Cuando gobernar es delito

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Por Alfredo Grande

(APe).- Siempre supimos que desde la cantidad emerge la calidad. O sea: de lo poco nunca surge lo mejor. De lo mucho a veces tampoco, pero las posibilidades aumentan. Es altamente improbable que juguemos una vez al quini y ganemos. Si queremos, como se decía antes, sacar el gordo de navidad, muchas navidades eran necesarias y frecuentemente inútiles. Como dije en un aforismo implicado “en un sistema injusto, las dos constantes de ajuste son el azar y el delito”.

Hemos sido educados, instruidos, adoctrinados y embrutecidos en la idea delirante de que los gobiernos cambian, pero los Estados quedan. Y que la Argentina es una continuidad política, jurídica, afectiva, más allá y más acá de cuáles son los mecanismos que se hayan utilizado para que los gobernantes sean gobierno.

En la actualidad de la cultura represora, las analogías, metáforas bizarras, ejemplos decadentes, etc, aluden siempre a: batalla, guerra, comandante en jefe, la jefa, (no incluyo por no tener evidencia directa “el jefecito”), enemigo invisible, enemigo visible, guerras y no solo comerciales. La cantidad de alusiones a la lógica militar y de la soldadesca, son en pleno apogeo de las orgías democráticas, que algunos llaman elecciones, una desmentida absoluta de la polaridad que instaló la doctrina del “Nunca Más”. Democracia o dictadura.

Ahora sabemos que la dictadura (el poder absoluto de la potestad punitiva del Estado) es apenas una sobreactuación del cotidiano democrático (el poder relativo de la potestad punitiva del Estado). Hago una enumeración absolutamente acotada. Gatillo fácil, exterminio etnias originarias, sicariatos del narcotráfico, feminicidios, contaminación ambiental por venenos de curso legal, deforestación para que los recursos naturales sean definitivamente no renovables, la criminal demora de Juan Schiaretti en la declaración de emergencia roja frente a los nuevos incendios en Córdoba, arrasamiento de los humedales, masacres de mediana intensidad, escolaridades rigurosamente saboteadas, hambre para hoy y desnutrición para mañana, necesidades básicas crónicamente insatisfechas, empobrecimientos lícitos, enriquecimientos ilícitos en estado de impunidad judicial, la industria de la trata, la esclavitud laboral, la servidumbre mental, la fuga que en realidad es turismo de capitales, los campos de concentración previsionales que algunos llaman “jubilación”.

Este listado y todo lo que falta no es solamente cantidad. Hay una nueva cualidad, es decir, un sentido nuevo. La maldita policía, la soldadesca asesina, son apenas, el brazo ejecutor de las políticas que gobernantes planifican. Organizan. Establecen. Se presumen impunes. Se saben impunes. Gobernar es asesinar un poco. Un poco bastante. Y no digo matar. Digo asesinar que es matar no en defensa propia, sino matar en ataque ajeno. Chocobarismo como políticas de Estado. Que siempre es responsable. Pero también es culpable.

No hay forma de ejecutar delitos en escala mayorista, casi todos en concurso ideal, si el Gran Hermano no lo autoriza. Para aclarar que no siempre oscurece. Los gobiernos son asociaciones ilícitas donde el “bien común” es una coartada cuasi perfecta.

El etiquetado frontal es saboteado. Así que propongo el etiquetado dorsal. Que los funcionarios, incluso los que funcionan, todos los gobernantes nacionales, provinciales, municipales, dejen de jurar sobre la biblia, porque están invocando a dios en vano. Que juren o prometan sobre el código penal. Donde casi todos los actos de gobierno, y no solamente los “clasificados”, están tipificados como delitos. Algunos con penas severas y con la accesoria de reclusión.

La historia de los presidentes en Perú es una prueba irrefutable de la fiscalía. Fujimori sigue preso y tiene un alto presupuesto para mantenerlo detenido. Recuerdo cuando algunos, no pocos, cantaban: “ay patria mía, dame un presidente como Alan García”. Fue una de las tantas campañas destituyentes contra Alfonsín que finalizaron exitosamente con la llegada de la “comadreja de los llanos”, según supo definir el mejor Pino Solanas. Ese presidente se suicidó. No Alfonsín, sino Alan García.

Argentina país generoso con delitos de lesa gobernabilidad. La generosidad tiene también cara de hereje. Y también cara de cómplice. Lisandro de la Torre se suicida ante el desgarro del asesinato en el senado de su amigo Enzo Bordabehere en 1935. La culpa no es del chancho sicario sino del que le ordena matar. Por lo tanto la memoria histórica, o sea, la memoria clasista, es la mejor pedagoga.

No tengo ninguna esperanza de que dios y la patria lo demanden. Pero tengo el anhelo de que otros dioses, otras luchas, otros tiempos, los encarcelen. Para que gobernar no sea nunca más, licencia para robar y asesinar.

Edición: 4401


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