De Milagros y países

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Por Ignacio Pizzo

(APe).- Hay milagros, más no divinidades, milagros, que no provienen por encargo a algún muerto vivo que providencialmente aterriza en respuesta a una solicitud terrenal a través del cebo encendido por una mecha. Milagros es una hermosa nena nacida, según consta en su historia clínica, por “parto domiciliario”. Sin embargo su historia real de vida ha tenido su principio mucho antes cuando nació el primero de sus siete hermanos o quizás cuando Isabel, su madre, que padece una epilepsia de esas que no perdonan, en su imaginario deseó milagros y no castigos, calvarios. Si continuara con un razonamiento profético el piso de tierra de la casa que habitan, la mugre, las moscas, el agua podrida de la calle sin asfaltar, serían cúmulos de odio de algún ser demoníaco. No obstante, lejos de subestimar cualquier tipo de credo, mi “creencia” me conduce por un camino que concluye que el deseo de esta realidad se funde con un estado que es omnipresente.

Milagros en la consulta, está en brazos de su madre. Tiene 8 meses y pesa 5 kilos, se desvive por cerrar el balance, tratando de absorber de Isabel, algo de su grandeza a través del pecho. En este encuentro con la balanza Milagros estalla en llanto, su pensamiento mágico asociará presumiblemente que la bandeja de hojalata es una alfombra voladora que no se desprende de lo terrenal.
En los submundos del partido de Moreno, el barrio Santa Brígida es uno de esos lugares que alojan niños y niñas con semejante suerte. Con la culpa mundana de un ser peligrosamente creyente, el sistema municipal de salud, cuenta con el PSF (Plan de Salud Familiar), con la idea de captar a las familias llamadas “de riesgo”, para otorgarles facilidad en el acceso a la consulta médica. Pero con mover las pesas de la romana no se erradica el hambre, mentor del saqueo neuronal, punto de partida de un andarivel que lleva ineludiblemente a contar con niños que tendrán dificultades al momento de incorporar conocimientos; ya que el 85 por ciento del tamaño del cráneo de un adulto se completa entre los dos y tres años, y es un indicador indirecto del crecimiento cerebral.
Durante la visita domiciliaria, la trabajadora social toma nota, procedimiento de rutina, para el informe socio ambiental, que aún debe estar en la estación terminal de la vía administrativa. Carmen, coordinadora del centro comunitario “Los Botijas” acompañada por sus educadores, presencian también esta postal y aunque forman parte de una organización social que palpa a diario y en carne viva el desamparo, no naturalizan los horrores. “Los Botijas” abrazaron a Milagros y a su familia y no desde la caridad de aquellos que se desprenden de sus migajas, sino desde el compromiso amoroso de sostener en alto, cotidianamente, la bandera contra el exterminio que conlleva la desnutrición.
La postal descripta deja vislumbrar dos proyectos opuestos de país. Por un lado, aquel burocrático e inoperante, que fabrica parches de algodón, programas fragmentados destinados a otorgar títulos de pobreza, para que al fin continúe el maleficio. Por otro, el país del abrazo que no quiere adoptar la costumbre del olvido.

 

Edición: 2092


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