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Por Claudia Rafael
(APe).- Balas perdidas, definen. Balas que perdieron su rumbo quién sabe por qué macabro destino. Balas que siempre, sistemáticamente, se las rebuscan para encontrar la cabeza de una nena que está mirando fuegos artificiales en la puerta de su casa, el bracito de otra que juega en su habitación en un barrio olvidado de Orán, el cuerpo de una adolescente en el patio de la escuela, la cabeza de una chiquita de 5 en Rosario. Balas que extienden el poderío de quien aprieta el gatillo para silenciar un afuera que los perturba. Balas que ponen fin a la vida del padre de unos pibes que jugaban con pirotecnia ruidosa. Balas. Pequeños trozos de plomo creados para matar. Que envalentonan en una búsqueda de correr del medio al vecino que puso alta la música. Al pibe que pasó riéndose más fuerte de ¿lo debido?. Al motomandados que aceleró la moto estruendosamente en la esquina. Más de 12 mil millones de balas se fabrican anualmente en un planeta que este año roza los 8300 millones de habitantes. Esos números indican que todos somos merecedores de uno de esos proyectiles y todavía sobran unos 4000 millones más por si acaso.
Desde los años 80 un pequeño pueblo del sureste estadounidense tiene una ley de armas que dice que “para garantizar y proteger la seguridad y el bienestar general de la ciudad y sus habitantes, todo jefe de familia que resida dentro de los límites de la ciudad debe tener un arma de fuego, junto con municiones”. Donde el arma es una extensión de la masculinidad dispuesta a dirimir cualquier conflicto a los balazos.
En un país como el nuestro, donde la libertad y la felicidad parecen ser bailar al ritmo de la madre patria del norte -la misma que marca los destinos económicos para transferir cada vez más recursos de los sectores empobrecidos a fuerza de motosierra hacia los bolsillos del percentil más rico- también hay que copiar el modelo armamentista.
Ya en junio de este año se emitieron dos decretos que llevan las firmas del hermano presidente de Karina, la del 3 %, y de los dos entonces ministros Francos y Bullrich. El 397/2025, que establece que cualquier civil podrá solicitar autorización especial para adquirir armas semiautomáticas alimentadas con cargadores removibles, así como carabinas y subametralladoras derivadas de armamento militar de calibre superior al .22 LR. Y el 409/2025, que lleva las mismas rúbricas y que introduce cambios en la ley de armas y explosivos por los que desregula todo control sobre la compra de armas (de guerra) particulares por parte de personal de las Fuerzas Armadas, de Seguridad, servicios penitenciarios y policías provinciales. Porque –dice la fundamentación- era un tramiterío muy engorroso.
Armas para todos. Municiones al alcance de cualquiera que quiera festejar disparando al aire para que su bala serpentee cientos de metros y hiera a nenas como Angelina, de 12 años, en la conurbana Morón. O lastime a una pequeña de 8, en una casita de techo de chapas, perforado por un proyectil, en el barrio que lleva el feudal nombre de Patrón Costas, en la olvidada Orán. Balas para que muera, en una escalinata de un monoblock platense Daniel Néstor Rubén Ramírez, de 45 años, durante la madrugada navideña.
Balas que se pierden y buscan destinos. Porque así, según dispuso el dios capitalismo, se celebra la llegada a la vida de un bebé pobre de toda pobreza, hijo de artesanos, seguramente analfabetos, migrantes y refugiados, que propugnó que hay que revolucionar un mundo que endiosa la riqueza.
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