Consumo, luego existo

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 Por Alfredo Grande

“un fascista es un liberal asustado. Un práctico es un progresista contrariado”
(aforismo implicado)

“NINGUNO DE LOS PLANES DE CONSUMO SE CONSIGUE EN LOS COMERCIOS EN LAS CONDICIONES PROMETIDAS
Siete anuncios que se quedaron en el atril
Ni las heladeras a $1.440 ni los cero kilómetro rebajados. Tampoco hay préstamos baratos. En qué anda cada promesa de Cristina.
(Diario Crítica de la Argentina 08-01-09)

(APe).- Hacía tiempo que no veía a la gran abuela tan contenta. Nunca quise decirle “bisabuela” porque me daba la impresión de una abuela al cuadrado, una imagen que por alguna razón me contrariaba. A mi abuela, cuyo carácter tenía el matiz amargo del sufrimiento cotidiano (viajaba en tren en las hora pico y nadie le daba el asiento entre otras cosas porque era imposible llegar cerca de alguno) hasta llegó a esbozarse una débil sonrisa. No era para menos. La gran abuela había logrado leer (mantenía una vista prodigiosa quizá por haberse negado sistemáticamente a ver televisión) un extraordinario plan canje. Cuando escuchó de boca de la presidenta que era un plan renovación y cambio, no pudo dejar de recordar a su amado Alfonsín del 82. La gran abuela se había afiliado a la unión cívica radical para disputarle la interna al alvearismo de De la Rúa. Alguna vez confesó fantasías eróticas en la laguna de chascomús, con violentos orgasmos mientras su amado raúl ricardo recitaba el preámbulo de la constitución nacional. Volver a escuchar renovación y cambio, aunque sea de electrodomésticos, le devolvía un poco de alma al cuerpo, aunque éste hubiera perdido la capacidad de recibir y de dar hace mucho. “¡nena -dijo la gran abuela, refiriéndose a mi abuela- vamos a poder cambiar la heladera de hielo!” En efecto: como no hay nada más atemporal que la familia, la tradición y cualquier propiedad, mi gran abuela se mantuvo firme en defender la excelencia de su heladera de hielo. Varias generaciones se reunieron en una recordada asamblea familiar cuyo tema central fue: freezer ya! Nada la convenció. Pero como el corazón tiene razones que la razón no entiende, esa fábrica de construir consenso que algunos llaman gobernabilidad, logró el milagro. La nueva renovación y cambio, profecía del naciente alfonsinismo, ahora quedaba reducido al canje por una nueva heladera. Quizá el arte de la política sea ese: enamorarse de lo irracional, creer porque es absurdo, como proclamaba san agustín (como a veces tengo cabeza de termo, al decir de maradona, puedo equivocarme de santo). Pero la abuela en primer lugar, mis padres, tíos, primos, yernos y yernas, nueras, bis nietos (nietos al cuadrado) y etc, todos nos alegramos. No fue fácil convencer a la gran abuela que Frávega, Garbarino y Rodó no eran la versión consumista de los reyes magos. O quizá sí, porque es sabido que entre los delirios y la verdad a veces es solo cuestión de tiempo. Como en las mejores familias, sin hablar de las peores, siempre está el león sordo, o el buey corneta, o para hablar sin tapujos, el tío borracho. Mi tío no bebía alcohol, pero como sus opiniones eran siempre discordantes, todos decían: “no le hagan caso, está borracho”. Cuando estaba de buen humor, mi tío respondía: “los borrachos son ustedes, ustedes”. Cuando estaba de mal humor, directamente insultaba. “¡testestúpidos!” Neologismo del cual nunca supe el origen, aunque la familia se lo adjudicaba a una novia holandesa que el tío supo tener con la misma convicción con que la supo perder. Algunos comentarios del tío borracho fueron: “de la dignidad del trueque a la degradación del canje”; “bajen el iva, canallas”; “¿alguien encontró una garrafa social”; “no pagaré una canasta de navidad que valga más de 9 pesos”. Mi tío era un perfecto caso de resentido social, y por eso sus opiniones no eran siquiera consideradas. La familia lo fue apartando, especialmente después que en un aniversario, ya no me acuerdo de qué, preguntó: “¿alguien me puede explicar para qué sirven los bancos?” Lo insultaron sin contestarle, y años después encontré la respuesta en Bertold Brecht. También años después entendí que el tío borracho era el exponente, no muy refinado, pero exponente al fin de una conciencia crítica contra la sociedad burguesa. Me di cuenta que la gran abuela proponiendo en alguna casa del ramo el canje de la heladera de hielo por una “no frost”, para recibir como respuesta “sólo tenemos el modelo no hay”, era el signo de la debacle cultural de varias generaciones. Suponer que el consumo de electrodomésticos, autos, ropa, turismo, etc, es una forma de reactivar la economía, implica una nueva, aunque no será la última, mercantilización de la vida. Masas enloquecidas buscando la última oferta, disputando heladeras, split, plasmas, home theather, teléfonos celulares que necesitan un curso introductorio para poder hacer al menos alguna llamada, son la señal que el capitalismo es un delirio. Y como tal, condiciona la conducta del sujeto. Como los préstamos hipotecarios para adquirir viviendas “sociales”: nunca aparecieron, pero ya están marcados a fuego en el imaginario colectivo como si alguna vez hubieran existido. Con cierta razón, Miguel Bonasso, el kirchnerista que ya fue, plantea el pasaje de la razón progresista a la razón práctica. Práctico era el idóneo que llevaba al buque a puerto. No creo que sea la situación actual. La lipotimia, la deshidratación, han sido tratadas con un nivel de encubrimiento tal, que hasta un periodista escribe un parte médico en un diario, en una extraña mezcla del Dr. House y Truman Capote. ¿Cómo decirle a la gran abuela que su heladera de hielo es mejor que cualquier promesa de la cultura represora y que, de alguna manera, el tío borracho tenía razón? Y que el endeudamiento permanente es sólo un remedio para suicidas. Cuando la existencia queda ligada al consumo, barriles de nafta estamos acercando al incendio. Sabemos que el consumidor orgulloso es un contribuyente silencioso. El IVA y el Indec son indicadores suficientes de que ni siquiera cuando se propone el consumo, lo que interesa es que se consuman objetos. Lo único que realmente interesa es que se sostenga y aumente la recaudación fiscal. A esta situación, años después de los diálogos con mi tío borracho, la denominé “consumismo”. Es decir, consumir consumo. Sentido final de la existencia.
Creo que a pesar de los reproches de la gran abuela y de toda la familia, este escrito se lo dedico al querido tío borracho.

Edición: 1420

 


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