Belgrano en tiempos de Milei

Hablar hoy de aquel hombre cuyas banderas fueron independencia, revolución e igualdad resulta casi impensable. Manuel Belgrano tuvo como principal ideario la felicidad del pueblo. Y repetía que “el imperio de la propiedad es el que reduce a la mayor parte de los hombres a lo más estrechamente necesario”.
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Por Carlos del Frade

(APe).- Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano murió en la pobreza el 20 de junio de 1820. La bandera la había izado el 27 de febrero de 1812 en una geografía que luego sería la ciudad de Rosario. Estaba enamorado de tres palabras: independencia, revolución e igualdad. Sus verdaderas banderas. ¿Qué diría hoy aquel Manuel que dejó todo lo material de lado porque decidió quemar su existencia a favor de un país nuevo y libre y que tuviera como principal objetivo la felicidad de su pueblo?

Belgrano fue exhumado el 4 de setiembre de 1902.

Trasladaron sus restos al mausoleo que se levantaría en la iglesia de Santo Domingo gracias a la llamada suscripción popular que se había llevado a cabo a tal efecto. Hasta ese momento, Belgrano estaba enterrado en el atrio de la iglesia.

Hay que recordar que cuando murió, el 20 de junio de 1820, no tenía dinero ni para la lápida, de allí que sus parientes pusieron una piedra de lavatorio como señal de último saludo.

Ahora, en 1902, hasta trajeron mármoles y escultores de Italia para la obra.

-Se verificó ayer a las dos de la tarde la exhumación de los restos del general Belgrano que, como se sabe, estaban sepultados en el atrio de la iglesia de Santo Domingo y deben depositarse en el mausoleo cuya inauguración se efectuará el mes próximo – escribió el diario “La Nación”.

El presidente de la comisión, Souto, y los ministros del Interior y de Guerra, Joaquín V. González y el coronel Pablo Ricchieri, junto a los médicos Marcial Quiroga y Carlos Malbrán presidieron el acto en que se levantó la losa del suelo.

El escultor Ettore Ximénez removió los escombros con cuidado pero debajo de la lápida no había ningún ataúd.

Pero sí estaban los restos del Belgrano.

“No había vestigios del ataúd sino algunos clavos y tachuelas. Los huesos estaban dispersos y destruidos por el paso del tiempo. A medida que se extraían se depositaban en una bandeja de plata que sostenía uno de los monjes del convento”, dicen las crónicas periodísticas.

El diario “La Prensa” informó de un nuevo robo contra el revolucionario.

“En la tumba de Belgrano se encontraron varios dientes en buen estado de conservación y admírese el público: esos despojos sagrados se los repartieron buena, criollamente el Ministro del Interior y el Ministro de Guerra. Ese despojo hecho por los dos funcionarios nacionales que nombramos debe ser reparado inmediatamente, porque esos restos forman parte de la herencia que debe vigilar severamente la gratitud nacional; no son del gobierno sino del pueblo entero de la República y ningún funcionario por más elevado o irresponsable que se crea, puede profanarla. Que devuelvan esos dientes al patriota que menos comió en su gloriosa vida con los dineros de la Nación”, sostuvo la crónica del diario.

Gracias a esa denuncia, los dientes aparecieron. El diario “La Nación”, fundado por Mitre, el biógrafo no sólo de Belgrano y San Martín, sino el creador de la visión oficial de la historia argentina, no dijo una sola palabra del robo de los dientes.

Ricchieri llegó a sugerir que esas piezas fueran bañadas en oro. En el senado, mientras tanto, Roca –el mismo de la campaña genocida en la Patagonia, el prócer que más vale en el tercer milenio para los argentinos- enviaba un proyecto para gastar 20 mil pesos en pos de la construcción del Mausoleo. Su firma estaba acompañada de la rúbrica de Joaquín González.

La anécdota no es menor.

El Mausoleo tiene una grandiosidad que, en ningún momento, tuvo la vida política de Belgrano.

Quizás el monumento se justifique por el valor del hombre que recuerda y, entonces, signifique el agradecimiento de las generaciones futuras. No estaría mal que así fuera.

Pero en la fotografía que todavía se mantiene de aquel día de 1902, se puede ver alrededor de la urna donde iban los restos de Belgrano a su nuevo lugar de reposo, las figuras de Roca, Mitre, Ricchieri y Joaquín González, entre otros.

Belgrano habría rechazado los tres momentos: ni el Mausoleo, ni los dientes de oro ni tampoco la compañía de hombres que, a cargo del supuestamente mismo ejército, hicieron todo lo contrario a lo practicado por él.

Y quizás sea esa foto una confirmación: Roca, Mitre y Ricchieri sepultaron definitivamente a Belgrano.

Porque fueron tres dirigentes que impusieron sus ideas a través de la devastación de los pueblos del interior y la configuración de un ejército que en lugar de pensar en las hipótesis de guerra contra alguna potencia extranjera, comenzó a pensar como enemigo a todos aquellos argentinos que se oponían a los proyectos emanados de las élites dominantes.

