblos originarios que se mantiene en el tiempo y que aún no ha desaparecido.
Hay un hilo conductor, un lazo no demasiado invisible, desde la cacería de mujeres que para y torturarlas y asesinarlas las bautizaban de brujas, el chineo como práctica cultural represora que es una de las tantas formas de fascismo sexual y los feminicidios que no sabemos impedir. Y en derrape total, no solamente nos cuesta enfrentar a los enemigos, sino que nos equivocamos en determinar quién es el enemigo. Escuché una caracterización del varón como enemigo. Desconozco si varón es sinónimo de hombre. Entiendo que no, pero creo que a nivel convencional se escucha como sinónimo.

Toda premisa falsa lleva a una conclusión errónea. “Los feminicidios los realizan varones. Por lo tanto, los varones son feminicidas”.

Como varón, hombre, o lo que de eso todavía quede, me caben las generales de la ley. O sea: estoy implicado en aquello que cuestiono. Lo que lejos de neutralizarme, me otorga el beneficio de las convicciones militantes. Reduccionismo de género cuya conclusión inevitable es una declaración de guerra. Que de todos modos sería preferible al exterminio silencioso. Pienso que el enemigo es la construcción del mito del “sexo débil y del sexo fuerte”. La deconstrucción de las masculinidades y la deconstrucción de las feminidades podrá lograrlo. El enemigo son formas lógicas culturales de exterminio, que, aunque sean encarnadas más frecuentemente por varones/machos/hombres, no son su origen, sino una de sus más siniestras consecuencias. La conocida carne de cañón habitualmente eran niños. La infantería. La cultura represora es también, la degradación de todos los géneros. Obviamente, no de la misma manera ni con la misma intensidad. Pero pienso que el feminismo combativo, clasista y revolucionario es también, una lucha de varones.

Como bien señala Pablo Hernández Parra: “¿Que harán los trabajadores, asalariados y pobres del mundo ante esta guerra a muerte decretada en Davos 2021?. Por los momentos profundizar el arma de la crítica a todo lo existente, mientras acumulamos fuerza, consciencia y organización, que nos permita pasar a la crítica por las armas y un nuevo intento de tomar el cielo por asalto”. Y si los lectores me otorgan benévola curiosidad, diré que es la lucha de Rajnar Lotbruck junto a Lagertha. A mi edad, es grato pensar en un Valhalla donde me esperan los combatientes de la historia.

Pinturas: Pablo Domrose y Pavel Eguez

Edición: 4163


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