De Mariano Ferreyra al subte: la dignidad en la vía

Dieciséis años después del crimen de Mariano Ferreyra, en una trama de la burocracia sindical y connivencia policial hay historias que se siguen repitiendo. La escalada represiva en la línea del subte B terminó en la detención por algunas horas de los máximos dirigentes gremiales de los metrodelegados.
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Por Claudia Rafael

(APe).- País circular. Que se devora a sí mismo una y otra y otra vez más. Que repite historias. Como la represión y detención ayer de metrodelegados. Por parte de un Jorge Macri que quiere mostrarse ante el mundo como el patrón de “ley y orden”.

Y el país se sigue devorando a sí mismo. Dieciséis años pasaron desde aquel octubre de 2010 en el contexto de una lucha por el trabajo cuando la urdimbre entre las patotas sindicales, barras, burocracia gremial y el aval de la complicidad policial acribilló a Mariano Ferreyra, un pibe de 23, militante de izquierda desde adolescente. La memoria popular tiene el deber de cobijar esos hitos para no quedarse únicamente en la chapa que identifica el nombre de una calle. Dieciséis años atrás, buscaban el pase a planta permanente y el fin de la precarización laboral para un grupo de ferroviarios tercerizados.

Ese tiempo es un segundo tan solo en la historia de los pueblos. Apenas el tiempo que toma una mariposa en aletear unas cuantas veces. Pero quedó como un símbolo atroz de cómo los entramados burocráticos de la traición logran desnudar aquellas cuatro verdades de Agustín Tosco cuando decía hace casi 60 años que es preferible honra sin sindicatos, que sindicatos sin honra. Los sindicatos no son uno o cien edificios, los verdaderos sindicatos son un conjunto de compañeros unidos por el gran ideal de justicia y de redención humana. Lo demás viene por añadidura.

En ese aletear, se destruyeron puestos de trabajo, se cerraron ramales y estaciones, se derrumbó a mínimos históricos la cantidad de kilómetros de vías, se privatizaron líneas de carga. Un millón de pasajeros utiliza cotidianamente las siete líneas de trenes que llegan al centro porteño en condiciones paupérrimas. Vagones desbordados, sucios, con frecuencias irregulares y suspensión aleatoria y abrupta de servicios.

De aquel país que se jactó de tener 47.500 kilómetros de vías que unían la geografía nacional de este a oeste y de norte a sur, hoy restan migajas. Sólo en el primer cuatrimestre de 2024 el presupuesto de la Administración de Infraestructuras Ferroviarias se redujo un 92 %. Después de eso, la debacle de lo poco que quedaba fue fatal.

Mariano Ferreyra se transformó en el símbolo de una lucha que sindicatos sin honra se encargaron de violentar y tratar de apagar hasta la misma muerte.

Dieciséis años después los Metrodelegados (Asociación Gremial de Trabajadores del Subte y Premetro) reclamaron por las presiones de la concesionaria para que un trabajador hiciera más horas de las pactadas. Bastó esa protesta, bastó la liberación de molinetes, para una reacción represiva feroz que busca posicionar a Macri el primo como el gran sherif: lo que la Justicia ordena se cumple. No vamos a aceptar extorsiones mafiosas. El que bloquea un servicio esencial va preso. Sin vueltas. No voy a permitir que estos le jodan la vida a millones de personas para defender sus curros y encima se la lleven gratis. Ley y orden.

En una emulación de la ministra Monteoliva, la que tras la quinta marcha universitaria definió que “en Argentina, nadie está por encima de la ley”.

Y en pos de esa ley y orden, y de la salvaguarda de los intereses económicos de la empresa (levantar los molinetes implica sencillamente que nadie pague el boleto), en un conflicto sectorial sin mayores complicaciones para nadie, la decisión represiva condujo al paro generalizado en los subtes. Con la detención de los mayores dirigentes gremiales de los metrodelegados en una avanzada autoritaria ilimitada.

Lo demás viene por añadidura, repetía Tosco casi 60 años atrás. En un sendero de construcción por la redención humana, que no es otra cosa que rescatar a la condición humana de la esclavitud a la que empuja un sistema de avasallamiento y opresión. Y salirse de un círculo de repetición infinito.


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