El enterrador definitivo de Belgrano, Julio Argentino Roca, vale diez veces más que el revolucionario.

Una metáfora que, tal vez, expliquen las ausencias del pensamiento belgraniano en la vida cotidiana de los argentinos.

“Se han elevado entre los hombres dos clases muy distintas; la una dispone de los frutos de la tierra, la otra es llamada solamente a ayudar por su trabajo la reproducción anual de estos frutos y riquezas o a desplegar su industria para ofrecer a los propietarios comodidades y objetos de lujo en cambio de lo que les sobra. El imperio de la propiedad es el que reduce a la mayor parte de los hombres a lo más estrechamente necesario", Manuel Belgrano, en “La Gaceta”, del primero de setiembre de 1813.

“...el vestido de los héroes de la Patria, siempre tirados y siempre en trabajos y poco menos que desnudos”, escribió Don Manuel en una de sus 370 cartas reunidas en el llamado “Epistolario Belgraniano”, recientemente editado.

El párrafo hace mención a sus compañeros de armas. Los describe como héroes de la Patria. Son anónimos. Pero ellos son los héroes. Los protagonistas de la historia.

Para Belgrano, entonces, el sujeto social son las masas anónimas, las que combaten en el interior en pos de una nación americana.

“Llora la guerra civil y destruidora en que infelizmente está envuelta la América”, se lamentaba el dirigente que había sido educado en España en medio de las privaciones económicas propias y las de toda su familia. Se recibió de abogado, volvió y a los 24 años ya era secretario del consulado en Buenos Aires.

Ya estaba “hecho”, según el malversado sentido común de estos tiempos.

Sin embargo repetirá una y otra vez un concepto político existencial desmesurado. Una infranqueable intransigencia contra toda forma de corrupción.

“Ofrezco a VE la mitad del sueldo que me corresponde, siéndome sensible no poder hacer demostración mayor, pues mis facultades son ningunas y mi subsistencia pende de aquel, pero en todo evento sabré también reducirme a la ración del soldado, si es necesario, para salvar la justa causa que con tanto honor sostiene VE”, dijo e hizo el abogado economista transformado en militar.

“No quiero pícaros a mi lado...Lo mismo es morir a los cuarenta que a los sesenta, no me importa y voy adelante, quiero volar, pero mis alas son chicas para tanto peso”.

¿Cuál era el vuelo que quería remontar Belgrano?

¿Qué cielo imaginaba para esas masas miserables que lo seguían?

¿Por qué le achicaron las alas al general?

Dice y repite que en las revoluciones “los que las intentan y ejecutan, trabajan las más de las veces para que se aprovechen los intrigantes...es la época de aprovecharse”. Pero él no se aprovechó. Estuvo siempre a la orden de los distintos gobiernos que se hicieron cargo de un país todavía enemigo de sí mismo. De una colonia que quería cambiar de dueño y formar parte, relaciones carnales mediante, con la potencia hegemónica de entonces, Gran Bretaña.

“Entré a esta empresa con los ojos cerrados y pereceré en ella antes que volver la espalda...”, confesó y fue fiel a esas palabras.

Palabras refrendadas con hechos.

Palabras de un político refrendadas con hechos.

Compromiso. Como así se le llamaba a la coherencia en los años setenta del siglo XX también en estas tierras de América latina.

Un compromiso que lo llevaba a la locura.

En Vilcapugio, Belgrano estaba “parado como un poste en la cima del morro, con la bandera en la mano, parecía una estatua”, narran los historiadores. Allí estaba, en medio del desbande, sosteniendo la bandera por la que había sido juzgado.

¿Por qué ese hombre que había logrado un difícil, pesado y fatigoso ascenso social se exponía a la muerte en un sucio campo de batalla?

También sostienen los cronistas oficiales que Belgrano, en  la retirada de Vilcapugio, se ubicó en la retaguardia y cargó un fusil y cartuchera de un herido.

Estaba cargado de ideas y proyectos. Enamorado de un país inventado en las mesas de cafés clandestinos antes de que estallara el 25 de mayo.

“Crea V que es una desgracia llegar a un país en clase de descubridor”, dijo en una clara demostración de inteligencia y modestia.

Allí se juega el destino de sus sueños. Las ideas de un grupo de una incipiente clase media que tomó el cielo por asalto y que no entendía que allá lejos, a través de ríos y pampas, allá en el interior, se pensaba y se creía en otras cosas. Será un choque para Belgrano, Castelli y los otros revolucionarios. Eso es lo que connota esta primera impresión de Don Manuel cuando se entrevista con la gente de carne y hueso del país que tendrá que descubrir. “Esta gente son la misma apatía; estoy convencido de que han nacido para esclavos”, dijo.

Repitió en abril de 1818: “todo es país enemigo para nosotros, mientras no se logre infundir el espíritu de provincia, y sacar a los hombres del estado de ignorancia en que están, de las miras de los que se dicen sus libertadores, y de los que los mueven para satisfacer sus pasiones”.

Fuente: “Los caminos de Belgrano”, Rosario, 2012, del autor de esta nota.


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