Barrett, o el bicentenario con minúsculas

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Por Oscar Taffetani 

(APe).- “El río y los ferrocarriles hacen el drenaje de la dispersa riqueza, condensandola transitoria o permanentemente en Buenos Aires, que es el mercado, el puerto, la aduana; que es la Capital por ser el capital, anexando el gran volante de la administración a la feria de las vanidades y de los negocios; Buenos Aires, que por ser caja fuerte, es tribunal y cuartel; Buenos Aires, alambique céntrico, teatro instructivo de la lucha de clases en la América latina; Buenos Aires, donde los miles que usufructúan el lujo y los cientos de miles obligados a usufructuar la indigencia, se mezclan unos a otros en la democracia de las calles –la única democracia de estas latitudes-, se aprietan y se frotan, cargándose de una electricidad de venganza”.

 

A veces, releyendo El terror argentino y otras páginas –brillantes- de Rafael Barrett (Torrelavega, 1876 - París, 1910), nos dan ganas de ser Pierre Menard, aquel personaje de Borges, y sentarnos a escribir palabra por palabra esos mismos artículos de Barrett, con sus mismas comas y sus mismos adjetivos (sólo que con un siglo de diferencia), para intentar comprender lo que nos pasa.

Una colega se lamenta, por estas horas, de que la Argentina esté entrando al Bicentenario en medio de un conflicto de poderes y de una puja por el manejo de los fondos públicos.

“La celebración de Mayo –dice Alicia de Arteaga en La Nación- ha ingresado en la agenda de 2010 por las razones menos deseadas. De ahora en más, el Bicentenario quedará asociado irremediablemente al fondo que puso en jaque la continuidad del presidente del Banco Central, en lugar de ser una oportunidad única para acrecentar, entre otras cosas, el patrimonio artístico y arquitectónico, como ocurrió cien años atrás”.

Alguna vez creímos, como la citada colega, que el 2010 iba a ser una gran oportunidad, una foto auspiciosa que la nación iba a sacarse a sí misma, enarbolando sus más queridos símbolos, para mostrarse al mundo. Ya no lo creemos. Y no lo lamentamos.

En rigor, hay varias semejanzas entre la foto del Centenario y la foto del Bicentenario: el centralismo porteño y las asimetrías en el interior del país, por ejemplo; la injusticia social, la pobreza y la exclusión de importantes grupos de la población, para seguir. Porque los detalles arquitectónicos, cuando hablamos de desarrollo humano, son sólo eso: detalles.

Así también, hay grandes distancias entre el Centenario y el Bicentenario. Pensemos, sin ir más lejos, en la ignorancia, la falta de visión estratégica y las ambiciones subalternas de buena parte de nuestra dirigencia de estos días, cuyos defectos se hacen visibles a cada paso.

No obstante, deberíamos empezar a desdramatizar el Bicentenario. Deberíamos comenzar a escribirlo, por lo pronto, con minúsculas.

II

Una de las mejores semblanzas de Rafael Barrett que han quedado fue escrita por Alfonso de Laferrère, editorialista del diario argentino La Prensa, quien obviamente estaba en las antípodas ideológicas: “¿Quién era ese hombre esquivo –dice- piadoso y despiadado, que llegó al río de la Plata en 1903, vivió aquí siete años y se ubicó, desde sus primeros artículos americanos, entre los buenos escritores de la época? Era un desterrado”.

Lo que Laferrère disimulaba era que en la Argentina de la Semana Roja, la de la agitación social y la represión feroz de los cosacos, aquella Argentina que se preparaba para el primer Centenario, no había lugar para Rafael Barrett ni para los que pensaban como él, como no había lugar en la gran prensa para publicar las ideas libertarias.

La nefasta Ley de Residencia, en sus distintas variantes, campeaba. Y por eso Barrett –que la denunció desde el primer día- no pudo permanecer mucho en Buenos Aires, y ni siquiera en Montevideo, debiendo buscar en el Paraguay –más allá de la inestabilidad política y del obligado ostracismo- su definitiva patria.

No sería mala idea, pensamos, en este bicentenario con minúsculas, en este bicentenario des-dramatizado, reeditar El terror argentino. O también, en coproducción con nuestros vecinos y hermanos paraguayos, el clásico Lo que son los yerbales, que denunciaba la explotación atroz en los montes y plantaciones del país guaraní.

Sí, ésa sería una pequeña reparación, para un siglo de injusticias sobre Barrett. Una suerte de Ley de Residencia al revés, en donde la patria saluda y da la bienvenida al visitante que trae entre sus manos, no importa desde dónde, un claro gesto de lucha y dignidad.

Edición: 1677


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