La niña de los lápices de colores

Crimen y castigo

Una niña de 12 años intentó llevarse sin pagar fibras y lápices de una librería pampeana. La respuesta inmediata fue un operativo policial de dimensiones. En el mismo país en el que los verdaderos criminales cocinan impunemente el hambre de millones.

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Por Claudia Rafael

(APe).- En el país de la absoluta libertad, una nena de 12 años simplemente estiró la mano y tomó una cajita de fibras y otra de lápices de colores. El abanico de libertades, simplemente, no contempla a las niñas y los niños olvidados.

En el país de la libertad pregonada desde el universo de tik tok y de X las víctimas continúan siendo los derrotados desde el origen.

La niña de 12 años que necesita llevarse fibras y lápices de colores sin pagar de una librería de General Pico para aliviar los dolores de una madre sola con seis hijas integra la larga fila de los descartados. Los que, cansados del castigo sostenido, simplemente estiran la mano para tomar lo que necesitan. Con 12 años. Y que no entienden que la ferocidad del capitalismo los dejó del lado del no privilegio y a los que, como sea, se buscará disciplinar.

Hace dos décadas, Alberto Morlachetti escribía que el neoliberalismo individualista castiga a los delincuentes que ha producido, a los que podría llegar a producir y a los que ya no lo serán jamás. Las víctimas predilectas del sistema penal son los heterogéneos y los vencidos del mundo, se persigue tanto a los “peligrosos” como a los indefensos. Por eso encierra no sólo a los presuntos delincuentes, sino también a los ancianos y a los niños hambrientos.

Esta vez fue en la tardecita pampeana, cuando una nena le pidió permiso a su mamá para ir al parque. El deseo de completar la lista de útiles escolares la llevó hasta la librería y le bastó simplemente con tomar lo que necesitaba para que se encendieran todas las alarmas del mundo ante la feroz delincuente que se alzaba con el preciado botín. La respuesta fue inmediata: dos patrulleros, dos motocicletas y varios policías de a pie. Sirenas ululando y vehículos interrumpiendo parte del tránsito. Clientes y paseantes asomando sus narices para atestiguar lo que parecía el gran robo del siglo.

Como apenas tiene 12 años, todo se resolvió bastante más rápido de lo que hubiera sucedido si hubiese tenido 16 en que –para regocijo de quienes dejan asomar sus colmillos manoduristas- se hubiesen abierto otros engranajes de índole judicial. La nena fue entregada a su mamá. A la que intentó ayudar porque sabe que esa mujer sola con seis hijas, cuyo marido murió de covid durante la pandemia, hace malabares para criarlas. Que tuvo a su hija mayor cuando apenas tenía algunos meses más que la niña de la librería.

En un país en el que deambulan entre oscuridades 27 millones de pobres mientras se subsidia con 100 millones de dólares anuales a Marcos Galperín (mercado libre) por su aporte a la promoción de la economía del conocimiento; en donde se desertifican los sueños y se envenena la vida cotidiana mientras se fogonea el modelo extractivista y se abren más y más las puertas a los devoradores de nuestros recursos naturales (litio, petróleo, agua dulce); en donde el hambre sigue siendo un crimen nunca sancionado mientras una niña de 12 años es llevada por la policía de una librería por haberse atrevido a guardarse fibras y lápices para tratar de ponerle colores a un mundo cada vez más gris y hostil.

Los verdaderos criminales, en tanto, siguen –impunemente- cocinando los destinos de millones.


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