Plomo en la sangre

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Por Claudia Rafael

(APe).- Ya son cuatro los niños a los que se les encontró plomo en sangre en Ceres, un pueblo del norte santafesino de algo más de 20.000 habitantes. Más una niña del mismo entorno que, apenas con dos años, murió el día en que los reyes magos anunciaban su llegada a la tierra. Se llamó Xiomara, que tal vez no por azar significa la estrella más hermosa del universo. Todos ellos consumieron agua contaminada en los terrenos en los que por más de 40 años funcionó una fábrica que cerró sus puertas en 2017. Allí vivían, en las carcazas abandonadas de Nesaglo, que por décadas se dedicó a la fabricación de acumuladores, pilas y baterías. Estructuras vaciadas de contenido (como muchas leyes y tratados que enuncian los derechos de los niños) que las familias ocuparon como quien busca un techo y cuatro paredes en las que sostener, como sea, la propia vida.

Escribía Galeano: “El sur del mundo genera marginados”. Y el sistema –decía- “los invita a desaparecer. Les dice: ustedes no existen”.

La tierra, para esas familias, no representaba lo que Ceres, la diosa romana de la agricultura, fértil y protectora, por la que el poblado adoptó su nombre. De ese trozo de tierra abandonada en la que se producían acumuladores, pilas y baterías, el veneno sigue inyectándose silencioso en el agua. Siglos enteros persiste ese cóctel tóxico para seguir inoculando muerte y enfermedad desde los sótanos de la superficie.

Las niñeces juegan, se arrastran por el suelo como una ventana para conocer el mundo, juegan con el barro. Se llevan los dedos a la boca. Respiran cerca de la tierra. Huelen y ríen del polvillo que emana pócimas fatales.

“En los períodos críticos del desarrollo del cerebro”, dice la SAP (Sociedad Argentina de Pediatría) el plomo va pisando fuerte y marcando el territorio para incidir en la vida futura de esas infancias. El plomo actúa sobre “la barrera hematoencefálica inmadura, que sirve para controlar y restringir el paso de sustancias tóxicas entre la circulación sanguínea y el fluido cerebral”.

Pero la SAP también advierte: “El niño que se diagnostica a menudo representa la punta del iceberg”.

El gobierno municipal de Ceres reconoce que “hay cuatro niños que están siendo asistidos en Santa Fe por habérsele detectado plomo en sangre”. En la misma semana el gobierno de Ceres decretó como “zona no apta para ser habitada a los terrenos en dónde funcionaba la ex fábrica Nesaglo por considerarse de riesgo ambiental y peligro sanitario”. Casi una ironía que no borra el plomo de la sangre que irrumpió en la infancia ni revierte el destierro de los cesados eternos del sistema.

Esos cuatro niños hoy -y Xiomara hasta el 6 de enero- viven hundidos en eso que Javier Auyero llamó “sufrimiento ambiental” y que tiene íntima relación con lo que el mismo sociólogo, denominó “dominación simbólica”. Son los destituidos urbanos. Los que buscan un pequeño terruño en el que desparramar sus ínfimas posesiones en un mundo en el que la propiedad privada es diosa y señora.

Auyero y Débora Swistun escriben en “Inflamable, estudio del sufrimiento ambiental” que “los pobres no respiran el mismo aire, no toman la misma agua, ni juegan en la misma tierra que otros. Sus vidas no transcurren en un espacio indiferenciado sino en un ambiente, en un terreno usualmente contaminado que tiene consecuencias graves para su salud presente y para sus capacidades futuras”.

El Plomo y el mercurio no son biodegradables. Por lo tanto resisten a la historia misma.

De los cuatro niños un chiquito de un año y ocho meses y una nena de tres años, que vivían en la ex Nesaglo, como Xiomara, están internados en el hospital de Ceres. En edades en las que las huellas de los metales pesados les acompañarán los días y las noches de sus vidas.

Son los herederos de la destitución urbana. Los hijos e hijas de los nadies. Los condenados de la tierra. Los que resisten desde el olvido de una fábrica que ya no produce sino toxicidades perpetuas.

Edición: 4155

 


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