Asesinato de chicos del pueblo

Hoy parece que la edad de imputabilidad es de 4 años. Entonces se habla de un chico del pueblo asesinado. Pero de su cortísima vida poco y nada. Hay una autopsia social porque toda forma de prevención es abandonada. Ni siquiera se le permitió ser chico del pueblo. La indignación por su muerte durará poco.  Y lo siniestro cuando se da la mano con lo efímero licua su carácter siniestro.
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Por Alfredo Grande

(APe).- Hay dos maneras de entender las cosas. El caso por caso y la pedagogía de los analizadores. El caso por caso encubre. La pedagogía de los analizadores descubre.

Podemos analizar en profundidad el caso y quedarnos absolutamente en la superficie. Es lo que León Rozitchner llamó el “nivel convencional.” Yo agrego: encubridor.  ¿Qué es lo que encubre?  El nivel fundante que no es otra cosa que lo que llamo la cultura represora. El concepto de cultura represora amerita ser ampliado.  En este momento sólo quiero afirmar que no es la cultura de la represión, aunque también.

Los mecanismos de la cultura represora son múltiples y cada vez se agregan más.  Con este gobierno quedaron casi todos en evidencia. Por eso digo que pasamos de la hipocresía al cinismo. En el análisis “caso por caso”, la hipocresía y el cinismo se unen. Alguna vez escribí que el escándalo es la cara visible de la hipocresía. Debo agregar que la cara visible del cinismo es el delirio.

El cinismo que permite afirmar la importancia de la voz de los niños y las niñas, cuando simultáneamente no se los escucha para nada. Hasta el extremo límite de morir sin ser escuchado. A los chicos del pueblo no se los escucha. Además de otras cosas aberrantes, no se los escucha. Se los criminaliza mientras sufren todo tipo de crímenes. Víctimas crucificadas como victimarios.

Hoy sabemos que la edad de imputabilidad es de 4 años. Entonces se habla de ese chico del pueblo asesinado. Pero de su cortísima vida poco y nada sabemos. Aunque sepamos, no importa.  Hacemos una autopsia social porque toda forma de prevención es absolutamente abandonada.

Y entonces llegamos a uno de los niveles fundantes de la cultura represora. El hambre. Pero no solamente hambre de comida sino hambre de todo. Vivir con hambre de todo, al menos para mí, es imaginable pero no vivenciable. Yo he tenido hambre de muchas cosas. Pero nunca hambre de todo.

Ahora bien, mejor dicho, ahora mal.  El Movimiento Nacional Chicos del Pueblo, con la inspiración entre otros y otras de Alberto Morlachetti, acuñó que el hambre es un crimen. Agrego: un crimen de lesa humanidad. Sus efectos son permanentes. Su daño es irreversible. Además el hambre es planificado. Plan criminal ya que incluye el asesinato planificado de mayorías. Y pienso que ningún sufragio otorga la licencia para matar. Confundir sufragio con democracia es un ejemplo de lo que llamo “banalidad del bien”.  El sufragio puede ser un bien, pero se torna banal cuando legitima el mal.  Y digo banal porque tomo el brillante concepto de Hanna Arendt sobre “banalidad del mal”. Quizá las actuales democracias sean una síntesis siniestra de la banalidad del bien y del mal.

El asesinato de un niño a los 4 años debería conmover primero, indignar después.

Lo hará, pero, al decir del cantautor Joaquin Sabina, “lo que duran dos peces de hielo en un whisky on the rocks”. Lo siniestro cuando se da la mano con lo efímero licua su carácter siniestro. No estoy exento de ese riesgo. Trataré de impedirlo. Para que siga vivenciando el asesinato de un niño de 4 años

Que ni siquiera lo dejaron ser un chico del pueblo.


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