Apuestas online: la zanahoria del sistema

Tomados por las apuestas online, los adolescentes usan para hacerlo el tiempo de la escuela. Juegan por Mercado Pago o por Cuenta DNI. El capitalismo arrasa sus cerebros y los territorios que ocupan. Les planta bandera en el futuro y decide qué libertad les ofrece. La libertad de criterio, de elección de un sueño por el que luchar. O la libertad de mercado.

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Por Silvana Melo

(APe).- Entre los pliegues de un capitalismo voraz que reduce el futuro a un presente continuo, la pantalla adherida al cuerpo adolescente conecta con mundos complejos de oferta fácil donde salvarse requiere apenas un click en una aplicación, una apuesta audaz al abismo. Un sistema que excluye a mayorías descuelga de sus redes salvavidas apócrifos. Dinero rápido que termina comprometiendo la vida, la salud mental, la propia estructura vital de los chicos y chicas que se vuelven dispositivos dependientes de un celular. Sin posibilidades reales de soñar con un mundo que los abrigue y les allane un camino de construcción futura, la búsqueda de salida fácil implica scrollear la vida e, incluso en las horas de clase, terminar gritando un gol del Galatasaray de Turquía porque azarosamente se apostó a su triunfo.

Tomados por las apuestas online, los adolescentes comparten el tiempo de la escuela para el seguimiento del fútbol de Cabo Verde o Luxemburgo. La escuela es el espacio que debería estar situado en las antípodas por decisión, por política pública –si es que ésta fuera posible en tiempos de repliegue feroz de lo público-, pero termina siendo escenario de la mixtura, territorio donde convive la formación a largo plazo con el rincón para el recurso fácil, esa contradicción fatal.

Los años de pandemia sumergieron a los adolescentes en el ostracismo y la pantalla, al menos quien tenía acceso a ella y a los datos móviles. Los chicos y chicas de mayor fragilidad socioeconómica vivieron tiempos de soledad arrasadora y de una exclusión social y educativa que fue muy complejo de recuperar. De ese margen, en algunos casos, no se volvió nunca. El celular, para quien lo tuvo, fue la única herramienta de vínculo con el otro, con las instituciones y con la posibilidad del consumo adictivo de lo que fuera. Incluso de la entrada al mundo de las apuestas on line. Un universo que creció exponencialmente con el mundial de fútbol y que llegó para quedarse, con el aval de influencers traperos, youtubers y stars como el Kun Agüero, un multimillonario que impulsa a las apuestas a un piberío pobre y sin espaldas para bancarlas que ve en su figura un ejemplo a seguir. El capitalismo genera figuras nacidas del barrio, encumbradas en Miami, para fabricar sueños imposibles. El Kun apuesta. El pibe del barrio Agüero de Avellaneda, a pesar de compartir nombre de barriada con el ídolo, tiene que robar dinero a la comida para hacerlo.

Los chicos, en la escuela privada de CABA o en la popular del sur del conurbano juegan por Mercado Pago. Ganan 15.000 pesos pero pierden todo en la jugada siguiente. Andan cargando un casino virtual. Una angustia virtual que creen que, por ahí, les salvará la vida. Que les permitirá mejorar el celular o llegar a las altas llantas Puma que vieron en los ojos de Neymar. Si tienen más de 13 –en las páginas truchas ya pueden jugar- lo hacen por Cuenta DNI. Y como juegan en la escuela –porque la escuela decidió que pueden ir con el celular porque es un dispositivo necesario como herramienta educativa- apuestan en clase, en el recreo y donde pinte. Algunos ganan y no saben cómo hacer para explicarlo. Otros pierden, íntegro, el importe de la beca Progresar. Y tampoco saben cómo explicarlo.

Para obtener dinero, algunos chicos consiguen los datos de las tarjetas de sus padres. Las publicidades de las casas de apuestas aparecen en la tele, en las camisetas de los equipos más grandes del país, son sponsores de espectáculos. El negocio está legitimado. Es una caña de pescar con una carnada espectacular para los chicos y las chicas nacidos y criados en el país del desencanto. Donde todo fue fallando, generación tras generación. Y les tocó este territorio para crecer, destruido y desangelado. Puesto en brazos de la ultraderecha. Donde la posibilidad del dinero fácil comienza en las apuestas, pasa por los videos eróticos y termina en el transa.

Los grupos de ludopatías se llenan de padres azorados que cuentan historias de sus hijos. Que les hicieron desaparecer ahorros y les explotaron las tarjetas. Y luego intentaron morir cuando no supieron qué hacer con ese desastre que la época construyó con la desolación sembrada. A veces no es precisamente cuando pierden, sino cuando ganan. Y comienzan a exhibir cadenas de consumo absolutamente injustificables. La seudo marginalidad de las billeteras electrónicas lideradas por Mercado Pago es una de las rutas que allana un camino que parece no tener final.

El capitalismo arrasa los cerebros de los chicos y las chicas y los territorios que ocupan. Les planta bandera en el futuro y decide qué libertad les ofrece. La libertad de criterio, de crítica, de construcción, de elección de un sueño por el que luchar. O la libertad de mercado. Ojalá se pudiera delimitar un territorio donde disputar sentidos, sin la pantalla mediante. Donde no se puedan abrir diez pestañas a la vez ni scrollear el futuro como autómatas. Donde se pueda planificar mirando hacia delante con otros lenguajes y con otros tiempos. Y es la escuela la que debería tomar este guante. Otra escuela. Que tiene que ser posible.


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