Ana Libertad

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Por Laura Taffetani
   

   (APe).- “Apareció la nieta de Licha” decía el mensaje que iba circulando de celular en celular irrumpiendo sorpresivamente en la tarde del viernes de la semana pasada, desatando la alegría que nos desbordaba a corazón abierto a medida que íbamos confirmando la noticia. Y era así nomás, se trataba de la mismísima Ana Libertad Baratti De la Cuadra, cuya identidad parece que andaba perdida por lejanas tierras del viejo continente. Vaya uno a saber cuándo comenzó a buscarse, a buscarla, a buscarnos. Y finalmente nos encontró.

Si bien cada una de estas historias siempre nos conmueve y nos deja el sabor de sentir que le arrancamos un pequeño triunfo al dolor y al despojo, la historia de Ana, como la de Guido, de alguna forma adquiere un impacto mayor y trasciende de otra manera.

Y es que Ana Libertad es la nieta de Licha De La Cuadra, la primera presidenta de Abuelas de Plaza de Mayo. Una de esas mujeres que es posible que no figure en los manuales de historia, ni muchos conozcan su rostro, pero que porta el privilegio de ser una figura cuya presencia deja huellas profundas en la memoria de uno de los períodos más cruentos de los vividos en Argentina.

Porque la historia de Ana es también la de su madre Elena quien, al igual que muchas de las detenidas-desaparecidas embarazadas, luchó hasta el último suspiro por conservar la vida de esa niña que crecía en su vientre en condiciones inimaginables, quizás sintiéndose portadora de una esperanza que por su inocencia pensaba que no le iban a poder arrebatar. Es la historia de los compañeros y compañeras que compartieron el encierro de Elena entregando los retazos de sobrevida que les quedaba para ayudarla a dar a luz y comenzar así un nuevo ciclo de la vida. 

 

Historia de compañeros y compañeras que arriesgaron sus vidas para hacerle llegar a Licha papelitos, visitas, llamadas y mensajes: “nació el 16 de junio de 1977”, “le pusieron Ana Libertad” “pesó 3 kilos 750 gramos”, “búsquenla”.

Y es la historia de su padre Héctor, que peleó con tanta furia para que no lograran apropiársela, que salió del mar donde lo arrojaron en los llamados vuelos de la muerte para poder dejar a su hija su ADN y completar el 99,99% de certeza en el análisis que le hicieran a Ana.


La historia de Ana también es la de su abuela Licha que cuando cayó la patota a su casa y se la llevaban detenida vio a su hijo Roberto contra la pared y lo negó para salvarle la vida, no pudiendo evitar que otros de la patota lo reconocieran y se lo llevaran delante suyo.

Licha, la que sabiendo que su hija estaba detenida en la comisaría 5ta de La Plata, en el día de su cumpleaños, llevó varias tortas -como las que le gustaban a Elena- a los policías pensando que su hija quizás pudiera verlas y supiera así que ella estaba cerca. La que tuvo el coraje, junto con otras abuelas, de pensar en colectivo, de abrazar en su lucha a todos los niños y niñas desaparecidos y cuyo testimonio de vida sería imposible de relatar en una sola nota, aunque ella siempre andaba huyendo de bronces y reconocimientos.

La historia de Ana también es la de Estelita, su tía materna, que desde que volvió del exilio no dejó de acompañar a Licha en su lucha. Sobreviviente de una familia diezmada pero, sobretodo, sobreviviente de esa generación que pagó con dolor y sangre la osadía de haber pretendido ser portadora de utopías.

Pocas personas dejan huella en la vida de cada uno de nosotros. Para mí, Estela fue una de ellas. Ella me enseñó a mirar más allá del horror acaecido, me señaló las consecuencias: ese sueño trunco de un proyecto de país diferente, de un proyecto que muy lejos estaba del centenar de muertes que el narcotráfico se lleva en barrios de miseria en Rosario, o de las permanentes vejaciones que viven los pueblos originarios en el norte del país o de las familias desalojadas y dejadas a la intemperie bajo el granizo en Villa Lugano para resguardar un negocio inmobiliario.

La historia de Ana es también la historia de todos los que tuvimos el privilegio de conocer gente como Licha o Estelita, que tratamos de seguir soñando que otra vida es posible, que no dijimos “pobres habrá siempre” y que seguimos apostando a que vuelva a germinar en los corazones las ganas de pelear una sociedad donde los chicos no anden con su alma caminando descalza por los pasillos de una villa. Porque lo que realmente uno ha aprendido a lo largo de la vida, es que el verdadero triunfo de la dictadura militar es habernos hecho creer que nada se puede cambiar, que no nos queda otro remedio que transitar este capitalismo en serio acomodándonos del modo que nos conviene a cada uno.

Bienvenida Ana Libertad, yo creo que la memoria del paraíso es tan antigua como el corazón de los hombres. Ahora te toca a vos inscribir en tu vida esta historia que no conocías; sabrás entonces que queda mucho por hacer.

La pintura es de Chempes Saurio, nieto de Licha de la Cuadra.

Edición: 2765

 


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