Chatarra

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Por Carlos del Frade

(APE).- Hay medio millón de páginas en Internet que hablan de la chatarra. Para los que viven en los arrabales del mundo, la chatarra y la escoria son sinónimos de basura.
Para los empresarios vinculados al acero y otros menesteres económicos, la chatarra y la escoria sirven para ganar dinero. Pasó con la chatarra y la escoria de los ex ferrocarriles argentinos que engrosaron los depósitos de la empresa Acindar, en Villa Constitución, en tiempos de la dictadura de Juan Carlos Onganía.

Durante los años setenta y ochenta, por ejemplo, la chatarra y escoria de la Sociedad Mixta Siderúrgica Argentina, la ex SOMISA, en San Nicolás, era transportada de manera no muy clandestina hasta los galpones de las empresas privadas. El gran saqueo de la chatarra y la escoria estatales no tuvo nunca ningún tipo de sanción.

La chatarra y la escoria, entonces, tiene un valor económico que no se relaciona con la forma con que se utilizan en el lenguaje corriente. Se habla de comida chatarra, por ejemplo, para hablar de la comida basura. A veces se habla más de la comida basura que de los que comen de la basura.

Entre el medio millón de páginas que hay en Internet sobre el tema de la chatarra uno se puede encontrar con que el gobierno colombiano, por ejemplo, se vio en la necesidad de reducir la exportación de chatarra y escoria derivadas del acero porque afectaba a su economía.

Y otra noticia sostiene que fueron los chatarreros los que resistieron la invasión de las tropas israelitas en la zona de Gaza, en el siempre conflictivo Medio Oriente.

La chatarra como negocio, la chatarra como basura, la chatarra como excusa de resistencia política.

Para Gustavo Romero, de veinte años, la chatarra que podía cargar en un descampado era sinónimo de gambeta corta a la mishiadura. Apenas una burla de horas a la ausencia de dinero crónico.

Gustavo vivía en Las Heras, provincia de Mendoza, y llevaba en su carretilla lo que podía juntar para después intentar hacer unos pesos.

Lo mataron de un balazo en pleno pecho. El proyectil del 22 le entró muy cerca del corazón.

El que lo mató, Nicolás Ojeda, de cincuenta y cinco años, era el encargado del basural adonde se tira la chatarra, la escoria y una serie más de indefinidos desperdicios.

Ojeda no preguntó demasiado. Alguien lo había convencido que la chatarra y la escoria tienen más valor, mucho más valor que la vida de una persona. Que vale la pena matar por la chatarra tirada en un baldío, en un descampado como se lee en las noticias.

Ojeda no dudó porque incluso vio hasta una cama vieja entre las cosas que se llevaba Gustavo y su hermano Luis.

Para el cuidador de la chatarra y la escoria no hubo lugar a dudas.

Aunque Gustavo y Luis no estaban armados. Solamente cargaban con la basura y la cama vieja.

El cuidador, entonces, cumplió con el mandato que le impusieron. Disparó con su revólver calibre 22 y terminó con la vida de Gustavo.

No tuvo tiempo ni de pensar ni escuchar ni mucho menos imaginar que existe una especie de simulacro cada vez menos concreto llamado servicio público de justicia y un Estado que debería encargarse de estas cosas de delitos menores y de los otros.

Solamente existía en su cabeza una convicción potente, clara: la chatarra vale más que cualquier vida de cualquier desesperado.

Los peritos forenses de la policía mendocina y los técnicos de los tribunales indagaron las causas del asesinato y llegaron a sus conclusiones.

¿Habrán llegado a determinar el origen, el momento exacto en que la chatarra y la escoria empezaron a valer mucho más que la vida de un ser humano?

Ninguna crónica habla del destino de la carretilla de Gustavo ni del peso existencial que todos los días cargaban los dos hermanos que buscaban en la chatarra una manera de escabullirle a la desesperación.

Solamente se sabe que la chatarra tiene mucho valor y que si es preciso, se puede matar por ella. Argentina, tercer milenio.

Fuente de datos: Diario Uno - Mendoza 07-10-05

 


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